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Geert Wilders, Marked for Death.

Islam’s War Against the West and Me, Regnery, Nueva York, 2012.

En los siguientes enlaces externos pueden consultarse los materiales adicionales,

PREFACIO

por Mark Steyn

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Cuando se me pidió escribir un prefacio al nuevo libro de Geert Wilders, mi primera reacción, para ser honesto, fue pasar. El Sr. Wilders vive bajo vigilancia armada 24 horas al día y 7 días a la semana porque un importante número de personas motivadas desea matarlo y me parecía a mí que, como alguien que había atraído de manera más que suficiente la atención homicida a lo largo de los años, compartir espacio en estas páginas probablemente supondría un repunte de mis propias amenazas de muerte. ¿Quién lo necesita? ¿Por qué no alegar, simplemente, una agenda muy ocupada y sugerir al autor que lo intente en otra parte? Imagino que a Geert Wilders se lo hacen a menudo.

Y entonces me fui a dar un paseo por el bosque y me sentí ligeramente avergonzado ante la facilidad con la que me atrevía a permitir una pequeña victoria a sus enemigos. Tras librarme de los lacayos islámicos en mi propio país, su líder alardeó ante la Agencia de Noticias Árabes canadiense que, aun cuando el Congreso Islámico Canadiense había fracasado en tres jurisdicciones diferentes en su intento por criminalizar mis escritos sobre el Islam, las demandas habían costado a mi revista (alardeaba) dos millones de dólares y, de este modo, se había “alcanzando nuestro objetivo estratégico: incrementar el coste de publicar material anti-islámico”. En los Países Bajos, los enemigos del Sr. Wilders, ya sean yihadistas asesinos o el establishment multicultural, comparten el mismo “objetivo estratégico”: incrementar el coste de asociarse con él más allá de lo que mucha gente estaría dispuesta a soportar. No es fácil ser Geert Wilders. Ha pasado casi una década en una existencia extraña, claustrofóbica, vagabunda y tenue, muy poco diferente de la de las víctimas de secuestro o, en palabras suyas, de un prisionero político. Está bajo vigilancia las 24 horas a causa de las amenazas explícitas de extremistas musulmanes para asesinarlo.

Pero es a él a quien procesan por incitación.

En el Ámsterdam del s. XXI, tienes libertad para fumar marihuana y elegir a una compañera sexual medio desnuda del escaparate de su tienda. Pero puedes ser procesado por sostener la opinión equivocada sobre un tío que murió en el s. VII.

Y aunque el Sr. Wilders fue finalmente absuelto por su tribunal amañado, la determinación para mostrarlo como un facha es incesante: “El partido de extrema derecha y contra la inmigración de Geert Wilders” (el Financial Times)... “El líder de extrema derecha Geert Wilders” (el Guardian)... “El político de extrema derecha anti-islámico Geert Wilders” (AFP) está “al margen de la política dominante” (Time). El Sr. Wilders está tan alejado en los márgenes de la extrema derecha que su partido es el tercero más votado del parlamento. De hecho, el actual gobierno holandés gobierna sólo a través del apoyo del Partido para la Libertad de Wilders. ¿Así que él es “extremo” y “de la extrema derecha” y está “al margen”, pero los siete partidos que consiguieron muchos menos votos que él son “dominantes”? Éste es justamente gran parte del problema del discurso político europeo y su cobertura mediática: tal vez les parece únicamente tan “extremo” y “de la extrema derecha” porque son ellos los que están al margen.

Y así es cómo un parlamentario holandés aterriza en Heathrow para realizar una aparición pública y es inmediatamente deportado por el gobierno de una nación que otrora fuera el crisol de la libertad. El Departamento de Interior británico expulsó al Sr. Wilders por amenaza a la “seguridad pública”, no porque estuviera amenazando a algún miembro del público, sino porque importantes musulmanes lo estaban amenazando a él: el noble del Partido Laborista Lord Ahmed prometió traer una gran multitud de 10.000 personas para ocupar la Cámara de los Lores si Wilders proseguía con su compromiso de hablar allí.

Mas no basta con desnormalizar al hombre en sí mismo, también hay que dar ejemplo con aquellos que decidan descubrir por sí mismos cómo es él. El senador suraustraliano Cory Bernardi se encontró con el Sr. Wilders en un viaje a los Países Bajos y volvió a casa con titulares como “Senador criticado por vínculos con Wilders” (el Sydney Morning Herald) y “Se pide la cabeza de Cory Bernardi por Geert Wilders” (el Australian). Miembros del partido de la oposición, pero incluso del suyo propio, pidieron al Líder de la Leal Oposición de su Majestad la dimisión del senador Cory Bernardi de su puesto como secretario del Parlamento. ¿Y por qué detenerse ahí? Un portavoz del gobierno “se negó a decir si creía que el Sr. Abbott debería expulsar al senador Bernardi del Partido Liberal”. Si al menos Bernardi hubiese estado de palique con personajes más respetables: Hugo Chávez, por ejemplo, o un portavoz de Hamás. Me alegra poder informar que, compartiendo una tribuna conmigo en Adelaida unos meses después, Bernardi declaró que, como ciudadano nacido libre, no le iban a decir con quién se le permitía verse.

Por cada alma independiente como el senador Bernardi, o Lord Pearson de Rannoch y la Baronesa Cox (que organizó la proyección de la película de Wilders, Fitna, en la Cámara de los Lores), hay otros tantos miles de personajes públicos que aceptan el mensaje: evita el Islam a menos que quieras ver tu vida reducida a cenizas y evita a Wilders si quieres que te dejen en paz.

Pero al final la vida tranquila no es una opción. No es necesario estar de acuerdo con todo lo que el Sr. Wilders dice en este libro –o, de hecho, con nada de lo que dice– para reconocer que, cuando el líder del tercer partido más votado de una de las legislaturas democráticas más antiguas del planeta tiene que vivir bajo constante amenaza de muerte y se ve forzado a vivir en “refugios” durante casi una década, algo va muy mal en “el país más tolerante de Europa” y que tenemos la responsabilidad de tratarlo honestamente, antes de que empeore.

Hace una década, en la víspera del derrocamiento de Saddam, muchos medios expertos utilizaban el mismo titular sobre Irak: es una entidad artificial improvisada con partidos que no pertenecen al mismo estado. Y yo solía bromear con que quienquiera que piense que los diversos componentes de Irak son incompatibles debería echar un vistazo a los Países Bajos. Si no se puede esperar que sunitas y chiitas, kurdos y árabes tengan algo en común para hacer un estado que funcione, ¿cómo llamarías a una jurisdicción dividida entre libertinos bisexuales drogadictos post-cristianos y musulmanes en contra de la prostitución y en contra de la sodomía y en contra de todo lo que se te ocurra? Si Kurdistán se adapta torpemente a Irak, ¿cómo se adapta entonces Pornostán a la República Islámica de los Países Bajos?

Los años pasan y la broma se hace más triste. “El país más tolerante de Europa” es un gobierno cada vez más incoherente donde los gays son golpeados, las mujeres que van sin taparse son abucheadas por la calle y no puedes representar en la escuela El Diario de Ana Frank a no ser que las irrupciones de la Gestapo sean bienvenidas por la audiencia a gritos de “¡Está en el ático!”.

Según una encuesta, el 20% de los profesores de historia ha abandonado ciertos, oh, aspectos problemáticos de la Segunda Guerra Mundial porque, en clases con una particular, ejem, disposición demográfica, los alumnos no se creen que ocurriera el Holocausto y, si lo creen, los alemanes deberían haber acabado el trabajo y no tendríamos hoy todos estos problemas. Algunos educadores más ingeniosos astutamente cortejan a sus estudiantes que desprecian a los judíos comparando el Holocausto con la “islamofobia”: todos recordamos a esos terroristas judíos secuestrando Fokkers y estrellándolos contra el Reichstag, ¿verdad? ¿Y qué hay de las bandas de jóvenes judíos rapiñando a los ancianos, como hacen los musulmanes jóvenes en Kanaleneiland, el antiguo vecindario de Wilders?

Y por lo que se refiere a la “islamofobia”, es tan terrible que son, oh, los judíos los que se están marchando. “El sesenta por ciento de la comunidad ortodoxa de Ámsterdam intenta emigrar de Holanda”, dice Benzion Evers, el hijo del rabino jefe de la ciudad, cinco de cuyos hijos ya se habían marchado en 2010. La famosa guía de viajes de Frommer de la “ciudad más tolerante de Europa” reconoce que “los visitantes judíos que se vistan de un modo que se les pueda identificar claramente como judíos” corren el peligro de ser atacados, pero atribuye esto discretamente al “conflicto israelí-palestino”. “Los judíos conscientes deberían marcharse de Holanda, donde ni ellos ni sus hijos tienen futuro”, advirtió Frits Bolkestein, anterior líder liberal holandés. “El anti-semitismo continuará existiendo, porque a los jovenzuelos marroquíes y turcos no les importan los intentos de reconciliación”.

Si te estás preguntando qué otras cosas no les importan a estos “jovenzuelos”, consúltalo con Chris Crain, editor del Washington Blade, el periódico gay de la capital americana. Buscando un respiro de los paletos teócratas fundamentalistas cristianos del Partido Republicano, él y su novio decidieron pasar las vacaciones en Ámsterdam, “sin duda, el lugar ‘más amigable para los gays’ del planeta”. Mientras paseaban por las calles del centro de la ciudad, fueron atacados por un grupo de siete “jovenzuelos”, golpeados, apaleados y pisoteados en el suelo. Perplejos por la creciente violencia, los altos cargos de Ámsterdam encargaron un estudio para determinar, tal y como Der Spiegel dijo, “por qué los hombres marroquíes están atacando a los gays de la ciudad”.

¡Vaya preguntita! Ni idea. Los genios de la Universidad de Ámsterdam concluyeron que los atacantes se sentían “estigmatizados por la sociedad” y “podrían estar enfrentándose a su propia identidad sexual”.

¡Bingo! ¡Decir a los jóvenes marroquíes que son gays empotrados en el armario parece ser justamente el modo de reducir las tensiones en la ciudad! Pensándolo bien, muchos de esos turcos parecen perder algo de aceite, ¿no crees?

Pero no hay que preocuparse. En la “nación más tolerante de Europa”, hay tolerancia de sobra. ¿Qué no tolerarán los holandeses? En 2006, el ministro de justicia, Piet Hein Donner, sugirió que no habría ningún problema con la Sharia si la mayor parte de los holandeses votaran a su favor, como, ciertamente, están haciendo con gran entusiasmo en Egipto y otras políticas bendecidas por la Primavera Árabe. La respuesta previa del Sr. Donner al “radicalismo islámico” fue (como el autor recoge en las páginas siguientes) proponer una nueva ley de blasfemia para los Países Bajos.

En este mundo al revés, Piet Hein Donner y los investigadores de la Universidad de Ámsterdam y los acusadores del Openbaar Ministerie que montaron el espectáculo de su juicio son “dominantes”; y Geert Wilders es el “extremo” “extremista” “al margen”. ¿Cómo de amplio es ese margen? El Sr. Wilders cita una encuesta en la que el 57% de la gente dice que la inmigración masiva fue el mayor error de la historia holandesa. Si la importación de grandes poblaciones de musulmanes a Occidente fue ciertamente un error, fue también uno innecesario. Algunas naciones (la holandesa, la francesa y la británica) pueden ser consideradas como herederas de una cierta deuda post-colonial hacia sus anteriores súbditos, ¿pero Suecia? ¿Alemania? De Malmö a Mannheim, el Islam ha transformado sociedades que hasta ahora no habían tenido absolutamente ninguna conexión con el mundo musulmán. Incluso si no estás de acuerdo con el 57% de los participantes holandeses de la encuesta, la experiencia del rabino jefe de Ámsterdam y el editor gay atacado y los ancianos residentes en Kanaleneiland sugiere, como mínimo, que la islamización de las ciudades continentales supone un desafío a la famosa “tolerancia” de la Eutopía. Y, sin embargo, la misma clase política responsable de esta “sustitución demográfica” sin precedentes (en palabras de la demógrafa francesa Michèle Tribalat) insiste en que el asunto está fuera de toda discusión. El novelista británico Martin Amis preguntó a Tony Blair si, en las reuniones con sus amigos primeros ministros, el panorama demográfico continental era parte de la “conversación europea”. El Sr. Blair respondió, con cautivadora honestidad, que “es una conversación subterránea”, esto es, los amigos que nos metieron en este lío no saben cómo hablar de ello en público, salvo con las banalidades sonrientes de un relativismo cultural cada vez más carcomido.

Esto no es suficiente para Geert Wilders. A diferencia de la mayor parte de sus críticos, él ha viajado ampliamente por el mundo musulmán. A diferencia de ellos, ha leído el Corán y lo ha releído, en todas esas interminables noches encerrado en algún lúgubre refugio sin el consuelo de la familia o los amigos. Una forma de pensar en lo que está ocurriendo es imaginarlo al revés. Rotterdam tiene un alcalde musulmán con pasaporte marroquí hijo de un imam bereber. ¿Cómo se sentirían los Saudíes con un alcalde italiano y católico en Riyad? ¿Y los jordanos con un alcalde americano y judío en Zarqa? ¿Aceptarían los ciudadanos del Cairo y Kabul convertirse en minorías en sus propias ciudades simplemente porque abordar el tema sería demasiado poco educado?

Proponer la pregunta es mostrar su absurdidad. Desde Nigeria a Paquistán, el mundo musulmán es intolerante incluso con las minorías antiguamente establecidas. En Irak, la mitad de la población cristiana ha huido, en 2010 la última iglesia de Afganistán fue arrasada y, en ambos casos, esta versión de la limpieza étnica ocurrió bajo la mirada de América. El multiculturalismo es un fenómeno unicultural; como mi colega del National Review, John Derbyshire, dice, “ningún país musulmán permitiría a los cristianos, ¡menos todavía a los judíos!, establecerse en grandes números en su territorio; y, en este aspecto, son más inteligentes que nosotros”.

Pero el establishment político de Europa insiste en que esa inmigración transformativa sin precedentes sólo puede ser discutida dentro de los cánones convencionales, o lo que Derbyshire llama “las fantasías románticas del universalismo humano”; nos decimos a nosotros mismos que, en una sociedad multicultural, la simpática pareja gay del número 27 y el musulmán polígamo con cuatro esposas menores en niqabs idénticas del número 29 de Elm Street pueden vivir codo a codo, contribuyendo cada uno de ellos al rico y vibrante tapiz de la diversidad. Y quienquiera que diga lo contrario tiene que ser arrojado a las tinieblas.

Geert Wilders piensa que debemos ser capaces de hablar sobre esto y, ciertamente, como ciudadanos de las más antiguas y libres sociedades del planeta, tenemos la responsabilidad de hacerlo. Sin él y otras valientes almas, el punto de vista del 57% del electorado holandés no tendría representación en el parlamento. Lo que resultaría un poco extraño en una sociedad democrática, si lo piensas bien. Gran parte de los problemas del mundo occidental de hoy surgen de políticas en las que la clase política está completamente de acuerdo; en época de elecciones en Europa, el votante medio puede elegir entre un partido a la izquierda del centro y un partido ligeramente más a la derecha de la izquierda del centro y, cualquiera que él vote, estará en general por completo de acuerdo en cuestiones como la inmigración masiva o los insostenibles programas de bienestar o el cambio climático. Y son inflexibles a la hora de deslegitimizar a quienquiera que desee un debate más amplio. En esa agitación con Cory Bernadri en Australia, por ejemplo, me sorprendió hasta qué punto la cobertura australiana dependía de la misma coletilla perezosa sobre Geert Wilders. Del Sydney Morning Herald:

 

Geert Wilders, que sostiene la balanza del poder en el parlamento holandés, comparó el Corán al Mein Kampf y llamó al profeta Mahoma pedófilo...

 

El Australian:

 

Provocó el escándalo entre la comunidad musulmana de los Países Bajos tras calificar al Islam de religión violenta, comparando el Corán con el Mein Kampf de Hitler y llamando al profeta Mahoma pedófilo.

 

Tony Eastley en ABC Radio:

 

Geert Wilders, que controla la balanza del poder en el parlamento de los Países Bajos, ha escandalizado a los musulmanes holandeses al comparar el Corán con la obra de Hitler, Mein Kampf, y llamar al profeta Mahoma pedófilo...

 

¡Caramba! Casi pensarías que todos estos periodistas investigadores tan trabajadores estaban simplemente copiando y pegando el mismo resumen perezoso en lugar de comprobar lo que el tío dice realmente. El hombre que surge de las páginas siguientes no es el matón gruñón de la demonología mediática, sino un analista bien versado, de mundo, elegante y perceptivo, que cita a figuras tan “extremas” y “marginales” como Churchill y Jefferson. Y por lo que respecta a esos puntos incesantemente repetidos por los medios australianos, el Mein Kampf está prohibido en gran parte de Europa y el negacionismo del Holocausto también está criminalizado y, cuando se derogó una ley francesa sobre el negacionismo del genocidio armenio, el presidente Sarkozy anunció que inmediatamente redactaría otra ley contra el negacionismo del genocidio para reemplazarla. En Canadá, la Corte de Queen’s Bench presentó una demanda de primera instancia por “discurso de odio” contra un hombre que, simplemente, había enumerado el capítulo y verso de varias órdenes bíblicas sobre la homosexualidad. Y, sin embargo, en un mundo occidental cada vez más acomodado con la regulación, control y criminalización de libros, discursos e ideas, la deferencia del estado al Islam crece de manera cada vez más aduladora. “El profeta Mahoma” (como lo denominan ahora reflexivamente los occidentales impecablemente seculares) es el mayor beneficiario de nuestro deseo por torturar la lógica, la ley y la libertad de formas todavía más estúpidas en pro del acomodacionismo al Islam. Considérese el caso de Elisabeth Sabaditsch-Wolff, un ama de casa vienesa que ha vivido en numerosos países musulmanes. Fue llevada ante un tribunal austríaco por llamar a Mahoma pedófilo basándose en que consumó su matrimonio cuando su esposa, Aisha, tenía nueve años. La Sra. Sabaditsch-Wolff fue declarada culpable y multada con 480 euros. El razonamiento del juez fue fascinante:

 

Pedofilia es objetivamente incorrecto, ya que la pedofilia es una preferencia sexual que única o principalmente se dirige hacia los niños. Sin embargo, no se aplica a Mahoma. Todavía estaba casado con Aisha cuando ésta tenía 18.

 

¿Así que no eres un pedófilo si desfloras a la cría de cuarto grado pero te quedas con ella hasta el instituto? He aquí un útil consejo si planeas unas vacaciones de senderismo por los Alpes. ¿O es ésta otra de esas exenciones que no tiene una aplicación universal?

Un hombre que se enfrenta a semejantes estupideces de frente no busca enemigos. Sin embargo, es remarcable cómo el establishment prácticamente no se preocupa en ocultar sus deseos para que Wilders acabe de la misma forma y con el mismo final definitivo que Pim Fortuyn y Theo van Gogh. El juez de este espectáculo judicial optó por denegar al demandado el mismo nivel de seguridad en la sala de justicia que se proporcionó a Mohammed Bouyeri, el asesino de van Gogh. Henk Hofland, elegido “periodista del siglo” de los Países Bajos (como señala sarcásticamente el autor), pidió a las autoridades quitar la protección policial a Wilders para que supiese lo que significa vivir con miedo constante por su vida. Mientras la película de Wilders, Fitna, es considerada “incendiaria”, la película De moord op Geert Wilders (El asesinato de Geert Wilders) es tan poco inflamatoria y tan respetable que ha sido producida y promocionada por una cadena de radio financiada por el gobierno. Casi se tiene la impresión de que, como la web Gates of Vienna sugirió, el estado holandés se está encauzando a lo Enrique II: “¿Quién me librará de este rubio problemático?”.

No es que falten voluntarios. En los Países Bajos, un patrón alarmante ha salido a la luz: aquellos que buscan analizar el Islam fuera de los estrechos límites del discurso político eutópico acaban, ora expulsados (Vlaams Blok de Bélgica), ora forzados al exilio (Ayaan Hirsi Ali), ora asesinados (Fortuyn, van Gogh). Qué rápidamente ha adoptado “el país más tolerante de Europa” el “dispara al mensajero” como cura general a la “islamofobia”.

No es irónico que el país más liberal de la Europa occidental sea el más avanzado en lo que respecta a su descenso en un infierno profundamente aliberal. Era totalmente predecible, y lo único que Geert Wilders está haciendo es mostrar lo obvio: que una sociedad que se vuelve más musulmana tendrá menos de todo, incluyendo la libertad individual.

No tengo deseo alguno por acabar viviendo como Geert Wilders o Kurt Westergaard, ni mucho menos muerto como Fortuyn y van Gogh. Pero también deseo vivir con la verdad, como un hombre libre, y no me gusta la marchita visión de la libertad que nos ofrecen el Openbaar Ministerie holandés, las autoridades de inmigración británicas, las cortes austríacas, los tribunales de “derechos humanos” de Canadá y los demás idiotas útiles del imperialismo islámico. Así que es necesario que muchos más de entre nosotros hagan lo que Ayaan Hirsi Ali recomienda: compartir el riesgo. Para que la próxima vez que una novela o una viñeta provoque una fatwa, sea republicada en todo el mundo y envíe a los matones islámicos un mensaje: matar a uno de nosotros no sirve de nada. Mejor que tengáis una buena línea de crédito en el Banco de la Yihad porque vais a tener que matarnos a todos.

Como Geert Wilders dice sobre el estancamiento general del mundo musulmán, “es la cultura, estúpido”. Y nuestra cultura ya se está retirando con claudicación preventiva y en un futuro difícil, furtivo, (Blair de nuevo) subterráneo. Como escribiera John Milton en su Areopagitica en 1644, “Dame la libertad para conocer, para hablar y para discutir libremente según mi consciencia”. Es una tragedia que las batallas de Milton tengan que volverse a luchar tres siglos y medio después, pero el mundo occidental se está encaminando hacia un cautiverio psicológico de fabricación propia. Geert Wilders no está dispuesto a rendirse sin ejercer su derecho a conocer, a hablar y a discutir libremente: por escrito, en el cine y en las urnas. Deberíamos valorar a este espíritu, mientras podamos todavía.