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Académicos con CORAJE

Notas desde el área de los estudios sobre China

por Jay Nordlinger

(National Review, 27 de agosto de 2012, pp. 33-35).

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Jerome A. Cohen puede que no sea muy conocido por el público, pero es muy conocido por los demócratas chinos y sus partidarios. Profesor de Derecho en la Universidad de Nueva York y sinólogo veterano, es el patrocinador y en cierto modo protector de Chen Guangcheng. Chen es el activista jurídico chino –se le ha llegado a llamar “el abogado de campesinos ciego”–  que huyó a la embajada de los EE.UU. en Pekín a principios de este año. Esto fue tras seis años en prisión, arresto domiciliario y agresiones físicas. Cohen tuvo un papel decisivo en las negociaciones que llevaron a Chen a abandonar el país. Chen se encuentra ahora en la Universidad de Nueva York bajo la supervisión de Cohen. No son muchos los sinólogos en Occidente deseosos de arriesgar su cuello por disidentes, demócratas y otros “alborotadores” chinos.

¿Por qué? Primero, es perfectamente humano, seguramente, evitar los problemas. Pero podemos ser más específicos en nuestros motivos. Por supuesto, algunos estudiosos son comprensivos con el régimen chino. Pero un número mayor recela de meterse con ese régimen, porque necesitan o desean ir a China y tienen que obtener visados. Además, hay bastante dinero  chino en los estudios sobre China y morder la mano que te alimenta es problemático. En resumen, hay muchos motivos para mantenerse alejado de controversias. Muchos motivos para evitar el lado malo de Pekín y la lista negra.

Hay similitudes entre los estudios sobre China y los estudios sobre Oriente Medio. Bernard Lewis, el eminente historiador de Oriente Medio, hablaba de ellas conmigo en una entrevista hace cuatro años. Primero, está el dinero: al igual que el dinero chino afecta a los estudios sobre China, el dinero de Oriente Medio –especialmente el dinero del Golfo– afecta a los estudios sobre Oriente Medio. “Emanan grandes sumas de dinero de los gobiernos y los príncipes árabes”, decía Lewis. En segundo lugar, está la maldición de la corrección política o la ortodoxia académica. “Es difícil hacer carrera a no ser que te adaptes”,  decía Lewis. En la misma época, entrevisté a Richard Pipes, el eminente historiador de Rusia. Nunca hubo demasiado dinero en la sovietología, me decía. Pero había una cierta corrección política, además de un deseo –un deseo natural– de visitar la Unión Soviética. Un día, Pipes testificó en el Senado sobre un tratado de armas. Adoptó una postura firme o realista. Una postura mucho más suave fue adoptada por su compañero académico. Mientras abandonaban la sala, este segundo académico le dijo a Pipes: “Realmente estoy de acuerdo contigo, pero si hablase como tú, no me darían un visado”.

Los comunistas chinos son mucho más sutiles con los visados que los comunistas soviéticos. Los soviéticos denegaban visados a diestra y siniestra y echaban fuera a los extranjeros “a golpe de pala”, como dice Jonathan Mirsky. Mirsky es un sinólogo y periodista de gran experiencia. Los chinos, por otro lado, vetan a relativamente pocos, aunque parece que están vetando a cada vez más, dice Perry Link, otro sinólogo experimentado. Además, tienden a no decirte por qué te han vetado. Dirán: “Ya lo sabes. Ya sabes la razón. Tú mismo has elegido este resultado”. Y cuando un académico es vetado, todos los demás se preguntan: “¿Qué hizo fulanito? ¿Cómo puedo evitar semejante destino?”. Entonces se vuelven más precavidos. Como dice Link, los chinos son mucho mejores en “ingeniería psicológica” de lo que lo fueron jamás los soviéticos.

Hay varios tópicos sobre a qué es especialmente sensible Pekín. Sarah Cook, una especialista en Asia Oriental de la Freedom House, menciona las “tres ‘T’s”: Tíbet, Taiwán y Tiananmen. Esta última, como saben, se refiere a la Plaza de Tiananmen, lugar principal de las protestas estudiantiles de 1989 que acabaron en una masacre a manos del gobierno. Cook también menciona que Pekín tiene una actitud más relajada con Taiwán que con las otras dos “T”s. Y le siguen los uigures y Falun Gong, dice. Los uigures son una minoría musulmana muy perseguida; Falun Gong es un movimiento espiritual, también muy perseguido.

Link lleva en la lista negra desde mediados de la década de los 90. Y una de las cosas molestas de estar en esa lista, dice, es que los estudiantes y los profesores jóvenes le preguntan habitualmente: “¿Qué puedo hacer o decir? ¿Cómo puedo asegurarme de no entrar en la lista?”. Puede que te digan: “¿Puedo aceptar unas prácticas en Human Rights Watch?”. “¿Puedo mencionar Tiananmen?”. Incluso: “¿Puedo decir que te conozco?”. Link puede citar ejemplos y más ejemplos de prudencia o, para ser más estrictos, de cobardía. Algunos de sus colegas aconsejaron a un estudiante que no escribiera sobre la democracia china. Debía elegir otro tema para su tesis: la democracia no valía la pena. Otro compañero tenía cosas interesantes que decir sobre Falun Gong, pero rechazó salir en televisión para decirlas. Link y otros audaces académicos pueden entender las preocupaciones, en especial, de sus compañeros más jóvenes. No los condenan necesariamente: una prohibición de entrar a China puede mutilar una carrera.

Aun así, los académicos pueden ir más lejos de lo que creen. Pueden decir y hacer más de lo que imaginan. Se censuran a sí mismos. “Te conviertes en tu propio policía”, como dice Link. Jianli Yang ha observado este fenómeno durante años. Es un líder democrático chino, un antiguo prisionero político y académico: tiene dos doctorados en universidades americanas, uno en matemáticas en Berkeley y otro en economía política en Harvard. Gente que se encuentra en una situación completamente segura, dice, se comporta como si estuvieran en peligro inmediato. Pueden actuar bien –o, simplemente, decir la verdad (que puede ser lo mismo)– sin prácticamente riesgo alguno. Sin embargo, se amilanan y no lo hacen. En 2007, Yang dio una conferencia en la Kennedy School of Government de Harvard titulada “Vencer el miedo”.

Tras los sucesos de la Plaza de Tiananmen, dice Yang, el gobierno chino tomó la decisión de hacer cooperar a los intelectuales, tanto a los locales como a los extranjeros. Esto es algo que los soviéticos nunca se molestaron en hacer. Los chinos proporcionan dinero, programas y ventajas a cambio de... ¿cooperación? ¿buena voluntad? ¿no hostilidad? Los académicos occidentales que visitan china son tratados a menudo como si fuesen de la realeza, dice Yang. En casa, son simplemente un tío o una tía cualquiera en la tienda de comestibles. En China, son agasajados con vino y cenas. Naturalmente, esto es agradable y seductor: no es fácil renunciar a ello. Aún más, la gente educada no ofende a sus anfitriones, ¿no? Sobre todo, está el atractivo del acceso, acceso no sólo a archivos, sino a la gente. Un profesor puede decir: “Bueno, mira tú por donde, estuve hablando con alguien cercano al vicepresidente Liu y me dijo...”.

Arthur Waldron, un sinólogo de la Universidad de Pensilvania, está muy familiarizado con esto. “En cuanto tienes un proyecto en China”, dice, “te conviertes en su rehén”. Y “hay una tremenda presión para que los especialistas en China estén al día”: para que suelten nombres y muestren o alardeen de conocimiento privilegiado. “Si eres como Perry Link y estás abierto a los disidentes, la gente puede decir: ‘Bueno, Perry, gran académico y todo eso, pero no ha estado en China desde hace más de una década y, no importa lo bueno que sea, ha perdido el contacto. Después de todo, China cambia constantemente”. Esto tiene un efecto siniestro, dice Waldron. Hay muchas formas de “minar” la “autoridad académica” de una persona.

Desde mi experiencia, Link es modesto, pero otros son inmodestos por él. Profesor de la Universidad de California, Riverside, y profesor emérito de Princeton, ha metido bastante las narices. Cuando ocurrió lo de la Plaza de Tiananmen, llevó a Fang Lizhi y a su esposa, Li Shuxian, a la embajada de EE.UU. Fang era un famoso científico disidente y el Número 1 en la lista de Más Buscados por el régimen.  Años después, Link editó The Tiananmen Papers, un tesoro de documentos del gobierno chino (anteriormente) secretos sobre las protestas y la masacre. Su co-editor fue Andrew Nathan, un académico de Columbia, también en la lista negra. “Andy y yo somos los clásicos favoritos de la lista”, dice Link, “aquellos que se usan como ejemplos de los que han ido demasiado lejos. Nos hemos convertido sin quererlo en instrumentos del régimen: nos usan a Andy y a mi para asustar a los académicos más jóvenes”. Waldron me comenta que Link solía dirigir el programa de Lengua China de Princeton en Pekín. Cuando China le vetó la entrada, Princeton hizo lo que las universidades americanas acostumbran a hacer: nada. Pero había una vía alternativa, dice Waldron: “Podrían haber dicho: ‘El profesor Link es nuestro director y seguirá siendo nuestro director. Si no lo quieren, de acuerdo. Nos llevaremos el programa a Taiwán. Vosotros mismos’”. Pero ésa no es la forma de actuar americana en lo que se refiere a China. Waldron cita al fallecido James Lilley, un veterano de Asia Oriental que acabó su carrera diplomática como embajador de EE.UU. en China: “No sacarás nada de ellos si no los aprietas”. Pero los occidentales –académicos, hombres de negocios, oficiales gubernamentales– no tienen casi nunca ganas de apretar.

Waldron también ha metido las narices, pero no ha sido vetado. Las autoridades chinas le han puesto las cosas difíciles y son tacaños con el número de días que le permiten quedarse en el país. Pero no está en la lista negra. Como él explica,  se encuentra en cierto tipo de “lista gris”. Recientemente, la corporación televisiva japonesa NHK le pidió que hablara en directo sobre los Institutos Confucio. Estos son centros de lengua y cultura establecidos por el gobierno chino en todo el mundo, incluyendo los campus americanos. Son la expresión del “poder blando” de Pekín, su intento de extender su influencia de un modo benigno o aparentemente benigno. En mi opinión, estos centros tienen, en el mejor de los casos, sus pros y sus contras, en el peor, son corruptos y malignos. En cualquier caso, la NHK tenía problemas a la hora de encontrar a un académico americano que quisiera hablar sobre el tema y Waldron aceptó. Al aceptar, pensó, podría jugarse su visado. Pero “el modo en que lo veo es el siguiente: si tu universidad se ha molestado en concederte una donación para que no tengas que pelearte en el mercado para ganarte la vida y tengas garantizado el arroz para el resto de tu vida, a cambio, piensas, debes decir lo que piensas. Es parte del trato”. Waldron dice que no podría haber vivido consigo mismo si hubiera rechazado la NHK.

Ha sufrido varios golpes y moratones profesionales por afirmar cosas como que “Corea del Norte empezó la Guerra de Corea”, un hecho simple para ti y para mí, tal vez, pero una realidad primitiva y embarazosa para muchos académicos. “Como un coche, acabas estrellado”, dice Waldron. “Pero he sobrevivido, estoy en una universidad de primera y otros están en prisión o muertos” (Aquí, por supuesto, se refiere a los disidentes chinos).

Posiblemente el aspecto más exasperante y efectivo del enfoque chino de los visados es su aleatoriedad o aparente aleatoriedad. Nunca sabes cuándo van a dejar caer la guillotina sobre quién y por qué. Los chinos permitirán a un académico occidental criticarles tanto como le apetezca e ir y venir cuando quiera y entonces, un día: la guillotina. “Ya sabes la razón. No tenemos que decírtela”. En 2002, Perry Link escribió un conocido ensayo llamado “The Anaconda in the Chandelier” [“La anaconda en la lámpara de araña”]. El estado chino no es como un tigre gruñón o un dragón que escupe fuego en tu salón (aunque ciertamente puede serlo para Chen Guangcheng y otros disidentes). Es más bien como “una anaconda gigante enredada en una lámpara de araña sobre nuestras cabezas. Normalmente, la gran serpiente no se mueve. No tiene por qué. Siente que no necesita explicar sus prohibiciones. Su constante mensaje silencioso es ‘Tú mismo’, tras el cual, bastante a menudo, todos los que se encuentran bajo su sombra hacen sus propios ajustes: todo bastante ‘natural’”.

Jonathan Mirsky trabajó en China, yendo y viniendo, durante casi 20 años. Fue uno de los primeros occidentales en entrar allí en 1972. Dado que escribía honestamente, pensó que cualquier día lo echarían. Pero hasta 1991 los chinos no lo hicieron. ¿Por qué lo hicieron cuando lo hicieron? ¿Quién sabe? Un buen día, el guardaespaldas de Mirsky de toda la vida le dijo: “Nos gustaría que se marchase de China pasado mañana”. Mirsky respondió: “¿En serio, Sr. Wang? ¿Lo dice en serio? Muchas gracias. Acaba de hacerme el hombre más feliz”. Wang se quedó desconcertado. No era la reacción a la que estaba acostumbrado. Mirsky explicó: “¿Quiere decir que no tendré que volver a estar en este jodido país suyo nunca más, ni tendré mi teléfono intervenido, ni seré acechado en la calle, ni se me avisará constantemente de que tenga cuidado con lo que escribo? ¡Qué alivio!”. Esta historia tiene su colofón. Unos años después Mirsky comenzaba su temporada en Harvard cuando se encontró con nada menos que a su antiguo guardaespaldas. “Sr. Mirsky”, dijo Wang, “¡es como un sueño!”. “No, Sr. Wang, una pesadilla”. Nunca más se volvieron a ver.

Andrew Nathan, académico de Columbia, ha tenido el honor de ser vetado o bloqueado en tres ocasiones diferentes. La última fue después de su libro sobre The Tiananmen Papers. Audaz, está afiliado a varias organizaciones de derechos humanos: Freedom House, Human Rights Watch, Human Rights in China y el National Endowment for Democracy. Prácticamente todo el lote. Obviamente, lamenta no poder ir a China, como cualquier sinólogo. Pero esa prohibición no le ha dañado tanto. Primero, dice, tiene un puesto permanente. Segundo, su investigación no depende del trabajo de campo en China (uno de sus temas es la política exterior china y eso no requiere de tu presencia en suelo chino. La antropología, por el contrario, sí). Y tercero, “estar vetado es en sí mismo trabajo de campo”. Aprendes muchas cosas interesantes de ello: sobre cómo funciona el gobierno chino, sobre cómo funcionan tus compañeros. El gobierno no te envía por fuerza un telegrama diciendo: “¿Sabes qué? ¡Tienes prohibida la entrada!”. Puede que simplemente no respondan la próxima vez que solicites un visado. O puede que digan: “No es el momento adecuado”. Respecto a tus compañeros, puede que te no te inviten a alguna conferencia aquí, en casa, porque habrá funcionarios del gobierno chino y ya sabes lo que esto significa...

Los académicos occidentales que tienen la cabeza agachada, dice Nathan, no son todos “cobardes mentirosos y bellacos”. Señala que hay tres grupos. Hay académicos que mantienen “el perfectamente respetable punto de vista” de que la relación EE.UU.-China es demasiado importante como para agitarla así. Debemos dialogar con los comunistas chinos, descubrir qué les mueve y llevarse bien con ellos. Después tenemos los académicos jóvenes que tienen carreras que acabar y que no pueden seguir sin acceso a China. ¿Y el tercer grupo? Bueno, los “cobardes mentirosos y bellacos”.

Perry Link, por su parte, dice sentirse “liberado” después de ser vetado. La anaconda había gobernado o afectado su comportamiento tanto consciente como inconscientemente. “Evitas términos sensibles y temas sensibles. Intentas ser aceptable”. El alivio que se siente tras ser vetado fue la confirmación de que el influjo de la anaconda era real. En su ensayo, cita un proverbio chino: “Los cerdos muertos no tienen miedo del agua caliente”. Una vez estuvo “muerto”, esto es, vetado, aunque podías amenazarlo con agua hirviendo o echársela encima, ¿qué le importaba? Además, su preocupación principal es la literatura y puede hacer su trabajo tanto en la bella California  como en cualquier otro lugar.

Conocido por todo sinólogo es, sin duda, un libro publicado en 2004: Xinjiang: China’s Muslim Borderland (Xinjiang es el hogar de los uigures). El libro recoge contribuciones de 15 académicos, todos ellos occidentales o, aparentemente, en Occidente. El año pasado, Bloomberg News publicó un fascinante artículo de Daniel Golden y Oliver Staley sobre la publicación del libro y sus repercusiones. El editor del libro, S. Frederick Starr –en realidad, un conocido sovietólogo y estudioso de Rusia– decidió no incluir a académicos de nacionalidad china: no quería meter a nadie en problemas con su gobierno. Además, aseguró a la embajada china en Washington, antes de publicar el libro, que el libro sería académico y objetivo: nada de lo que preocuparse. Hizo más cosas para tranquilizar a los chinos. Tú y yo nos podríamos preguntar: “¿Por qué debe un hombre en un país libre hacer lo imposible para calmar las sensibilidades de una dictadura de un sólo partido con un gulag?”.  Pero este comportamiento es perfectamente normal y, hasta cierto punto, comprensible.

Trabajando junto a Starr para reunir a los colaboradores estaba Justin Rudelson, un sinólogo que estaba entonces en Dartmouth. El artículo de Bloomberg lo citaba así: “Recuerdo a gente diciendo al principio: ‘¿Creéis que China nos vetará?’”. China los vetó, a los 15. Dijo Rudelson: “Acabé haciendo lo más estúpido, meter a todos los expertos en en la materia en una sala y hacer que los chinos nos echasen a todos”. Según Bloomberg: “Dartmouth casi despidió a Rudelson porque no podía ir a China”. Ahora trabaja en otro lugar, evidentemente de forma voluntaria. Uno de los 15 autores, Dru Gladney del Pomona College, dijo: “Como grupo, la mayor parte de nosotros estamos muy decepcionados por la falta de solidaridad y apoyo de compañeros y universidades”. Las instituciones están “tan ansiosas por subirse al carro de China que ponen sus intereses financieros por delante de la libertad académica”. Por cierto, he dicho que los 15 colaboradores fueron vetados, pero no es cierto o no lo fue durante mucho tiempo: al menos dos de ellos redactaron comunicados repudiando cualquier apoyo al movimiento de independencia de Xinjiang. Les salió bien.

Jianli Yang dice que él y otros disidentes no se sienten muy a gusto en las universidades americanas. Link dice que otro famoso disidente le dijo recientemente lo mismo. Si eres un disidente, dice Yang, la gente te toma por radioactivo, un tanto intocable, como si pudieran coger alguna enfermedad. Eres demasiado “político”. Podrías poner a un profesor o un programa o una universidad en una situación incómoda. Los disidentes escuchan a veces: “Lo siento, pero esta conferencia es para académicos, no para disidentes”. Sin embargo, como dice Yang, algunos de los disidentes son académicos de primera. Fang Lizhi, el hombre que Link llevó a la embajada de EE.UU., era un científico destacado, un astrofísico. Yang mismo sabe bastante de matemáticas, teoría política, economía, relaciones internacionales, el sistema penal chino, poesía... muchas cosas.

Me acuerdo de algo de mediados de los 80Harvard invitó a Armando Valladares a dar una charla. Acababa de salir del gulag cubano tras 22 años y había escrito unas memorias tituladas Contra toda esperanza. Algunos lo llamaron “el Solzhenitsyn cubano”. La universidad no le dejó hablar libremente. Lo juntaron con un profesor cuyo trabajo consistía en ofrecer el punto de vista a favor de Castro. Cualquier otro día del año, por supuesto, el profesor tendría a los estudiantes para sí mismo. A Valladares, que algo sabía del, no se le permitió aparecer solo ni siquiera durante una hora.

No es el trabajo de un académico ayudar a un disidente, podría usted decir (aunque esperamos que el académico no sea hostil). Los académicos no son activistas de los derechos humanos o héroes. Pero probablemente deberían decir la verdad y toda la verdad hasta donde puedan establecerla. Y constantemente se nos recuerda cuán importante para el mundo es China y que esta importancia no dejará de crecer en el futuro. ¿No deberíamos nosotros, el “mundo”, tener una información sólida y completa? ¿Incluso, o en concreto, sobre temas prohibidos? Igualmente, cuando un Jerry Cohen intercede por un Chen Guangcheng, podemos aplaudir. Tal vez no sea el trabajo, estrictamente hablando, de un académico, pero podemos aplaudir. Podemos aplaudir incluso cuando un Arthur Waldron desea decir que debemos tener cuidado con los Institutos Confucio. Algunos sostienen que las autoridades chinas tienen respeto –el más alto de los respetos– por aquellos académicos extranjeros que los desafían. A los que incluso puede que encuentren conveniente vetar. En tal caso, eso es algo por lo que podemos otorgarles nuestro reconocimiento.