Friday, 15. December 2017

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De Pekín a Shijiazhuang: una lección para la sinología

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Una visita improvisada a Pekín, la capital de la “dictablanda” post-comunista de la República Popular China, bien podría anunciarse con la célebre sentencia nietzscheana: “Was mich nicht umbringt, macht mich stärker”. Salirse de las rutas pre-establecidas para turistas, becarios o empresarios y adentrarse en esas áreas fuera del mapa, no del todo desconocidas pero a menudo ignoradas por los zalameros tiralevitas que viven del privilegio y de la complacencia institucional, supone ciertamente el ocaso del nuevo ídolo de un Occidente siempre ansioso por satisfacer su anhelo de racismo autoinfligido.

Lo primero que el visitante encuentra, si no ha querido disfrutar de la habitual recepción que le proporciona su empresa o universidad o si ha preferido no importunar a alguno de sus conocidos en la capital, es un aeropuerto mal señalizado, a lo que hay que añadir un personal responsable de certificar la validez de los visados que no sólo ignora la lengua de Shakespeare, sino que da también por sentado que el aventurero peregrino desconoce por igual el chino moderno. Una vez se han perdido las horas necesarias para localizar un autobús en dirección a la estación de trenes occidental o Beijing Xi kezhan, el largo viaje hasta la misma le permitirá al viajero disfrutar de la verdadera China, ésa que no aparece en los planes de viaje o en los flamantes anuncios que hipotecan nuestro futuro. Así, junto a los vastos espacios de vegetación acondicionada, los lemas comunistas sobre fondo rojo que relatan las inexistentes virtudes del pueblo chino –la “esencia de Pekín”, en este caso, “patriotismo, innovación, tolerancia, gran virtud”– o los enormes edificios acristalados ricamente decorados, se intercalan las depauperadas viviendas de locales e inmigrantes, bañadas por la misma rivera de autopistas que los inmuebles a la europea o los imponentes rascacielos, gigantescos cíclopes homéricos que parecen advertir al intruso extranjero de penetrar en la oscura cueva de pobreza que se halla a sus pies.

Si, apesadumbrado, el viajero decide correr las cortinas e intentar consultar su correo o leer las noticias de su añorado país, comenzará a sentir muy pronto las terribles caricias de la censura post-comunista. No sólo las acostumbradas redes sociales, como Facebook o Twitter, no tienen cabida alguna en la futura timonera de la economía mundial: Wikipedia y Google funcionarán aleatoriamente y en función de las búsquedas –Google España, sin embargo, no tiene este problema–, no estando permitido buscar términos tan relevantes como la fecha de la “matanza” de Tiananmen, la independencia de Taiwán o ciertos asuntos problemáticos relacionados con el Tíbet. También las páginas con contenido sexual explícito o un intento de localizar un lugar en el que comprar la popular bebida Monster Energy pueden dejarnos temporalmente sin conexión. Son algunas de las excelencias de la China moderna, excusadas en rivalidades o enfrentamientos de índole política. Porque, si se pregunta a un versado estudiante universitario, por qué no puede acceder a Facebook, no nos encontraremos en absoluto con el tímido y desconfiado silencio del oprimido, sino con el atrevimiento del convencido ciudadano patriota que acusa a Facebook, Youtube o Twitter de haber dejado en mal lugar a China en términos políticos. La verdad es que la única “motivación política” que se esconde detrás de esta censura es el control de contenidos: la República Popular de los serviles Trabajadores quiere la exclusiva sobre lo que opinan sus amados ciudadanos y, por esta razón, ha creado redes alternativas que sustituyan a través de una industria local gubernamentalmente centralizada –y controlada– a los malvados proveedores de contenidos occidentales. Por si ustedes creían que la paranoia antisemita de “Palestina” era una singularidad histórica.

Con reticente amén a todo lo anterior se alcanza finalmente Guanglian, un espacio en el que nuevamente se dan cita lujosos hoteles de cúpulas nacaradas y suntuosos bancos y agencias de viaje con viviendas de muy humilde factura y comercios improvisados en las esquinas, todo ello edulcorado con inmigrantes y campesinos sentados o tumbados por las calles. He aquí la verdadera imagen del Pekín que acogió en su seno los Juegos Olímpicos de 2008: un dios con pies de barro. Cuatro años después Guanglian y su metro, situado bajo la estación de tren, siguen tan mal comunicados y señalizados como siempre, siendo una auténtica odisea abandonar la zona en dirección a algún punto de interés turístico, como la Plaza de Tiananmen o el encantador barrio de hutongs que se abre a la Torre del Tambor o Gulou. Para entonces el viajero habrá podido ya disfrutar del habitual racismo chino, no demasiado profundo en la capital, con sus hoteles en los que no se admiten extranjeros o con sus precios especiales para “laowais” (“viejo foráneo”), término despectivo con el que se denota el supuesto aspecto de gastada longevidad del hombre occidental (en Guangzhou, todo sea dicho, balbucear cantonés puede ahorrarte estos y otros muchos problemas).

Si después de todo ello el atropellado caminante no se ha convencido de la “excepcionalidad” china, una visita final a la estación de tren le familiarizará con la situación de la economía de este país. Olvidémonos de los acomodados empresarios con sus deslumbrantes Audi, BMW o marcas locales que imitan a los afamados fabricantes occidentales y japoneses como Mercedes Benz, Mitsubishi o Honda. Los suelos de la estación, ya sean éstos los que dan acceso al metro, a las taquillas o a las plazas que rodean el edificio de claro modelado comunista, se encuentran literalmente plagadas, cual hervidero de alimañas, por individuos y familias completas que han hecho de un montón de periódicos o de un par de toallas su lecho nocturno en el que esperar al próximo tren. En la República Popular de los Trabajadores de lujosos rascacielos los atolondrados viajeros nativos carecen de un techo bajo el que dar cobijo a sus hijos. O del dinero necesario para ello. Muchos, por supuesto, encuentran perfectamente respetable ahorrarse unos céntimos y dormir a la intemperie.

Una vez superado el laberinto de inmundos cuerpos humanos y de las inexistentes indicaciones –se agradece, todo hay que decirlo, la abundante presencia policial, siempre dispuesta a orientarte–, entra el forastero en la sala de espera de la estación. “Caos” no alcanza a describir el borboteo del enjambre de maletas y de rostros impacientes y, con la hora de embarque acercándose, parece improbable alcanzar a tiempo la plataforma inferior de la estación. Sospechas infundadas, pues llegado el momento la marabunta se despeja y todos consiguen su lugar en el viejo montón de chatarra que, por alguna razón, todavía llaman tren. Entre gritos, excesos de equipaje e interminables discusiones con pasajeros sin asiento –suelen expedirse billetes “sin asiento”, en cuyo caso el que los recibe debe literalmente emigrar de un lugar a otro–, con renovada excitación se deja atrás la futura capital de la economía mundial en dirección a la milenaria Shijiazhuang, capital de la provincia de Hebei por obra y gracia del Gran Timonel Mao Zedong y reconvertida en ciudad comunista a partir del desarrollo industrial de 1949.

 

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Cupones de racionamiento, 1970-1989 (Fuente: Colección del autor).

 

Entrar en la gran ciudad de la mano de un miembro del gobierno cuyo nombre el alcohol ha hundido en el olvido –el alcoholismo es una de las obligaciones políticas chinas– y la joven actriz Pi Yijia es un efectivo antídoto contra las insalubres condiciones de la capital. El viajero puede furtivamente esquivar esas zonas fuera del mapa que, de otra forma, resultarían nocivas cual ponzoña a la acostumbrada pulcritud física y mental del hombre civilizado y rellenar en su lugar el recuerdo de su viaje con los solemnes edificios que decoran la enorme ciudad, sus vastas avenidas convenientemente señalizadas o el enigmático cielo azul nunca antes visto en la capital. Aquí, a diferencia de las grandes e industrializadas ciudades del futuro chino, los semáforos cumplen su función más allá de la mera decoración requerida por toda ciudad que desee ser etiquetada de moderna. El caos de la capital ha desaparecido. La suciedad de sus calles, la inmundicia de sus gentes, el infierno de coches violando toda norma de conducción conocida y hasta los nefastos contrastes entre rascacielos y chabolas se desvanecen. No es que no existan: sin duda Shijiazhuang debe tener lugares tanto o más empobrecidos que Pekín, tanto o más mugrientos y enfermizos que la estación de tren de la capital, pero una adecuada anfitriona permite mantener esa imagen de respetuoso devenir con la que el régimen comunista fascina a propios y ajenos. Literalmente puede decirse, mientras el flamante Porsche Boxster recorre sus interminables calles, que pocos son los edificios en Shijiazhuang que no merezcan ser fotografiados. La decoración es sencillamente impresionante: grandes edificios de diseño claramente comunista con amplias paredes acristaladas de verde esmeralda; rascacielos de neón con cornisas iluminadas sobre diseños piramidales que recuerdan claramente a Las Vegas; impresionantes oficinas distribuidas en dos enormes paralelogramos de cristal índigo enfrentadas en un ángulo de 90 grados y comunicadas por un frágil puente de vidrio; vestíbulos claramente inspirados en la Sagrada Familia de Gaudí que dan paso a una ciclópea obra de cemento envidriado que sirve de rosetón vertical a la novicia catedral del dinero; el sobrecogedor local de Holiland, una gigantesca panadería coronada por un arco plomizo con representaciones de antiguas pagodas que abraza en su seno un amplio conjunto de ventanas que, desde el exterior, nos muestran de nuevo el verde esmeralda que tanto se ve en otras muchas obras maestras de la arquitectura local. Incluso el restaurante parece un enorme templo digno de un emperador, con numerosos corredores ornamentados con obras clásicas chinas, desde muestras de escritura con pincel, hasta reproducciones de antiguos artilugios que nos recuerdan que, antes de la llegada de Mao, Shijiazhuang fue una ciudad con más de 2.200 años de historia.

Pero detrás de todo este circo con el que el comunismo continúa impresionando a turistas, empresarios y empobrecidos ciudadanos viviendo en condiciones insalubres nada queda de la milenaria tradición, cultura y costumbres que alumbraron en su momento a personalidades como Confucio, Zhu Xi, Wang Yangming o Liang Shuming. El carácter excepcionalmente “chino” se ha convertido en una excusa con la que marcar la diferencia para con el extranjero o excusar la propia mediocridad. Conceptos clave de la filosofía china, como la piedad o deferencia filial –que exige al hijo tanto respetar a su padre como criticarle en aquello en lo que yerra– se leen a través de la interpretación, probablemente de raíces japonesas, de Kang Youwei, según la cual la deferencia filial exige la obediencia ciega del hijo. Costumbres claramente propias de zonas sin unas condiciones higiénicas adecuadas, como el consumo de agua y de comida excesivamente caliente incluso en pleno verano, se presentan como particularidades chinas a las que el viajero no está acostumbrado, aun cuando éste le recuerda a sus comensales que Mencio, uno de los padres de la filosofía china y modelo de generaciones, afirmó claramente que “en invierno se bebe sopa caliente, en verano se bebe agua fría”.

La China moderna no es una reliquia del pasado, ni una utopía del futuro. No es tampoco el punto en el que tradición y modernidad confluyen para salvarnos del excesivo consumismo, del sionismo de la extrema derecha judía o del Tea Party norteamericano. La República China no es sino el producto de un régimen totalitario creado en la mente enfermiza de un mendigo que vivió toda su vida a costa del dinero de sus conocidos y que mostraba una auténtica alergia al aseo personal: Karl Marx –en este último punto compartía afición por la suciedad con Mao Zedong–. Ya va siendo hora, pues, de que el sinólogo moderno deje de venderse a los lujos que supone su lisonjería barata y acepte su posición en el ámbito de los estudios clásicos, junto a la Grecia y la Roma antiguas. Pues al igual que la Roma de Cicerón o la Grecia de Platón nada tienen que ver con las modernas regiones que hoy llevan esos nombres, y en las cuales poca o nula herencia queda de la lustrosidad de siglos pasados, nada hay en la República Popular China que invite a pensar que exista algo más allá de una mera continuidad geográfica, casi casual, entre la esplendorosa civilización que estudian los sinólogos y la moderna metrópolis que exporta su nombre con las etiquetas de virtuosidad, innovación o desarrollo.

Como bien han resaltado Reihan Salam en su artículo para el National Review, “Un dragón aletargado”, y Huang Yasheng en Capitalism with Chinese Characteristics, a partir de 1989 China se volcó en un proceso de clausura económica y cultural sin precedentes, mostrándose fuertemente virulenta hacia los emprendedores privados. El resultado ha sido un mayor control, un aumento en la censura –nótese, por ejemplo, que la escena del afamado desnudo de Kate Winslet en Titanic no fue censurada en 1997, pero sí en su reestreno en 3D en 2012– y, especialmente, un encarecimiento progresivo de los productos que no ha ido acompañado de una equitativa subida de sueldos, enriqueciendo así a los más privilegiados y empobreciendo todavía más a la mayor parte de la población. No es que China haya entrado o vaya a entrar en crisis. La falta de buenas infraestructuras en los sistemas de comunicación, con puentes que se derrumban por el exceso de peso en uno de sus laterales; los “semáforos de papel” que nadie respeta; la inexistencia de inodoros con pedestal –característica china que curiosamente no comparte Taiwán– o el conformismo barato de los nuevos ricos que no dudan en comprar varias casas para acabar viviendo en la habitación de una pensión de 16 metros cuadrados con la ducha colocada sobre la placa turca, demuestran que la moderna China fue engendrada en el seno de una terrible crisis económica, social y cultural, una crisis en la que sigue inmersa y de la que es bastante improbable que algún día consiga salir.