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AGON se enorgullece de poder presentar un texto escrito en 1922 en torno al "problema catalán", el cual, casi un siglo después, sigue manteniendo tristemente toda su vigencia. Que cambiando únicamente un par de palabras con el fin de actualizar los ejemplos parezca estar escrito en el 2012, muestra en qué situación se halla España en pleno siglo XXI.

 

El más grave problema de la vida nacional

Ante la propaganda de falsedades con que se engaña al pueblo catalán, España entera dice a Cataluña: “Hermanos o extranjeros”

(Publicado en ABC, el viernes 22 de diciembre de 1922, p. 9)

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De Cataluña nos escriben numerosos catalanes que se dicen españoles; que lo son por convicción y por sentimientos; que creen que el engrandecimiento y enriquecimiento y progreso de su región están garantizados en la convivencia y con la salvaguardia de España. Leemos atentamente estas cartas, representativas, sin duda, de importantes núcleos de opinión, y queremos hacer un paréntesis, recogiendo y contrastando sus indicaciones.

Se ha logrado hacer un tópico manoseado y sin valor –ya lo indicábamos en nuestro primer artículo– de la palabra “estridencias” y de la afirmación de que las tales estridencias cada vez que surgen en actos públicos o se escriben en periódicos y manifiestos y mensajes, son obra de unos cuantos exaltados o unos cuantos locos… Quisiéramos creerlo; quisiéramos no ver la intensidad y el tesón de esa propaganda que en Cataluña, y en París, y en América va pregonando, no ya el deseo de una Cataluña independiente, sino el odio a España revelado en toda suerte de acusaciones falsas y calumniosas. Esos cuantos locos o esos cuantos exaltados que hacen en el periódico L’Estat Catalá la afirmación de que España cobra a Cataluña una contribución de guerra de 380 millones de pesetas, no sólo gritan al inicuo “¡Muera España!” e inventan ese fantasma de la tiranía española y representan la comedia de un irredentismo que no existe, sino que con sus mentiras, con sus calumnias, con sus ficciones sentimentales, con sus falseamientos de las realidades económicas están creando una conciencia catalana, míseramente e inicuamente engañada… ¿Cómo desdeñar esta labor; cómo consentir que a todo un pueblo se le haga creer que Cataluña trabaja para sustentar a Castilla, para sostener un Madrid ocioso de políticos y empleados, vagos y hampones?

No serían un peligro esos cuatro falsarios ni merecerían sus estridencias otro castigo que el desdén si los catalanes que se dicen españoles pusieran el inmediato correctivo a cada desmán. Nosotros no creemos en la eficacia de las represiones de la autoridad ni en las denuncias de los fiscales; nos parece mucho más fecunda la acción social. Para el estudio del problema catalán, para el desvanecimiento de una hostilidad que es injusta, para el renacimiento de una comunidad nacional y el alejamiento de toda contienda civil, nosotros desdeñaríamos esas “estridencias” si frente a ella se alzara la represión y la condenación de los catalanes españoles.

Hemos citado antes un caso concreto y de estos días. L’Estat Catalá, que se sigue publicando con toda libertad, como prueba evidente de “la tiranía española”, ha escrito en su último número que Cataluña paga a España, como una contribución de guerra, como un tributo de vencido, de esclavizado y explotado, 380 millones anuales. Su director, que es diputado a Cortes, no se atrevería a decir aquí semejante falsedad; los diputados y senadores catalanes, que han discutido los presupuestos en el Parlamento, saben que eso es mentira; en Cataluña, cuantos poseen alguna cultura de cuestiones económicas tienen el mismo convencimiento, y lo tienen también todos los periódicos que se publican en Barcelona. Pero todos callan; nadie le dice al pueblo catalán que le engañó L’Estat Catalá, y el payés inocente, y el joven exaltado, y el burgués impresionable creen de buena fe que España roba a Cataluña cada año 380 millones de pesetas. Y en lugar de desmentir, de rectificar, de oponer la verdad a esta campaña injusta y mentirosa, los catalanes que se atribuyen el papel de sensatos se tornan hacia nosotros y nos dicen: “No hagáis caso. Son cuatro locos…”

De igual modo es falso también que España haya llevado a Cataluña la guerra de los idiomas. No ha habido, por parte del Estado español, una sola agresión al catalán, y los que falsean este problema tienen necesidad de ir a buscar ejemplos de cooficialidad en los Estados sin idioma propio, como Bélgica y Suiza, y tienen que ocultar al pueblo catalán, para poder engañarle, lo que hacen las grandes y envidiadas naciones tantas veces citadas como modelos por los detractores de España.

El Estado español no ha hecho jamás una política del idioma, como la hace Francia, y mucho menos una imposición brutal, como la hacen Inglaterra y los Estados Unidos. El idioma catalán no se ha visto proscrito ni hostigado de la escuela, del templo, de la imprenta, de la función misma de organismos oficiales, como los Municipios y como la Mancomunidad. La Exposición de Industrias Eléctricas se ha hecho con dinero de toda España, y, sin embargo, todas las inscripciones, todos los rótulos que allí hay están escritos en catalán. El Estado español no sólo no ha agredido al catalán, sino que tiene la más amplia tolerancia para quienes no usan el idioma nacional.

La verdad del caso es que la agresión, la violencia parten también de los “cuatro exaltados” que quieren prohibir y expulsar el idioma español de Cataluña, donde hay centenares de miles de personas que lo hablan y donde se imprimen numerosos periódicos en español y donde el español no es un idioma impuesto ni un infamante “tatuaje” con que se afrenta a vencidos, sino el habla general vinculada consuetudinariamente en Cataluña, como lo está en Valencia y Baleares, que también tienen sus idiomas, hermanos del catalán; como lo está en las vascongadas, a pesar de la existencia milenaria del eúscaro, y como lo está en Galicia y en Asturias, que romancearon el latín antes aún que en Castilla y en Cataluña.

El idioma catalán no sólo no está proscrito ni hostigado, sino que hace cada día libremente mayores esfuerzos para su difusión, y gastan en ello sumas enormes la “Mancomunitat” y los Municipios, sin que el Estado español ponga la menor traba ni intente la menor represalia. Como ello no basta para DESPAÑOLIZAR a Cataluña, se quiere, se pide, se intenta que el Estado español mismo prohíba el uso del español en Cataluña… A tales monstruosidades lleva el odio de los “exaltados” y la indiferencia de los españoles catalanes.

No tenemos fe en que los Gobiernos que en España se suceden –con la influencia y la intervención de los mismos catalanistas– puedan resolver este problema, necesitado, ante todo, de que se le planteara con verdad y con sinceridad y no entre las mentiras infames con que hoy se le encubre. Nosotros creemos que su solución está exclusivamente en manos de la opinión pública. Si la conciencia catalana resurge; si los catalanes que se sienten españoles oponen su opinión y su acción a la de los separatistas, el problema tendría fácil solución, porque se habría acabado la impunidad para los que tratan de deshonrarnos a todos deshonrando a España.

De no hacerse así, no será Cataluña la que se separe; será España –Aragón, Asturias, Andalucía, Castilla, todas las regiones– la que, cansada de tanta calumnia y de tanta injusticia, romperá los lazos que la unen a Cataluña.