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Eric Hobsbawm y los detalles de la historia

¿Cómo se pueden explicar los calurosos elogios dedicados a alguien que durante toda su vida hizo apología del comunismo soviético?

Por Bret Stephens

(Artículo publicado en el WSJ, el día 6 de octubre de 2012 en la página A 11 de la edición americana del diario; en la edición europea, el día 8 de octubre, en la página A 15).

 

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En 1987, Jean-Marie Le Pen calificó a las cámaras de gas de los campos de concentración nazi de ser “sólo un detalle de la historia de la Segunda Guerra Mundial”[1]. Explicándose unos pocos años más tarde, el líder del Frente Nacional francés afirmó: “Si tú coges un libro de 1.000 páginas sobre la Segunda Guerra Mundial, los campos de concentración ocupan sólo dos páginas y las cámaras de gas de 10 a 15 líneas. Esto es lo que yo califico como un detalle”[2].

Tales comentarios consolidaron la reputación del Sr. Le Pen como el principal líder fascista europeo. Vistas así las cosas, ¿qué tenemos que hacer con la recepción dada a la publicación, en 1994, de “The Age of Extremes”[3], del historiador marxista Eric Hobsbawm?

El libro – subtitulado “Una historia del mundo, 1914-1991” – fue saludado por el New York Times como “tonificante y magistral”. “Los hechos caen de las páginas de Hobsbawm como rayos”, afirmaba con entusiasmo el New Republic. Pero busquen en el índice y verán cómo nunca aparecen las palabras “Holocausto” y “Auschwitz”. Los campos de concentración nazis tienen alrededor de 10 ó 15 líneas. Por lo que se refiere a los gulags soviéticos, Hobsbawm les dedica exactamente dos parágrafos.

Hobsbawm, quien murió en Londres el lunes pasado a la edad de 95 años, no negaba el Holocausto. Tampoco ignoraba las víctimas humanas impuestas por el comunismo, la ideología a la cual permaneció fiel durante casi toda su vida. Reconocía que las víctimas de la tiranía de Stalin “se tenían que medir en cifras de 8 más que de 7 dígitos”, añadiendo que éstas eran “vergonzosas sin paliativo y mucho menos justificación alguna”[4].

Pero Hobsbawm las justificó. “Al igual que sucede con las empresas militares que tienen una genuina legitimidad moral popular, la vertiginosa industrialización de los primeros planes quinquenales [de Stalin] (1929-1941) generaron apoyo gracias a la gran cantidad de ‘sangre, trabajo duro, lágrimas y sudor’ que impuso al pueblo”, escribió. “Por difícil que resulte de creer, el sistema estalinista…disfrutó con casi toda certeza de un apoyo sustancial”[5].

El resto del libro está plagado de razonamientos similares. Entre ellos, se encuentra la observación de que “para la mayoría de los ciudadanos soviéticos, la era Brezhnev no significó ‘estancamiento’, sino la mejor época que ellos y sus padres o incluso sus abuelos habían conocido”[6]. Por lo que se refiere a los disidentes soviéticos, éstos eran elitistas “anti-plebeyos” que “se enfrentaron tanto a la humanidad, como a la burocracia soviéticas”[7].

Nada de esto debería sorprender viniendo de un hombre que, con los años, dio su aprobación política a todo tipo de cosas, desde el pacto nazi-soviético hasta la invasión soviética de Hungría. Preguntado por la BBC si la consecución de una utopía comunista habría justificado “la pérdida de quince o veinte millones de personas”, respondió que “sí”[8].

Pero, ¿qué tenemos que hacer con la cordialidad con la que Hobsbawm está siendo ahora elogiado? Sólo esto: Que el mundo está lejos de reconocer que los crímenes del comunismo fueron tan monstruosos como los del nazismo. Tratando el gulag como un detalle de su historia, Hobsbawm ha demostrado ser el equivalente moral del Sr. Le Pen. Y tratando a Hobsbawm como un modelo entre los historiadores, sus admiradores prueban que no han aprendido nada de la historia misma.

 



 [1] Afirmación realizada el 13 de septiembre de 1987 en el programa político Grand Jury RTL-Le Monde. En concreto, sus palabras fueron: “Yo no he estudiado especialmente la cuestión, pero creo que es un detalle de la historia de la Segunda Guerra Mundial”. A partir de aquí todas las notas a pie de página son del traductor.

 [2] En una conferencia de prensa en Múnich el 5 de diciembre fue donde Le Pen realizó esta declaración que posteriormente fue penalizada por banalizar los crímenes contra la humanidad perpetrados por el pueblo alemán.

 [3] En español, esta obra se tradujo con el título Historia del siglo XX y fue publicada por la editorial Crítica (Buenos Aires), en traducción de Juan Faci, Jordi Ainaud y Carme Castells en 1998. Las citas que se encuentran en este artículo se darán y se localizarán según esta versión, modificándolas cuando sea necesario.

 [4] Op. cit., p. 392.

 [5] Op. cit., p. 381.

 [6] Op. cit., p. 474.

 [7] Op. cit., p. 475.

 [8] Entrevista llevada a cabo por Michael Ignatieff en 1994, en un Late Show de la BBC2.