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Lo que no se le dice a Cataluña.

Cómo procedería Francia con el idioma catalán.

(Publicado el día 29 de diciembre de 1922 en el diario ABC (Madrid), pág. 11)

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Se le dice a Cataluña que la débil y pasiva defensa que los Gobiernos españoles hacen del idioma español, limitada a no autorizar oficialmente su expulsión de Cataluña, su extirpación y su proscripción, es una tiranía. Se tiene la osadía teatral de decir a un ministro de la Corona de España, y de decírselo en catalán, que la existencia del idioma español en Cataluña es como el tatuaje infamante con que los vencedores marcaban la piel del pueblo vencido. Y la engañada Cataluña cree de buena fe que esta bárbara España la tiene sometida a una inicua esclavitud en aquello que más tiernamente toca el corazón del hombre: en el idioma que aprendimos a balbucir en el regazo materno.

Los regionalistas, los autonomistas, los separatistas, cuando dicen esto al pueblo catalán, saben que le engañan. La verdad es que los Gobiernos españoles no sólo no imponen el idioma español, sino que lo han dejado indefenso y sin amparo alguno. Han hecho más; no poner jamás ninguna traba, ningún obstáculo a la propagación del catalán. La Mancomunidad y los Ayuntamientos, singularmente el de Barcelona, realizan una intensa labor de difusión del catalán, imprimen cuanto les place en catalán; no sólo hablan en catalán a las más altas representaciones de España, sino que el Sr. Cambó, cuando ha sido ministro de la nación, ha podido usar el catalán en los membretes y en el texto que escribía como ministro… A lo que no ha llegado el Gobierno español –los fautores de esta obra separatista confían  que lo lograrán también– es a que él mismo impida tener acceso a los destinos de Cataluña a los notarios, a los maestros, a los registradores de la Propiedad, a los jueces, a los magistrados, a los catedráticos, a los empleados de Hacienda o de Gobernación, incluyendo a los gobernadores, que no sean catalanes o hablen el catalán; a lo que no ha llegado el Gobierno español es a ser él mismo, en las mismas columnas de la Gaceta, quien expulse, quien prohíba, quien extirpe el idioma español de un territorio que es España y que goza de todos los derechos, de todas las atribuciones, de todos los goces de la ciudadanía española; de un territorio cuyos hijos tienen acceso a todas las carreras del Estado y pueden servir y sirven destinos en todas las provincias, sin que nadie les exija que españolicen su prosodia.

Para engañar al pueblo catalán no se le dice que España es, en esto, la nación más liberal del mundo; el Estado más tolerante que hay en la tierra. No se le dice que los Estados Unidos han expulsado el idioma español de las escuelas y de todas las funciones oficiales en Puerto Rico violentamente, cruelmente, imperativamente, tiránicamente, por medio de un decreto, cuando el 95 por 100 de la población portorriqueña es hispánica y habla español. No se le dice a Cataluña que lo mismo ha hecho en Filipinas, escribiéndose en los preliminares de estas disposiciones que “LA UNIDAD DEL IDIOMA ES PRECISA PARA EL BUEN ORDEN DEL ESTADO”.

Ahora mismo, cuando se publican efemérides en que se recuerda sin rebozo que Cataluña llamaba Monseñor y Majestad a Luis XIII de Francia y se le ofrecía por su vasalla, para acostumbrar a los catalanes a la idea de que pueden ser franceses, se oculta lo que Francia ha comenzado a hacer en la reconquistada Alsacia. Es preciso que Cataluña entera lo sepa y que piense qué suerte correría el idioma catalán si, remontando el curso de la Historia, como pretenden los efemeridistas, Cataluña, que económicamente no puede ser independiente, sintiera la tentación de volver a representar el desairado papel que en aquella ocasión representara.

Alsacia tiene también, como Cataluña, su idioma familiar. No es un patois, como le llaman despectivamente los franceses ahora; es un idioma con elementos, como todas las leguas humanas, de los idiomas comarcanos y de los idiomas invasores. Es un idioma tan arraigado en el pueblo de Alsacia, que Alemania, dominadora, tuvo que transigir con él, y lo toleró y autorizó, limitándose a intentar difundir el idioma teutón. Y Francia ahora, al recobrar Alsacia, quiere que sea francesa y quiere expulsar, desarraigar, extirpar el idioma alsaciano. En sus últimos presupuestos de Instrucción pública ha creado en Alsacia la escuela francesa y ha impuesto imperativamente el uso del francés en todos los actos de la vida oficial y social.

Apenas se ha discutido en el Parlamento esta política; a obligar a Alsacia a hablar francés y a olvidar su idioma se le llamó patriotismo, razón de Estado. Y piensan así, no sólo los políticos, sino toda Francia. Podríamos recoger numerosos testimonios de ellos, pero bastará por hoy el de un artículo que condensa todo el problema, publicado en el más popular de los periódicos franceses, en Le Petit Journal, que procura siempre pensar como las muchedumbres.

Se titula este artículo “UNA OBRA ESENCIAL”, y he aquí en las primeas líneas confesada la verdadera naturaleza del problema: “Nuestros compatriotas del Este hablan entre ellos un dialecto, como acontece en Bretaña y en ciertas regiones de Auvernia y de Provenza, pero con la diferencia con la mayoría de los habitantes de estas diversas regiones que los alsacianos ignoran en absoluto la lengua francesa. El primer deber de nuestra Administración era reinstalar la lengua francesa en la escuela y multiplicar su conocimiento por todos los medios.”

Y en efecto, no sólo se impone el idioma francés en la escuela primaria, sino que en la secundaria y en la superior, hasta la Universidad de Estrasburgo, se prohíbe toda lengua que no sea la francesa. Se hace más: se organizan Asociaciones privadas, pagadas y sostenidas por el Estado, para propagar el idioma francés por medio de conferencias, clases y lecturas en las aldeas y en los campos. Se llaman estas Sociedades La Cigüeña de Alsacia, El Renacimiento alsaciano, Conferencias aldeanas, Hermandad de cursos populares. Y finalmente, el francés, con funcionarios franceses, irrumpe en la Administración pública de Alsacia y de Lorena.

Pues esto parece aún poco a los patriotas franceses. Le Petit Parisien pide que el cuartel alsaciano y lorenés se convierta en escuela, donde el afrancesamiento sea forzoso. Y describe la realidad con estas palabras: “En el estado actual llegan los reclutas balbuciendo apenas algunas palabras de nuestra lengua, y lo que es más grave, se les ve volver a sus aldeas, con licencia o reservistas, en el mismo estado.”

Y agrega el periódico: “Por interés de la nación es preciso que se imponga la enseñanza del francés a los reclutas de Alsacia y Lorena, sean cualesquiera las resistencias e incomprensiones que puedan manifestarse.” Y esta misma petición la formula otra de las Asociaciones que el Estado costea: el Comité alsaciano de estudios y de informaciones.

Hay algo más que las resistencias e incomprensiones, que llegan a mostrarse hasta rompiendo la disciplina en el cuartel. Hay una protesta viva, un dolor intenso en Alsacia y Lorena  contra esta obra de persecución del idioma alsaciano. Y esta protesta se ha escrito, se ha publicado… Ante ella, Francia se muestra impasible, opinando que se trata de una maniobra alemana. Ha respondido con un encogimiento de hombros y con estas palabras: “La población alsaciana y lorenesa, por muy intensamente que ame su dialecto, quiere que su lengua comercial y su lengua oficial sea el francés…”. Francia, dice este artículo, no se resignará a que el idioma francés sea como un postre, como un dulce, que sólo se coloca en las mesas bien abastecidas…

Ya lo oye Cataluña. Eso hace la liberalísima y progresiva Francia con los idiomas que pueden hacer difícil la unidad nacional. Francia enseña el francés a la fuerza. Los Gobiernos españoles –no hay catalán que no lo vea y no lo sepa– presencian cruzados de brazos cómo se expulsa, cómo se extirpa el idioma español de Cataluña, sin perjuicio de encubrir esa funesta obra de particularización y empequeñecimiento, llamándonos tiranos y crueles marcados de tatuajes afrentosos.