Sunday, 28. May 2017

Visitantes

1090070

Búsqueda

AGON en Facebook

Compártenos

Share to Facebook Share to Twitter Share to Linkedin Share to Myspace Share to Delicious Share to Google 

Compartir

 

Yo, nacido en Barcelona y que no soy una víctima ni de la LOGSE ni de la TV3, estuve allí. Crónica de urgencia.

por Antonio Morillas

15180071

 

Les condicions sota les quals se m’entén, i se m’entén, a més, necessàriament, — jo les conec prou massa bé. S’ha de ser honest fins a la duresa en les coses de l’esperit, i això només per poder suportar la meva serietat, la meva passió. S’ha d’estar exercitat a viure a les muntanyes— a veure per sota de si mateix la mesquina xerrameca actual de la política i de l’egoisme dels pobles. Cal haver esdevingut indiferent, no preguntar mai si la veritat és útil o si esdevé una fatalitat ... Una predilecció de la força per aquelles preguntes per a les quals avui ningú no té el coratge; el coratge per a allò prohibit; la predestinació al laberint. Una experiència de set solituds. Noves oïdes per a una música nova. Nous ulls per a allò més llunyà. Una nova consciència per a veritats que fins ara havien restat mudes. I la voluntat d’economia de gran estil: mantenir ben compactes la pròpia força, el propi entusiasme ... El respecte per si mateix; l’amor a si mateix; una llibertat incondicional envers si mateix ...

Friedrich Nietzsche, L’Anticrist, “Pròleg”.

 

 

Quizás debería comenzar diciendo que jamás ha sido mi propósito ser cronista de la concentración del 12 de octubre en Plaza Cataluña. De hecho, mi intención era incluso la de no asistir, pues en ocasiones las desilusiones políticas provocan una desidia muy difícil de superar y hay que reconocer que la caída del muro nos afectó demasiado a algunos al comprobar que ideológicamente vivíamos en un mundo tan utópico como falso y que, en lugar de la libertad, estábamos, desde nuestra ignorancia más lamentable, defendiendo la barbarie y la esclavitud.

Pero si vencí el desánimo y fui a la concentración del viernes fue motivado por las difíciles circunstancias políticas y sociales de esta Cataluña con tendencias secesionistas secundadas por una masa cada vez más creciente y más fanática que no oculta su discurso del odio hacia aquel que no piensa como ella. Si ahora, varios días después, me decido a escribir estas líneas contando mi experiencia, una mera crónica de urgencia jugando con el título del último libro del “fascista y españolista” Fernando Savater, es debido a la cantidad de barbaridades y salidas de tono que este acto ha provocado en amplios sectores tanto dentro como fuera de las filas nacionalistas.

Como he dicho, no tenía nada clara mi asistencia al acto y llevaba unos días que estaba dándole vueltas a lo de ir. Sin embargo, cuando un ex-alumno me envió un mensaje por Facebook diciendo que sería una buena oportunidad para vernos, mis cada vez más escasas objeciones presentaron su rendición incondicional. En un primer momento, nuestra intención era asistir al acto de Ciutadans, pero yo llegué tarde y mi antiguo alumno también, avisándome de que el aforo estaba completo y que nos encontraríamos en Plaza Cataluña. Así fue, y para mi sorpresa y alegría venía acompañado por otro ex-alumno. Tras los saludos de rigor nos dirigimos hacia el interior de la plaza no sin antes pedir una de esas banderas dobles (catalana y española) que daba la organización y que mis dos acompañantes ya tenían. La plaza estaba bastante llena de gente de todas las edades, muchos de ellos con esa bandera catalano-española, pero también con banderas de Cataluña, de España e incluso de la Unión Europa. Los organizadores habían montado un escenario en el que el que varios grupos musicales, catalanes, del resto de España e incluso de Hispanoamérica, amenizaban el ambiente.

Sin embargo, más allá de la música y de la lluvia que a veces hacía acto de presencia amenazando con deslucir el acto y provocar que mucha gente abandonara la plaza o sencillamente ni viniera, enseguida nos pusimos a hablar de ese programa emitido por Canal 33 en el que el típico pijito independentista con gafas de pasta y mal afeitado (realmente parecen clones tanto física como mentalmente) disparaba, acompañado de una chica también con una pistola, sobre unas dianas en las que aparecían dibujados los rostros de Sostres, de Millet y del Rey. El vídeo era realmente malo, lamentable, una auténtica apología del matonismo más chungo y barriobajero y que podía recordar muy bien a esa Cataluña de inicios de la Guerra Civil en la que la gente de ERC, los milicianos de la CNT y otros grupos radicales se otorgaban, pistola en mano, el papel de jueces y de verdugos. Y era precisamente esa pose chulesca, esa actitud justiciera que con gesto de desprecio te perdona la vida no sin antes recordarte quién tiene el mando porque tiene la pistola, la que daba más miedo, mucho más que las dianas, mucho más que los disparos, mucho más incluso que los efectos de la sangre. “¿A éste lo matamos o le perdonamos la vida?” “Venga, un tiro de advertencia en la rodilla”. Esto en un canal público, esto en la televisión que pagamos todos con nuestros impuestos. Y, para colmo, el cinismo, la burla, el evidente signo de cobardía de los responsables de TV3, quienes posteriormente afirmaron que nadie sabía lo que se iba a emitir en este programa con excepción hecha de la directora, cabeza de turco, quien, tras “dimitir”, seguramente estará ya en otro puesto de la televisión en virtud de su proeza. ¿Realmente nadie sabía nada? No era un directo, se había preparado un guión, se había preparado un escenario en los exteriores, se habían hecho las dianas con los rostros de los “enemigos” de Cataluña, se habían preparado tanto las pistolas como los efectos de la sangre, se había ensayado, se había rodado… Y claro, ni el director de TV3, ni ningún alto directivo lo sabía, igual que tampoco lo sabían los cámaras, los actores, los guionistas, los que prepararon los efectos. En definitiva, un acto más de la cobardía nacionalista, un tirar la piedra y esconder la mano, un no querer asumir posibles consecuencias. Una escena que no debía ser otra cosa que una forma un tanto grosera de medir hasta qué punto se había avanzado en la fanatización de la sociedad catalana y ver si ésta aceptaba mensajes de este tipo.

Al avanzar el tiempo y acercarnos a las 12, la hora de la lectura del manifiesto, la plaza se iba llenando cada vez más de personas y, al ir caminando por la plaza para ver el ambiente,  tuve otra agradable sorpresa. Allí, en medio de la gente, había un alumno mío que cursa primero de bachillerato, que milita en el PP, con el que he tenido largas conversaciones y que soporta con un estoicismo admirable mis frecuentes comentarios despectivos sobre la política de Rajoy. “¿Qué haces en este lugar, fascista?”, le dije bromeando y aludiendo al apelativo con el que muchos nos califican por no comulgar con la religión nacionalista o por simplemente asistir a un acto así. “Pues aquí, colaborando”  y me explicó algo que ya sabía, pero que es muy significativo: No había políticos de ningún signo detrás de esta concentración y sólo una vez organizada, fue cuando se pidió ayuda a partidos políticos como el PP y Ciutadans. Fueron estos partidos los que se unieron a la convocatoria, pero en absoluto eran los organizadores. El acto respondía, como ya había leído en las redes sociales, a una iniciativa de personas individuales que enseguida contó con el apoyo de otros ciudadanos particulares que se fueron sumando hasta que finalmente lo hicieron también otras entidades, los ya mencionados partidos y otros como PxC (uf, todos sabemos que Josep Anglada es malo malísimo y que desayuna niños musulmanes todos los días).

Mi alumno, que ni de lejos esperaba verme allí y que no acababa de creérselo, nos dio unas pegatinas y decidió quedarse con nosotros hablando tranquilamente mientras esperábamos a que llegara la hora de leer el manifiesto. La plaza se iba llenando más y más con personas que desafiaban la intermitente lluvia y que, como la organización había pedido, no llevaban insignias de partidos políticos u organización alguna. Ni Falange, ni Partido Popular, ni Ciutadans, ni Legionarios de Cristo, ni Skins neonazis. Tampoco vi a gente de PxC destripando a niños en ceremonias animistas, practicando ablaciones de clítoris a niñas de 3 años, colgando a gays de las farolas, lapidando a mujeres o pegándoles tiros en la cabeza a niñas que quieren estudiar. Ah, tampoco pude ver a abueletes en plan Martínez el facha con insignias de la División azul ni con fotos de Franco y de José Antonio… Nada de nada. Tampoco vi a encapuchados, ni carteles en árabe, sino sólo en catalán, en español o en inglés (Cataluña, España y Europa, es decir, la cultura occidental creadora del concepto de libertad y de los derechos políticos). Nadie había con la cara tapada, nadie que quemase ninguna bandera catalana, francesa o de la Unión Europea. Gente normal que iba con sus hijos, ambiente festivo, relajado, sin insultos, sin bilis, sin miradas de odio, sin dogmatismos. Gente que en gran número hablaba en catalán y que quería simplemente expresarse con libertad y afirmar su condición de catalanes y, al mismo tiempo, de españoles.

Y por fin las 12 del mediodía, es decir, la hora de leer el manifiesto. Pero en lugar de poder contemplar un hermoso sol (y, lo siento, pero el comentario nada tiene que ver con himnos fascistas), la lluvia volvía a manifestarse, aunque eso era algo que no parecía preocupar demasiado a los asistentes, que ya llenaban la plaza y sus aledaños. Primero en catalán, luego en español y finalmente en inglés. En los tres idiomas se decía claramente que había un sector importante de la población que no compartía el mensaje independentista y secesionista del gobierno de Artur Mas y que se sentía tanto español como catalán, que no había contradicción alguna entre esos sentimientos y que querían expresarlo con libertad. Hecho significativo: cuando se estaba leyendo el manifiesto en inglés cayó una tromba de agua increíble que incluso empapó a aquellos que llevábamos paraguas. Ahora bien, nadie se movió del lugar, nadie se fue, como tampoco nadie se marchó de la plaza una vez finalizada la lectura del manifiesto y, por tanto, el acto que allí nos convocaba. Durante más de media hora estuvimos todos allí disfrutando de ese ambiente de libertad en el que poder decir, sin que te escupieran, te llamaran facha o se acordaran de tu madre, que también eres español. Después, cada uno se fue a su casa y punto. Y, al menos por mi parte, no a ver Intereconomía (canal que conocí gracias a una mujer catalana de más de 60 años votante de CiU y que lo ve a menudo), ni a escuchar la Cope, ni a leer La Razón, sino a preparar la comida y a poner una lavadora.

Hasta aquí los hechos. Pero el problema, como ya decía Heráclito de Éfeso, comienza con las interpretaciones de los mismos. Y aquí es donde entra en juego el nivel de ignorancia o de la mala fe del intérprete, así como también sus prejuicios de los cuales es a veces difícil desligarse. Pero vayamos por partes:

“Los medios de MadriT” o la “caverna mediática” (expresiones propias de los independentistas para calificar a todos aquellos diarios u otros medios de comunicación que no pueden comprar con el dinero del contribuyente catalán para ponerlo al servicio del nacionalismo) sencillamente no se enteran de nada. Y lo mismo vale para la clase política, incluyendo a la familia real, que, en un acto de infantilismo, no quiere asumir lo que está pasando. Viven muy ajenos a la realidad cotidiana catalana, se lo toman como si fuese una broma obviando las consecuencias de la fanatización y del adoctrinamiento llevados a cabo por los gobiernos de Pujol, por el tripartito y ahora por Artur Mas.  A pesar de que esos medios de comunicación cuentan con delegaciones y con decenas de corresponsales en Barcelona, parece que no quieren ver lo que ocurre en las escuelas, institutos e incluso en las universidades catalanas. Ni de lejos se atreven a denunciar cómo TV3 y La Vanguardia – diario subvencionado que se reparte gratuitamente en los transportes públicos para ir conformando así la conciencia del “pueblo catalán” – hace meses que literalmente se han echado al monte.

Tampoco informa nadie de que la cuestión de la independencia de Cataluña es algo que está en boca de mucha gente y que es tema de conversación preferente en los medios públicos de transporte, en las redes sociales, en los bares, en los restaurantes y hasta en los institutos (y dudo que sea como la gente que escupe por la calle: es imposible que me los encuentre yo a todos). Esos corresponsales no dicen que los más furibundos independentistas pueden ahora callar porque hay todo un importante sector de la sociedad catalana que de un “nacionalismo moderado” o de una actitud indiferente ha pasado a defender abiertamente la separación de España. ¿Hace falta recordar la censura o el no dar importancia alguna a ese grito de “independència” en el Camp Nou la semana pasada? No fueron dos, no fueron cien, no fueron mil. Fueron miles de personas las que expresaron ese anhelo. Y ya no lo ven como una quimera, sino como algo real, algo palpable. De ahí las declaraciones de Artur Mas o de miembros de su gobierno a medios de comunicación extranjeros. Cataluña se ve como un nuevo estado y Artur Mas, con esa cortina de humo, ha literalmente hipnotizado a toda una sociedad cuyos ciudadanos sufren los recortes en sanidad y en educación, donde llegar a fin de mes es un privilegio de pocos, donde los comedores de Cáritas están a rebosar y donde hay personas mirando en la basura para encontrar algo para vender o para llevarse a la boca (y esto al lado del Turó Park, no en un suburbio del extrarradio barcelonés, donde esto ya forma parte del paisaje habitual desde hace años).

De ahí lo absurdo y lo fuera de lugar que tiene jugar al baile de cifras e intentar comparar esa concentración con la realizada el 11 de septiembre, la cual contó con el apoyo de la Generalitat y de sus medios subvencionados. No tienen ni idea de lo difícil que es hablar de determinados temas en Cataluña, no saben que sacar una bandera de España es considerado un acto de provocación o que en determinados ambientes es complicado el querer expresarte en español sin ser reprobado por otros. No saben que la pregunta más frecuente que me han hecho mis alumnos, y también compañeros, es si soy de aquí, es decir, si he nacido en Cataluña, por el simple hecho de hablar en español. En definitiva, no saben o no quieren admitir algo básico que tenían muy claro los convocantes: Que la organización de ese acto ya era un triunfo en sí, que ver la Plaza de Cataluña llena era algo que nadie se esperaba, pero que hubiera sido un éxito si sólo hubiésemos ido 10 personas. Lo que tuvo lugar el viernes por la mañana fue un acto de libertad, un acto de libre expresión de los catalanes, un acto de afirmación, un grito de “basta”, un “keep your distance” respeto a todos aquellos que van repartiendo carnets de catalanidad y que hablan de conflicto y de secesión, que con rostros desencajados por el odio y con miradas biliosas queman banderas y  llevan camisetas con el eslogan de “destruïm Espanya”. Un acto, en definitiva, en el que personas individuales hablaban por sí mismas y a su manera sin apelar a abstracciones como “Cataluña”. Allí había catalanes, habitantes de esa Cataluña real que ya está harta de que la mediocre y corrupta casta política local les robe, les engañe y les manipule. Personas que ven con preocupación cómo la ingeniería social llevada a cabo por los sucesivos gobiernos de la Generalitat con el apoyo incondicional de TV3 y de la prensa subvencionada ha creado toda una masa controlada a base de sentimientos tan primarios como infantiles y que vive presa en esa cortina de humo con la que el gobierno de Artur Mas quiere ocultar su nefasta gestión y mantener sus privilegios. Y lo más triste: la mayor parte de esa masa fanatizada la constituyen jóvenes que ni de lejos llegan a los 25 años y que son la mejor prueba del éxito de esa ingeniería social que haría las delicias de un Goebbels. Un mérito sí que hay que reconocerles: tan alto grado de concienciación social, de obediencia ciega y de adhesión incondicional al régimen es algo muy difícil de alcanzar.

Y ya no hablemos de los diarios independentistas, en los que no falta mucho para que se haga un llamamiento al exterminio de los que aún tenemos la desvergüenza de hablar una lengua asquerosa, imperialista y opresora como es el español. Están indignadísimos por esta osadía protagonizada por “españoletes”, están nerviosos y no hacen más que calificarnos a los asistentes de nostálgicos de Franco, de españolistas, de españoles no residentes en Cataluña, de fascistas, de liberticidas, de intolerantes, de represores del anhelo de expresión del pueblo catalán, etc. ¿Pero acaso no ven que hasta los diarios de MadriT dicen que los asistentes son una minoría en comparación con los que fueron el 11 de septiembre? Si los que fuimos allí éramos cuatro viejos franquistas de Albacete, ¿por qué están tan nerviosos los independentistas? ¿Por qué para muchos ha habido un antes y un después de ese acto de “españolitos”? ¿Por qué esos ataques tan furibundos? ¿No sería mejor ignorar esa concentración minoritaria y dejar que esos viejos de la España paleta, inculta y rancia vuelvan a sus miserables pueblos y cuiden de las cabras? ¿No sería preferible centrarse en empezar a construir las bases de ese nuevo estado independiente que, desligado de la chusma de la meseta, se convertirá en el nuevo líder de la Unión Europea? ¿Qué ha pasado aquí?

En el fondo, si como de una buena novela de misterio se tratase, al final las piezas acaban encajando por sí mismas y es entonces cuando se explican las acciones de todos y cada uno de los personajes. Es más, una vez encontrada la clave de lectura y desvelado el misterio se desdibuja todo atisbo de azar e incluso de libertad para hacernos ver que cada personaje sólo podía actuar de esa manera según su lugar en la trama, que todo parecía responder a un plan mayor y en el que sólo somos meros títeres. A la pregunta de por qué ha fastidiado tanto en los ambientes independentistas la concentración del viernes permítaseme contestar con una anécdota de hace ya dos años y que considero sumamente clarificadora:

En mi primer día de clase, enseguida un alumno parecía destacar por su implicación política con el nacionalismo, ya que a los cinco minutos me “informó” de que dar la clase en español era algo que vulneraba la legalidad y me preguntó que cómo es que nadie de la dirección del instituto no me había dicho nada aún. Como me encanta escuchar a la gente, sobre todo cuando destaca por algún motivo, le dediqué toda la hora hasta el punto de que posteriormente corrió el rumor de que yo era independentista. Más allá de los rumores, el independentista era él, o al menos eso decía. Un independentismo que había mamado desde pequeño gracias a su tío, que pertenecía a Òmnium cultural (asociación que se fundó en la época de la terrible y represora dictadura de Franco y que ha recibido y recibe cuantiosas donaciones del erario público). La cuestión es que, como buen iniciado en el ideario de la secta, articulaba un discurso coherente dentro de su particular lógica dejando en evidencia que “sabía” de lo que hablaba, que tenía las ideas más que “claras” y que, en el fondo, la tarea de su tío con él había sido todo un éxito. Como por aquel entonces salió una encuesta, faltaría más en La Vanguardia, cuyos datos no mostraban una mayoría social para alcanzar la independencia (al poco se harían los famosos “butifarrendums” en los que votaban inmigrantes menores de edad) le pregunté que si acaso esto no era un signo negativo para él. Gran acto de ingenuidad el mío el pensar que esa pregunta iba a incomodarle, que quizás hasta le hiciera dudar de su fe. Todo lo contrario, pues como me dijo, estaba en las previsiones y me indicó que, si prestaba atención a los datos, el porcentaje de catalanes a favor de la independencia iba en aumento, así que sólo había que esperar. ¿Esperar a qué? ¿De qué dependía el éxito de la futura consulta? Básicamente, como increíblemente bien me explicó, de la conjugación de dos factores: del creciente número de jóvenes adoctrinados en el nacionalismo que pronto alcanzarían la edad para poder votar y de la pasividad de la gran mayoría de la población. Es más, el segundo factor hacía incluso que se pudiera fracasar en el primero y que se consiguiera el objetivo a pesar de que gran parte de los habitantes de Cataluña no estuviera de acuerdo con la independencia.

Por tanto, lo determinante para la consecución de un resultado positivo en el futuro referéndum residía en la actividad de ese grupo cada vez más creciente y cada vez más activo, así como en la creencia en la pasividad de la mayoría. Y no hace falta decir que le asistía la razón tal y como se demostró en la votación del Estatut. Sinceramente me rendí ante su elocuencia, ante ese discurso bien aprendido, ante esas consignas grabadas a fuego en su conciencia e hice el experimento en clase para darle la razón. A la pregunta de cuántos de la clase estarían a favor de la independencia unos cuantos levantaron la mano, unos pocos estuvieron en contra y la gran mayoría ni estaba escuchando. Como le dije: “Chico, hemos conseguido la independencia de Cataluña en esta clase. Por lo tanto, tenemos las de ganar si nos lo proponemos”.

Así pues, parece evidente cuál ha sido el motivo del enfado de los independentistas: Hay personas que no están con ellas, que no comparten su fe y que están dispuestas a manifestarlo públicamente. Todo el mundo conoce el mito de la caverna de Platón y con él se puede explicar lo que aquí ocurre. La Generalitat ha construido una caverna en la que ha adoctrinado a base de sombras a la sociedad catalana durante más de 30 años. Esta sociedad sólo ha conocido esa verdad, cree que es la única que puede haber y hasta se ha adecuado a ella. Se está muy cómodo en esa caverna, en esa realidad ficticia, pero plácida, en esa construcción mitológica y ni de lejos se quiere renunciar a ella. Es todo lo que tienen. La maniobra es tan perversa y se han manipulado tanto los sentimientos que para muchos esa ilusión constituye su identidad, su posesión más íntima. Por eso mismo, y jugando de nuevo con el mito platónico, nada provoca más rabia e indignación que el hecho de que alguien escape de esa quimera y encima lo manifieste, que el hecho de que alguien salga de la caverna y descubra que hay vida más allá de TV3, del odio a la “puta España”, que se informe con algo de criterio y que se descubra que la historia es mucho más compleja y llena de matices que esa construcción falsa y maniquea con la que viven millones de catalanes.

Ahí es, por tanto, donde hay que encontrar la explicación a esas reacciones tan furibundas por parte de los independentistas. Por eso piden respeto y hablan de que sus libertades han sido atacadas. ¿Cómo es que una gran mayoría pide respeto y se ve amenazada por una ridícula minoría? Sencillamente porque desean seguir siendo esclavos del régimen, porque quieren permanecer atados en la caverna, porque para ellos es mejor seguir presos en esa fe ciega que les da consuelo para soportar las adversidad de la vida y que les otorga esperanza en un ficticio e idílico más allá que nunca llega. Por eso no quieren escuchar otro discurso que no sea el oficial porque no lo admiten, porque no pueden admitirlo.

Quizás, volviendo al mito, la visión directa del sol sea algo que pueda dañar los ojos a los que han vivido durante toda su vida contemplando las sombras como si éstas fuesen la verdad absoluta. La sociedad catalana ha de salir de esa caverna si quiere prosperar y no seguir presa de la dictadura del clan Pujol y de su red clientelar. Pero invertir el proceso de manipulación y de esclavización de las conciencias es una tarea ardua que requiere tiempo y paciencia. Que es algo difícil lo sabemos todos, pero la concentración del viernes fue sin duda un primer y nada insignificante paso para conseguirlo.