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Los discursos en catalán y el arancel en español

(ABC, viernes 1 de diciembre de 1922, p. 11)

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El general Ardanaz, que cumpliendo deberes de disciplina aceptó el cargo difícil y espinoso de gobernador civil de Barcelona, recibió un escrito en catalán que procedía de la presidencia de la Mancomunidad catalana y lo devolvió a su destino. Este escrito no era una carta particular, sino un documento oficial dirigido por un organismo del Estado español como la Mancomunidad, que pidió y obtuvo funciones características del Estado, al gobernador civil, que representa en Barcelona al Gobierno de la nación. No sólo es absurdo que en estas comunicaciones se emplee otro idioma que el español –que el presidente de la Mancomunidad conoce perfectamente–, sino que tiene mucho de descortesía, ya que no queramos decir de provocación y reto, escribir una comunicación oficial en catalán a una autoridad española que acababa de tomar posesión de su cargo. El general Ardanaz procedió cuerda, discreta y patrióticamente.

De este hecho tan sencillo, tan lógico, tan correcto, ha tomado pretexto el Sr. Puig y Cadafalch para poner a prueba la urbana cortesía del ministro del Trabajo, diciéndole, en catalán, “que esta imposición del idioma español es como el tatuaje que el vencedor hacía estampar para afrenta en la piel del vencido…”.

No repare el lector en que la cita parece extraída de una novela por entregas; advierta solamente que la verdad histórica es que España no ha hecho nada, absolutamente nada contra el idioma catalán. Es faltar a todas las exactitudes querer fingir que aquella habla, sagrada como toda tradición, se encuentra en la situación precaria que se encontrara el polaco en Rusia, Alemania y Austria; el irlandés, proscrito por la liberal y progresiva Inglaterra, y el propio idioma español, perseguido en Puerto Rico y expoliado de toda manifestación pública en Filipinas por la República norteamericana, que hace, según dicen sus panegirizadores, una religión del derecho. La nación española es más liberal, más generosa, acaso más descuidada que todas esas grandes naciones, incluso Francia, que no deja salir al lemosín de los parvos linderos de las justas literarias.

Ni en tiempos de Felipe V ni ahora el Estado español ha hecho un instrumento político del idioma. Pedir que en los documentos oficiales se emplee el idioma oficial es un caso de orden, de sentido común, de claridad, no un arbitrio de tiranía que llega a la ridiculez del tatuaje. Quienes hacen un instrumento político del idioma, con grave mengua y daño de Cataluña, son estos políticos que hacen plataforma de olvidar la urbanidad. Saben bien, en su furor separatista, en su ansia de ser mandarines de una nación, que no hay camino más cierto para llegar a la disgregación de Cataluña de España que hacer olvidar el idioma de todos, suplantando el español por el catalán en la escuela, en la iglesia, en el hogar, en la vida civil. Es el modo seguro de hacer extranjero al catalán en España y al español en Cataluña. No advierten que privarán al pueblo catalán de cuanto representa la cultura española, de cuanto significa dejar de pertenecer al grupo étnico que habla español en el continente americano; no reparan en que reducen el radio de acción de cada catalán que ignore el idioma español al breve territorio de las cuatro provincias, cuando la extensión de España ofrece a la impulsiva laboriosidad del pueblo catalán un mercado de 20 millones de habitantes.

La prudencia, la mesura, la urbanidad de los españoles –pruebas de ello ha dado estos día el ministro del Trabajo frente a los discursos del irredento en máscara Sr. Puig y Cadafalch–, han llenado de equívocos este problema, cada día más agudizado y cada día más necesitado de una solución pacífica, porque no es del Segre y del Ebro acá donde se finge esa amenaza de la guerra civil. El Sr. Puig y Cadafalch quiere que todos los documentos oficiales se escriban en catalán; todos menos el Arancel, que se necesita en claro, y rotundo, y aborrecido idioma español. Fuera posible que la solución del problema, sin algaradas, sin guerra civil, sin efusión de sangre, estuviera en que desaparecieran estos equívocos y en que todos habláramos con entera claridad. Nosotros hemos de hacerlo, por amor a Cataluña y por amor a España en estos mismos días.