Sunday, 30. April 2017

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Guangzhou: el infierno que viene (Parte I)

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¿Qué pueden tener en común el discurso a la silla vacía de Clint Eastwood, las revueltas chinas contra los productos japoneses con motivo del conflicto sobre las Islas Senkaku, los atentados musulmanes contra las embajadas occidentales en Oriente Medio y, simplemente por añadir algo más, la independencia de Taiwán o de Hong Kong? ¿Y cómo se articula todo esto con una autoimpuesta estancia en Guangzhou, la Estrella del Sur de la economía china?

Caminando por el inmenso campus de una importante universidad en Guangzhou de cuyo nombre, dada la escasez de la nacionalidad española, no quiero prudentemente acordarme, me topé con un alumno francés recién llegado que, con la excusa de ampliar sus estudios de Geografía, había salido “a ver mundo” y, de paso, a aprender chino, aterrizando en la fabulosa capital del sur de China. Como tantos, había seguido los sugerentes y sugeridos procedimientos académicos que alejan al estudiante de aquella China empobrecida y de sus extravagancias locales en dirección convenientemente organizada hacia los dormitorios universitarios. “Paul, ¿qué te parece todo esto?”, le pregunté. Su respuesta, si bien previsible, no dejó de sorprenderme: “Es todo tan desbordante. Me encanta”. A continuación añadió con una sonrisa: “La verdad es que no me entero de nada”. Una frase que podría resumir perfectamente a cualquier “multiculti” europeo y que es más o menos la sinceridad que uno esperaría de todo ciudadano chino: “Es todo tan desbordante. Me encanta. Pero la verdad es que no me entero de nada”, diría mirando la flamante Torre de televisión de Cantón mientras recoge unos cartones del suelo y los apila sobre un montón de hierros temblorosos a los que llama bicicleta. Será una cuestión cultural.

Este derroche energético de las ciudades industriales de la moderna República Popular China va a requerir en los próximos años de la construcción masiva de un centenar de centrales nucleares que, esperemos, tengan cimientos más sólidos que los edificios destinados a los ciudadanos, los puentes de las autopistas o los masivos rascacielos de Shanghái y otras zonas costeras. Lo cual nos recuerda otra de las costumbres de toda dictadura, que muy bien definió Clint Eastwood en su reciente discurso contra la administración del presidente Barack Obama. Existe la tendencia en determinados países más o menos... ¿cómo decirlo? con un modelo de derechos humanos singular de competir entre ellos para ver quién construye el rascacielos más alto: el primer puesto para el Burj Khalifa en Dubai, seguido de cerca por las Torres Abraj Al Balt en La Meca. Todos sabemos que los ciudadanos comparten los lujos de estas majestuosas construcciones. Y en la carrera por ver quién tiene la... torre más larga China se ha sumado con la construcción de su Sky City, 838 metros a levantarse en 90 días con un coste innecesario de 628 millones de dólares. ¿Por qué no hacerlo en el doble de tiempo por la mitad de dinero? Como bien señalaba el actor norteamericano, los republicanos “no van por ahí enseñándola”. Seguramente es por esto que ciertos sectores están convencidos de tener la... torre más larga.

Lo que uno puede encontrarse en ciudades como Guangzhou cuando sí se entera de lo que pasa, especialmente cuando agudiza el oído e intenta comprender el dialecto local, cada vez más contaminado por la mediocridad de la “lengua nacional”, es lo siguiente:

- Cuando en un hotel te digan en un entrecortado inglés “No rooms now” significa “No se permiten extranjeros en este hotel”.

- Cuando estés de compras y te parezca que lo que has adquirido es barato, probablemente hayas pagado el doble de su precio real (especialmente si se rompe en los primeros minutos de uso).

- Cuando los hombres se giran por la calle para mirarte no es porque la mayor parte de la población masculina china se haya vuelto repentinamente homosexual ante tu atractivo, sino para soltar algún improperio que, esperan, no entiendas.

- Esos objetos situados a ambos lados de las carreteras con unas bonitas luces verdes y rojas y que hasta ahora se conocían como semáforos son meros elementos decorativos, al igual que los pasos de peatones y otras señales de tráfico.

- Las condiciones higiénicas de la mayor parte de restaurantes y bares son inversamente proporcionales al precio de los mismos, salvo si se trata de tiendas situadas en la calle, en cuyo caso no hay demasiadas esperanzas. La cocina comparte en ocasiones espacio con el “baño” y es habitual que se utilice aceite reciclado varias veces para cocinar, incluso mezclado con otros productos de más dudosa procedencia.

- La escasez de agua potable en las maravillosamente edificadas ciudades chinas no se debe a ningún capricho o particularidad fruto de la misteriosa y absorbente cultura local, sino a la enorme polución que afecta tanto al aire como a los recursos hídricos. Dado que existe la tecnología para ello, ¿por qué razón el gobierno chino considera que no es importante invertir en la salud de sus ciudadanos para que puedan disfrutar de agua corriente de calidad con la que beber, lavarse o cocinar, como sí ocurre en Hong Kong y algunas zonas de Taiwán, pero sí es indispensable construir el rascacielos más alto del mundo en 90 días? Adivinen ustedes la respuesta...

Otras costumbres locales incluyen: escupir habitualmente por la calle, el metro, los restaurantes o cualquier otro lugar en el que no haya papeleras, a ser posible haciendo el mayor ruido posible; hacer cola de forma inversa, es decir, los recién llegados se sitúan delante de los que llevan más tiempo esperando; observar atentamente y en multitud a cualquier persona que haya tenido un accidente, grabándolo con el móvil y sonriendo cuando algún extranjero acuda a ayudarlo... ¿Se van haciendo a la idea? Ése y no otro es el futuro. Ciertamente parece sencillo acomodarse.

Todo ello se excusa en la denominada “cultura china” o “características diferenciales chinas”, algo que el viajero oirá continua y cansinamente. En una de mis muchas conversaciones al respecto con estudiantes de la universidad pregunté en una ocasión qué entendía mi interlocutor por “cultura china”, eso que lo hacía tan diferente y superior a los demás seres humanos: “China tiene 6.000 años de historia. Nuestra cultura se extiende desde Confucio”. Dudo que nadie en China tenga demasiada idea acerca de lo que ocurría en las culturas neolíticas de hace 6.000 años de Zhaobaogou y Dawenkou, dado que los primeros y pocos documentos “escritos” que se conservan apenas alcanzan los 3.500 años. Por lo demás, Confucio era contemporáneo de Sócrates.

Algunas características de la “cultura china”: Según el capítulo Yuzao del Clásico de Ritos confuciano, era necesario ducharse diariamente por la mañana, después de levantarse y arreglarse el pelo: hoy los chinos se duchan habitualmente por la noche. Según Confucio y el Clásico de Poesía recopilado por él, la deferencia filial consiste en que los hijos deben oponerse a los padres cuando éstos cometen algún error, incluido el matrimonio, de tal forma que hombres y mujeres, si así lo consideran, pueden casarse libremente con quien deseen cuando la pareja que les han proporcionado los padres no sea de su agrado: hoy los chinos entienden la deferencia filial como el cumplimiento ciego de los deseos de la familia, influyendo incluso en el matrimonio. ¿Y qué hay de Mencio? Mencio afirmó que en invierno se bebe agua fría y no sopa caliente: hoy los chinos beben sopa caliente en verano y es habitual que también te sirvan un vasito con agua caliente en muchos restaurantes. Obviamente, ninguno de estos autores clásicos dijo nada sobre conducir en dirección contraria por una autopista. ¿Debemos buscar esa milenaria “cultura china” en algo más reciente? ¿Tal vez Zhu Xi en el s. XII? Seguramente no, dado que opinaba lo mismo sobre los matrimonios. ¿O tal vez esa milenaria “cultura china” no sea sino, simple y llanamente, maoísmo?

El maoísmo como sistema educativo pretendía inculcar una ideología firme que guiase a los individuos a través de la acción y del pensamiento a la lucha de clases y, en concreto, a la lucha contra los “burgueses” (en lenguaje maoísta, los “occidentales”) que explotan en beneficio personal. Para la creación de hombres y mujeres fuertes que trabajen para esta revolución había que acabar con la Antigüedad –con la tradición milenaria de 6.000 años que cuando conviene se cita para impresionar al viajero–, especialmente porque el milenario pensamiento confuciano exaltaba la individualidad y la educación como vehículo de promoción personal. Por ello, en los años 60 las universidades chinas que, siguiendo modelos occidentales y japoneses, habían alcanzado importantes resultados en ciencia y medicina, comenzaron a aceptar soldados, trabajadores y campesinos que sólo habían recibido una educación elemental pero que disponían de una cierta “capacidad ideológica”. A principios de los 70, por ejemplo, la famosa Universidad Tsinghua se convertía en una comuna. Los “intelectuales” y universitarios de un cierto nivel eran enviados en millones al campo para ser “reeducados”. Habiendo creado una clase trabajadora y eliminado la casta intelectual, China se había convertido en una aristocracia sin aristócratas, esto es, en una anarquía. Theodore Hsi-en Chen resume así los puntos principales del sistema educativo maoísta del que los chinos de hoy son sus herederos:

“1. La mayor preocupación de la educación no es la adquisición de conocimientos o el desarrollo del intelecto, sino inculcar una ideología, una opinión, un pensamiento, unos hábitos y unas emociones para producir dignos sucesores para la causa revolucionaria.

2. La ideología y la política deben estar “al cargo” de todo el trabajo educativo. La educación proletaria debe servir a la política proletaria bajo la firme dirección del Partido Comunista y el “pensamiento” de Mao Zedong, [...]

3. La educación revolucionaria está orientada a la acción, no centrada en el conocimiento; busca las necesidades presentes, no futuras. [...] el conocimiento separado de la práctica no tiene sentido. No hay lugar para el conocimiento por el conocimiento, el arte por el arte, la literatura por la literatura, etc. [...]

5. Los intelectuales burgueses deben ser reformados [...] integrándolos con los trabajadores y  campesinos [...] La calidad académica o el nivel educativo [...] no son la preocupación principal de la educación del proletariado”.

¿Qué mentes pueden resultar de un sistema educativo como éste que favorece la memorización obcecada de dogmas y clichés políticos con los que “moldear” a la masa? La República Popular China.

En un momento de exageración, uno de los autores del milenario Heguanzi afirmó que “la rusticidad de las costumbres culturales es algo propio de bestias salvajes y aves de presa”. No es necesario llegar a estos extremos para darse cuenta de que la gran mayoría de esos “hábitos” singulares chinos no son producto de su cultura milenaria, sino de la reciente educación maoísta, costumbres de campesinos conservadas e impuestas a una sociedad que se disfraza de modernidad. Pero ya sabe, aunque la mona se vista con rascacielos de seda...