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Guangzhou: el infierno que viene (Parte II)

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En una columna anterior tuvimos la ocasión de compartir algunas de esas particularidades conocidas como “cultura china” que, vimos, no reflejan sino un hábito moderno de raíces maoístas/comunistas que nada tiene que ver con la milenaria tradición que se vende como si de un bazar chino en Europa se tratase. Otra de esas características excepcionales de la “cultura china” es el alcohol, cuyo consumo obligado se impone a políticos, empresarios y profesores por igual, apareciendo en ocasiones como condición sine qua non en los anuncios de trabajo. Los niveles de alcoholismo se han disparado hasta tal punto que en 2006 se impusieron restricciones en la venta de alcohol a menores. En efecto, en el faro de la futura economía mundial hasta hace escasos seis años era legal vender bebidas alcohólicas a menores de edad. Según un estudio de los hábitos alcohólicos de la población china entre 1976 y 2002, los problemas relacionados con la bebida se han incrementado desde 1980 y las enfermedades mentales relacionadas con su consumo han pasado del noveno al tercer puesto. En 1952 la tasa de producción de alcohol en China era de 0,4 Kg por persona, habiendo subido a 2,5 Kg a finales de los 70 y 22,9 Kg en 1997, lo que significa que la producción comercial de bebidas alcohólicas se ha multiplicado por 50 desde 1952.

Muchos estudios hablan ya de “epidemia”, aunque mis conocidos lo denominan “cultura china del alcohol”. Se trata de beber y beber continuamente en las reuniones sociales para mantener el “rango” a riesgo de caer preso de cierta déclassé social. Y hay que brindar individualmente con cada uno de los comensales, incluso varias veces, mostrando nuestros respetos al pronunciar una larga y falsa alabanza a nuestro interbebedor y vaciando completamente el vaso, por suerte pequeño. Los chinos creen que esto, como digo, es parte de su cultura, mientras los occidentales culpan en sus estudios a Occidente por haber influido negativamente en China tras su apertura en los 80. Todos sabemos que en Occidente, para ganarse un ascenso o aprobar un examen, no hay nada mejor que emborracharse con nuestro jefe o profesor. Tomen nota, queridas secretarias y alumnas.

Como siempre, Mencio sale al rescate y nos informa de que deleitarse en el alcohol, al igual que apostar y no alimentarse bien, son algunas de las causas de faltar el respeto a los padres –la famosa virtud de la deferencia filial tan importante aquí–. A este respecto, creo sin embargo que los chinos tienen razón y este exceso en dejarse seducir por el clásico vino blanco surge de la literatura moderna china, en concreto de El sueño en el Pabellón Rojo, una novela del s. XVIII que se impuso como modelo literario y lingüístico con las reformas anti-tradicionalistas de principios del s. XX. Y, obviamente, un modelo literario es un modelo cultural.

“No es la economía, estúpido”. Es la educación:

“He estado viviendo en Pekín durante tres años”, comentaba un forista. “Durante los seis primeros meses, más o menos, pasé por lo que podría llamarse una “fase de luna de miel”. China parecía tan diferente y mágica que nunca notaba esos aspectos desagradables o negativos de la sociedad. A medida que pasaba el tiempo, me fui dando cuenta de algunas de las horribles cualidades que el país y la cultura tienen. Me la han jugado, me han timado, me han robado y me han engañado más en tres años aquí que en 27 fuera de China. Viendo cosas ridículas como la destrucción de tiendas y coches japoneses no ayuda demasiado. Me recuerda a esas estúpidas protestas musulmanas”.

Antes o después la epifanía del desengaño llega, pero como suele ocurrir con toda revelación teológica, sólo unos pocos elegidos pueden verla. Desde luego no la población china, que reaccionará ante el converso viajero como el Areópago de Atenas ante el discurso de Pablo de Tarso.

Permítase una visita a alguna escuela en el interior de China. Recientemente han salido a la luz unas fotografías de una escuela de Xi’an en la que los niños de primaria duermen la siesta acurrucados sobre sus pupitres y las niñas sobre las sillas. No es la única. Una tradición que, como las “clases de siesta”, tiene más de 30 años según algunos ex-alumnos y que cuenta con la aprobación de unos padres que no tienen demasiado tiempo para ir a buscar a sus hijos entre copa y copa. El gobierno local estará demasiado ocupado organizando revueltas antijaponesas o discutiendo el siguiente macroproyecto con el que competir internacionalmente por el rascacielos más inestable del planeta.

Pero tal vez el hecho más relevante en estos momentos sea la disputa sobre las Islas Senkaku, esos ocho pedruscos deshabitados que, como si de un vídeo en Youtube se tratase, están causando tantas revueltas y destrozos en muchas ciudades chinas. El tema puede enfocarse de muy diversas maneras, por ejemplo desde un punto de vista histórico y económico: Con el fin de la Guerra Sino-Japonesa en 1895, las islas fueron brevemente colonizadas por un empresario, Tatsushirou Toga, quien construyó una planta de procesado de bonito en la que trabajaban 248 japoneses. Durante todo este tiempo nadie reclamó la soberanía sobre las islas. Como demuestran varios documentos, entre ellos una carta del cónsul Feng Mien, la China de entonces reconocía sin reparos oficialmente que el territorio era parte de la prefectura de Okinawa y había sido Japón quien, mucho antes de estos hechos, creía que el territorio, por no ser suyo, debía ser chino. Con la quiebra del negocio de Tatsushirou en 1940, las islas permanecieron desiertas y sin nadie que desease ocuparlas hasta 1945, momento en el que, por motivos estratégicos, los Estados Unidos se apropian de ellas. Nuevamente, nadie reclamó las islas.

En 1968, no obstante, las Naciones Unidas identificaron posibles reservas de petróleo y gas natural que podrían resultar de gran importancia. Curiosamente, y dado que las islas seguían bajo control americano, nadie las reclamó. Incluso los libros de texto del entonces dictatorial Taiwán recogen nombres japoneses para estas islas. La situación comenzó a cambiar cuando, dos años después, los Estados Unidos firmaron el Acuerdo de Retorno de Okinawa, según el cual las islas, junto a otros territorios del sur de Japón, serían devueltos en 1972 al antiguo imperio del Sol Naciente. Justamente entonces los gobiernos totalitarios de China y Taiwán comienzan a reclamar su soberanía. Eso sí, muy silenciosamente. Las islas, de hecho, eran una propiedad privada que el gobierno japonés adquirió recientemente dado que el tratado implicaba únicamente que Estados Unidos abandonaba los territorios japoneses que había ocupado tras la Segunda Guerra Mundial. De facto, las islas habían sido propiedad privada de dos familias japonesas desde 1895 sin que nadie las reclamase hasta que se descubrieron posibles reservas energéticas en sus inmediaciones. Y si bien desde entonces China ha jugado a tener la soberanía, no ha sido hasta la reciente pérdida de respetabilidad de los Estados Unidos a manos de su actual administración que países como Libia, Egipto, Túnez, Yemen, Irán, Rusia y, por supuesto, la República Popular China, han decidido que ya era hora de probar si el cadáver del Tío Sam estaba lo suficientemente muerto como para danzar sobre su tumba.

Los medios chinos han presentado un enfoque histórico radicalmente distinto: que China había descubierto su existencia al menos ya en 1403 y que eran la frontera natural de la dinastía Ming contra los piratas de Japón. He aquí la típica cuestión sobre qué momento temporal debe escoger el nacionalismo para reescribir su historia. Según los registros históricos de la dinastía Ming, ni las Islas Senkaku ni Taiwán pertenecían a “China” en aquella época. Eran conocidas, pero no formaban parte del país. Taiwán sólo pasó a formar parte de la dinastía Qing para controlar lo que se había convertido en un hervidero de piratas y, muy tardíamente, adquirió su independencia de la provincia de Fujian. Ningún problema con aceptar que Taiwán es parte de China, pero... ¿de qué China?, nos preguntamos. ¿De esa misma China que rechazó su tradición y reclamó la destrucción de todo lo antiguo? ¿De esa misma China que se declaró enemiga de la dinastía Ming y Qing?

Y por todo ello, un gran número de ciudadanos de la República Popular China se reunieron, bien organizados por su gobierno y con nula presencia policial, para dedicarse a la educativa labor de oponerse a Japón o morir antes de ceder una sola pulgada de suelo chino al enemigo. O eso gritaban. Para ello volcaron y quemaron coches de marca japonesa y destruyeron locales de Family Mark, 7-Eleven (supuestamente por ser subsidiaria de la japonesa Seven & I Holdings Co. desde 2005) y comercios chinos de comida japonesa en Pekín, Shanghái, Guangzhou o Kunming. Probablemente, después de destrozar las propiedades de marca japonesa de otros compatriotas y los lugares de trabajo de sus conciudadanos volvieron a sus casas en sus vehículos de marca japonesa (o imitación) a disfrutar de una sesión de pornografía censurada también japonesa o a quemar las horas con sus videoconsolas fabricadas en el país del Sol Naciente. En Kunming, en donde hace unos días un atroz terremoto dejó sin hogar a 100.000 personas, los manifestantes se congregaron gubernamentalmente frente a un Carrefour para enfrentarse al “fascismo japonés”. En el patriotismo chino reclamar un trozo de tierra deshabitado mientras destrozas el mobiliario urbano es más importante que ayudar a los afectados compatriotas por las terribles fuerzas de la naturaleza. Ellos lo comprenderán.

Lo cual nos lleva de vuelta al mundo árabe y sus infantiles manifestaciones supuestamente excusadas en este o aquel vídeo. Y en Indonesia. Y también en Europa. Culpables somos de haber incitado a estos pobres prepúberes del desierto ridiculizando a ese entrañable pederasta al que denominan profeta y obligándoles a invadir suelo americano y asesinar a ciudadanos americanos en el mismo. Pero esta violencia antiamericana comparte escenario con el conflicto por las Islas Senkaku: la posición de EE.UU. en la política mundial es virtualmente inexistente. Obama se ha convertido en el bufón de la corte del que todos los gobernantes se mofan y, junto a él, la burla se extiende a la totalidad de lo que representa Occidente.

La cuestión de la soberanía sobre estas islas puede plantearse desde una perspectiva diferente, intentando comprender por qué razón la República Popular China se siente legitimada para reclamar un determinado territorio. Así, estos hechos han disparado el desprecio y el aborrecimiento de numerosos sectores de Hong Kong que exhortan a los chinos a “largarse a China” y piden al gobierno que detenga la inmigración china hasta que no acaben estos vandálicos actos más propios de bestias salvajes que de seres humanos civilizados. Algunos manifestantes incluso han afirmado categóricamente “No soy chino”. Atribuyen estos desagradables incidentes al sistema educativo del continente que, recientemente, se está intentando imponer también en la antigua colonia inglesa. Hace tan sólo unos segundos han comenzado a circular por Internet varias imágenes que muestran la revuelta antioccidental de los Boxers de 1900 bajo el lema “Apalear a los demonios [occidentales] y quemar sus libros [i.e., la Biblia]” junto a la revolución pochu jiu o “destrucción de lo antiguo” de 1966 y las revueltas antijaponesas de 2012. Sobre estas tres fotos puede leerse: “Ha pasado un siglo... ¿esta nación ha avanzado?”. Tanto Hong Kong como Taiwán son temas habituales de conversación con cualquier ciudadano chino y, antes o después, cuando el interlocutor es extranjero, surge la cuestión de la soberanía.

Permítaseme citar una vez más unas palabras del fabuloso discurso de Clint Eastwood en Tampa ante la silla vacía del todavía presidente Barack Obama. Al hablar de aquello que singulariza al pueblo americano, Clint “Harry Callahan” Eastwood nos recuerda en lo que podría ser el momento más transcendente de la noche:

“Pero quisiera decir algo, señoras y señores. Algo que creo que es muy importante. Y es que vosotros, nosotros... somos los dueños de este país. Nosotros... nosotros somos sus dueños. Y no es que sea vuestro y no de los políticos. Los políticos son nuestros empleados. Y por eso van a ir y venir mendigando por los votos cada pocos años. [...] Y nunca debemos olvidar eso. Y cuando alguien no hace bien su trabajo, debemos echarlo”.

Que es lo contrario de lo que sucede en China, en donde el gobierno y sus empleados, muy bien pagados, son los dueños del país y sus ciudadanos sus trabajadores. Cuando alguno no hace bien su trabajo –ser un servil feudatario del Partido Comunista Chino– se le echa de un modo algo diferente a un calabozo con un pañuelo blanco al cuello bajo el que se oculta un cable bien ceñido que le impide hablar y retractarse de su confesión en el último momento. Ésta es la diferencia entre un país libre y una dictadura en cualquiera de sus formas: el pueblo es soberano sobre su tierra.

Por ello, decidir si Taiwán o Hong Kong son o no parte de China no es algo que corresponda ni al gobierno de la República Popular China ni a sus vasallos, ni a las Naciones Unidas, sino única y exclusivamente a los ciudadanos de Taiwán y Hong Kong, auténticos soberanos de la tierra en la que viven. Y si el gobierno chino encuentra que tiene derecho a reclamar su hegemonía sobre tierra alguna, incluso sobre ocho pedruscos deshabitados con recursos petrolíferos descubiertos por una comisión occidental de las Naciones Unidas en un territorio que China llevaba un siglo ignorando, tal vez sea hora de que Occidente comience a buscarse otro modelo económico, social o político con el que endeudar nuestro futuro y entregarse al onanismo cultural.