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De las imperfecciones esenciales del intelecto

Comentario a raíz de la conferencia “La Atlántida: de mito platónico a realidad protohistórica”,
a cargo del Dr. Miquel Pérez-Sánchez.

 

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“[A]llí donde se trata sólo de pensamientos, especialmente de esos cuyo material, los datos, están a la vista de todo el mundo, es decir, donde lo único que importa es pensar antes que los otros, se exige indispensablemente una superioridad esencial, una eminencia innata, que sólo la naturaleza puede otorgar y lo hace en muy raras ocasiones; y nadie merece ser escuchado si antes no da pruebas de esa superioridad y eminencia. Si el público pudiera convencerse de esto, no derrocharía ya un tiempo precioso para su educación en las producciones de mentes comunes, es decir, en las incontables chapucerías poéticas y filosóficas que se incuban a diario. No correría tras las novedades movido por la ilusión infantil de que los libros han de devorarse enseguida, como los huevos frescos, buscando siempre lo más reciente, sino que elegiría las obras de los pocos escritores excelentes y elegidos de todos los tiempos y pueblos, trataría de conocerlos y comprenderlos, y así podría alcanzar progresivamente una verdadera cultura. Entonces nos libraríamos pronto de esas miles de producciones incompetentes que, como la mala hierba, dificultan el crecimiento del buen trigo” (A. Schopenhauer, W II, p. 171-172, de la trad. de Rafael-José Díaz y María Montserrat Armas, Akal, Madrid, 2005, p. 586).

 

Recogían recientemente diversos medios de prensa la  noticia, una de esas sierpes estivales, del gran descubrimiento efectuado por un arquitecto catalán, el Dr. Miquel Pérez-Sánchez, quien en su tesis doctoral, calificada cum laude[1], defiende, entre otras cosas, que la Gran Pirámide atribuida al faraón Keops fue construida para conmemorar el Diluvio Universal, coronando la construcción con una esfera dorada de 3 codos reales de diámetro, a modo de piramidión. Si bien el “estudio” del Dr. Pérez-Sánchez data del 2008, la razón principal de dar a conocer al gran público tan disparatada teoría a riesgo de caer en el mayor de los ridículos se encuentra en una serie de conferencias organizadas en la sede catalana del CSIC, cuatro ponencias bajo el título genérico de “Matemáticas y geometría, astronomía y geodesia en el Antiguo Egipto: el conjunto monumental de Giza”.

Lo más grave no es, sin embargo, que el Dr. Pérez-Sánchez haya obtenido su titulación con una tesis totalmente errónea que no se sostiene ni por su contenido ni por su metodología, que el CSIC haya presentado su nihil obstat popular facilitando las instalaciones o, incluso, que un tribunal supuestamente capacitado sea capaz de llegar a semejante dictamen, sino que figuras con una amplia y reconocida trayectoria profesional en este terreno –filosofía y filología– se presten a la feria circense organizada en la sede del CSIC en Cataluña: desfilaron cual patitos de feria Octavi Piulats, doctor en Filosofía, de la Universidad de Barcelona; Carlos Miralles Solà, catedrático de Filología Griega en la misma institución y vocal en la defensa de su tesis; y Joan Gómez Pallarès, catedrático de Filología Latina de la Universidad Autónoma de Barcelona. Todos ellos presentaron –a excepción del Dr. Gómez Pallarès, que no pudo finalmente asistir por motivos que no se especificaron– los hallazgos del Dr. Pérez-Sánchez, otorgando su imprimi potest a los rocambolescos desvaríos pseudo-científicos de las cuatro conferencias de este ciclo.

De todas ellas quiero centrarme brevemente en algunos de los puntos que se trataron en la última de ellas, titulada grandilocuentemente “La Atlántida: de mito platónico a realidad protohistórica” (Sala de Actos de la Delegación del CSIC a Catalunya, 14 de junio de 2012, 18:00 h.).

Empecemos por lo que no tiene: un buen título. El vehículo de entrada al tema de estudio es en sí mismo un despropósito. No hay mitos platónicos, sino socráticos, que son en su mayoría alegorías y no mitos, pues estos habían sido ya fuertemente criticados por Platón en el libro tercero de su República (398a). Asimismo, la Atlántida no es ni un mito ni platónico, sino una “historia verdadera” (Tim. 26e) narrada por Critias a Timeo y Sócrates. Los “mitos platónicos” aparecen siempre en boca de Sócrates o, en el caso de Las Leyes, del extranjero ateniense que sustituye a éste.

La teoría principal de esta conferencia puede resumirse, a grandes rasgos, de la siguiente forma: existía antiguamente en el Mediterráneo una isla, cuna de la civilización “occidental” (en esto se incluye Mesopotamia), que fue destruida por el Diluvio (casi)Universal causado por los restos de la cola del Cometa Fénix. Esta isla era, naturalmente, la Atlántida de Platón. De entre los atlantes que se salvaron de la catástrofe, uno de ellos, Osiris, alcanzó Egipto, en donde inició la construcción del complejo de Giza con la intención de guardar, a través de sus medidas y proporciones, parte de ese conocimiento atlante que era, dicho sea de paso, monoteísta: allí dejaron, codificado en números, la propia palabra Atlántida en griego clásico del s. V, el nombre de Jesús, también en griego clásico, además de otros apuntes transcendentales, como la fecha del Apocalipsis. Huelga decir que hicieron todo esto, como muy tarde, en el 2500 a.C., con números que se corresponderían con el sistema numérico jónico del s. IV a.C., en el que las letras griegas inventadas en el s. VIII a.C. tienen un determinado valor numérico. Sobre esto volveremos en seguida.

No contentos con tal previsión de acontecimientos, en cierto momento los descendientes directos de nuestro Osiris dejaron de sentirse a gusto con el politeísmo egipcio y, tras edificar la Gran Pirámide como imagen del Cometa Fénix que los destruyó (una esfera coronando la pirámide, que representaría la cola del cometa), huyeron a través de la península del Sinaí hasta la Tierra Prometida. El pueblo judío, descendiente directo de los atlantes, había nacido –y codificado el nombre del Mesías cristiano en griego clásico–.

Como se ha dicho, uno de los puntos clave de la malograda investigación del Dr. Pérez-Sánchez es la relación entre las medidas de la Gran Pirámide y los números utilizados por los griegos desde el s. IV a.C.. Cuando se construyó la Gran Pirámide según la egiptología oficial (c. 2500 a.C.) no existía todavía el alfabeto griego, que sería creado mucho más tarde a partir de varios sistemas de escritura semíticos. De hecho, el alfabeto griego no fue una invención sin más, sino que tuvo una lenta y pausada evolución hasta establecerse, en el s. V a.C., el griego clásico que hoy conocemos. En ese espacio de varios siglos existieron diferentes letras y arcaísmos que luego cayeron en desuso. A su vez, el sistema numérico jónico no comienza a utilizarse, según los cálculos más conservadores, hasta el s. IV a.C., cuando sustituye al anterior sistema ático en el que las letras tenían otros valores numéricos muy diferentes, y que venía usándose ya desde el s. VII a.C.. ¿Cómo es posible que los atlantes utilizasen un sistema numérico basado en un alfabeto tardío de una lengua que ni siquiera existía todavía? La respuesta del Dr. Pérez-Sánchez a esta y otras preguntas es siempre la misma: no lo sabemos, pero ahí está. O más bien no.

De entre los nombres y datos que aparecen codificados en griego en la Gran Pirámide encontramos, según nos informa el ponente, el nombre de la Atlántida. El razonamiento es simple: en las medidas de la construcción reaparece por doquier la cifra 892, que es, curiosamente, idéntica a la suma de los valores numéricos de las letras del nombre “Atlantis” en el sistema ático (a cada letra corresponde un número): 1+300+30+1+50+300+10+200=892. Lo importante aquí es que, como asegura el ponente, “Atlantis” es la única palabra en griego, “de entre 5.800 palabras investigadas”, que suma estos valores. No se apresure el lector a aceptar el desafío y encontrar en cuestión de minutos media docena de palabras que sumen idénticos valores: el propio Dr. Pérez-Sánchez, haciendo acopio de una increíble memoria selectiva con la que comulga todo su impasible público, nos muestra inmediatamente, un minuto después, una serie de palabras y expresiones que, en griego clásico, suman también 892 (según el autor, pues así, por ejemplo, Ἰουδαῖος suma 765; σφαῖρα, 812; etc.). Y esto es así porque están todas ellas relacionadas con la Gran Pirámide y la Atlántida. ¿Es ésta la metodología propia de una tesis doctoral presentada y galardonada cum laude por una universidad occidental que ocupa el puesto 87 en el ranking mundial de ingeniería?

Pero una de las muchas delicias que muestran el profundo conocimiento que profesa el Dr. Pérez-Sánchez en materias centrales de su estudio, tales como la egiptología, las matemáticas o la filología griega, la encontramos en una de sus primeras aseveraciones durante la conferencia: que las dos ciudades Pi del Antiguo Egipto se encuentran a pi π grados de Hermópolis Magna, lo cual evidenciaría el conocimiento del radio terrestre por parte de los egipcios. No entraremos aquí a analizar las imprecisiones técnicas de estos cálculos, sino algo mucho más básico, como es la validez metodológica de esta afirmación, esto es, su petitio principii.

Por “ciudades Pi”, el Dr. Pérez-Sánchez entiende aquellas ciudades que en su nombre moderno comienzan con “Pi”, en este caso, y según afirma, había dos ciudades con este nombre: Naucratis, conocida en egipcio como Pi-emroye, y Pi-Ramesses, esta última “del s. XIII”, suponemos que antes de Cristo. El primer problema de esta afirmación es la nomenclatura: el “Pi” de Pi-Ramesses corresponde al sonido egipcio antiguo “Per”, “casa”, correctamente transcrito como “Pr”. El nombre de Naucratis en egipcio es Pr-mryt, siendo el sonido “pr”, en ambos casos, el jeroglífico para “casa”, que debe leerse intercalando una vocal desconocida que los egiptólogos han reconstruido como “e” (“per”). Es decir, los nombres de las ciudades se habrían pronunciado Per-emroye y Per-Ramesses.

El segundo problema lo constituye la elección de las ciudades: el Dr. Pérez-Sánchez parece ocultarnos la existencia de otras muchas “ciudades Pi” (es decir, “Pr”), como Pr-Amun (moderna Pelusio), Pr-Aat (Heliópolis), Pr-Banebdjedet (Mendes) y así con al menos otras siete ciudades más.

Pero el problema principal lo constituye el número pi en sí mismo. Parece ser que se ignora aquí que la letra griega pi π sólo comenzó a utilizarse para representar al famoso número irracional en el s. XVIII, en concreto cuando el matemático galés William Jones publicó su Synopsis Palmariorum Matheseos en 1706 (no sería, sin embargo, hasta mediados de siglo que su uso se popularizaría). Los griegos nunca denominaron al número pi con esa letra ni con esa combinación de fonemas y, por tanto, independientemente de si los egipcios conocían o no la relación entre una circunferencia y su radio o las medidas de la Tierra, ni unos ni otros la llamaron pi.

Otro de los suculentos guisos que el Dr. Pérez-Sánchez ofreció a los comensales fue la rotunda afirmación de que las Columnas de Hércules, cerca de las cuales sitúa Platón la Atlántida, no podían hallarse en el Estrecho de Gibraltar porque, para sostener una esfera, como es la Tierra, hacen falta no dos, sino cuatro columnas. Por ello Platón, o bien se equivoca, o bien nos engaña, al situar la Atlántida en el Estrecho de Gibraltar. He aquí uno de los mecanismos habituales de los disparatados atlantólogos vendidos a la misteriología más montaraz: allí donde la hipótesis no cuadra con los datos que proporciona el autor, éste se equivoca o nos engaña. Pero esta vejación al maestro ateniense tiene sus consecuencias: nos muestra cómo la soberbia es amiga de la ignorancia.

En primer lugar, absolutamente todas las fuentes antiguas, sean griegas o latinas, sitúan las Columnas de Hércules en el Estrecho de Gibraltar, todas y sin excepción. Asimismo, tanto Platón como los autores posteriores que hablan de la Atlántida la sitúan invariablemente en el entorno geográfico del Estrecho de Gibraltar, con nombres tales como Gadeira o Atlas, siendo la primera, además, identificada con una isla situada en la boca del Estrecho en fuentes geográficas anteriores a Platón, tradición que reaparece en la famosa Tabula Peutingeriana romana.

No menos ridículo resulta afirmar que las Columnas de Hércules eran cuatro, pues sobre dos columnas no puede sostenerse una esfera. Olvida el Dr. Pérez-Sánchez que era Atlas, no Hércules, quien sostenía los cielos, y no sobre columnas sino sobre sus hombros, para evitar una nueva unión entre Gea y Urano. Existía, según una tradición recogida por Esquilo, una “Columna del Cielo y la Tierra” que sostenía los cielos y descansaba sobre Atlas: una, no cuatro (Esq. Prom. Des. 349, 428). Las Columnas de Hércules, como atestiguan fuentes antiguas desde Píndaro (citado por Estrabón, III.5.5) hasta Diodoro Sículo (IV.18.5) y Plinio (H.N. III.4), eran el resultado de la separación de ambos continentes durante uno de los trabajos de Herakles/Hércules, marcando el lugar más alejado de la tierra al que el héroe había llegado. No sostenían absolutamente nada.

Existe, de hecho, una interesante relación entre las figuras mitológicas de Cronos, Briareo (denominación genérica de los Hecatónquiros) y Hércules. Cronos, tras utilizar a los Hecatónquiros, los devolvió al Tártaro, de donde fueron rescatados por Zeus para enfrentarse a aquél y a los titanes (entre ellos, Atlas). Zenobio (Prov. Cent. V.48) identifica a Hércules con este Briareo, guardián del vencido Cronos según Plutarco (De facie 941a), a raíz de lo cual existían unos “Pilares de Briareo” señalados por Eliano (Var. Hist. V.3) y por un fragmento dudoso de Aristóteles (fr. 678 Rose) y denominados por dos historiadores antiguos “Pilares de Cronos” (Clearco, fr. 56; Cárace, fr. 16). Pero éstos se encontraban, nuevamente, en las inmediaciones del Océano Atlántico, como señala de nuevo Plutarco al referirse a las islas de Briareo y Cronos (íbid.).

Las tradiciones de varios pilares distribuidos por el mundo antiguo no deben confundirnos. Así, cuando Escílax nos habla de los “pilares” hercúleos de Europa y de los “pilares” hercúleos de Libia, se está refiriendo a las diversas tradiciones que posteriormente discutirá Estrabón sobre la localización exacta de estos pilares: los autores antiguos saben que son dos y que se encuentra cada uno en un continente, pero desconocen la posición exacta, asignando cada uno un lugar y causando así la aparición de “pilares” en Europa y “pilares” en Libia (1.51 Hudson). Un poco más abajo el mismo Escílax, al situarlos, lo hace en singular, el “pilar” de Europa y el de Libia, y en el mismo lugar que los demás autores: la boca del Estrecho de Gibraltar. A esta pluralización se refiere Hesiquio cuando, medio milenio después de Estrabón, nos habla de una, dos, tres y hasta cuatro columnas (s.v. στήλας διστόμους).

No fueron estos los más graves dislates que adornaron el transcurso de la conferencia. Cabe citar, ya en el turno de preguntas, la repetición de varios mitos pseudohistóricos tiempo atrás superados, como los dogones y Sirio (¿insinuaba acaso el ponente la procedencia extraterrestre de los conocimientos egipcios o, tal vez, de los propios atlantes-judíos, situándose así en la línea de los Astronautas de Yavé de J.J. Benítez?), la Cámara de Archivos bajo la Esfinge popularizada por Robert Bauval o las linternas/bombillas del Templo de Dendera, que en un terrible lapsus situó dentro de la Gran Pirámide, preguntándose cómo pudieron labrar a oscuras y qué significaban tan extraños e inexplicados diseños. Olvidaba así el Dr. Pérez-Sánchez, una vez más, los restos de hollín y los textos que acompañan y explican qué son realmente esas misteriosas bombillas, traducidos en 1997 por Wolfgang Waitkus. Y, finalmente, una supuesta expedición que ya cuenta con el apoyo de alguno de los catedráticos y doctores presentes en sus anteriores ponencias.

Sorprende, en definitiva, no ya que se destine dinero público a la realización de remiendos pseudo-académicos de este calibre, lo cual ya es de por sí gravísimo, sino que se sostenga con cuantiosos sueldos, subvenciones y pensiones a unos profesionales que no tienen sino el nombre, cual corona real usurpada a sus legítimos sucesores, mientras éstos se ven literalmente desterrados o amablemente invitados a buscarse el sustento más allá de los Pirineos. Como espléndidamente recuerda el Dr. Jordi Morillas en un artículo sobre la cuestión:

 

“El hecho de que tales artículos se sigan publicando impunemente en revistas que se pretenden serias y científicas refleja una vez más el estado actual en el cual se encuentra la universidad española, formada por todo un conjunto de mafiosos ignorantes quienes, bajo el nombre de la libertad de cátedra y de la democracia, expulsaron en su momento a los auténticos profesores para ponerse ellos en su lugar y crear de esta manera una casta tan corrupta o más que la política e instaurar un corporativismo de la mediocridad que está ahogando e impidiendo la promoción a aquellos que están capacitados, premiando, por el contrario, a los serviles y a los ignorantes”[2].

 

Quítense, señores, esa corona real y enfréntense al dístico profético de Dante, cantado por Lord Byron: “Sentidme en la soledad de reyes / sin el poder que les permite soportar una corona”.

 

- César Guarde



[1] “La Gran Piràmide: clau secreta del passat. L’Atlàntida o els orígens de la civilització occidental”. He aquí la lista de culpables: Josep Muntañola Thornberg (director), catedrático de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC); Gabriel Ferrate i Pasqual (presidente), catedrático de Automática de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Barcelona y ex-rector de la citada UPC; Antonio Armesto Aira (secretario), doctor arquitecto y profesor titular del Departamento de Proyectos Arquitectónicos de la UPC; Carlos Miralles Solà (vocal), catedrático de Filología Griega de la Universidad de Barcelona; Claudi Alsina Català (vocal), catedrático de la UPC; y Sebastià Serrano Carreras (vocal), catedrático de Lingüística General y Teoría de la Comunicación en la Universidad de Barcelona. La tesis puede consultarse in situ en la biblioteca del Campus Norte de la UPC, referencia T 08/73.

[2] Jordi Morillas, “Paolo Stellino o para qué sirve el dinero de nuestros impuestos”, en http://agonfilosofia.es/index.php?option=com_content&view=article&id=26&catid=11&Itemid=13.