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Gradus ad Narcissum

(Publicado originalmente en “Happy Warrior – Mark Steyn”, National Review, 25 de junio de 2012, p. 48).

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“¿Cómo se llega al Carnegie Hall?” “Con práctica”. Es un viejo dicho y tal vez uno ya obsoleto. No puedo recordar cuándo fue la última vez que oí a alguien utilizarlo. Los americanos no parecen querer llegar al Carnegie Hall, no si American Idol está haciendo una audición cerca del bloque. Y la práctica es una de esas cosas que, como las matemáticas, el sistema educativo parece haber cedido a los asiáticos. Hoy en día, China no sólo hace la mayor parte de los pianos, sino que también los toca. A David Goldman (el “Spengler” de Internet) le gusta señalar la correlación entre el estudio de música clásica occidental y el éxito en ciencias. “Hay una diferencia”, escribe, “entre un ingeniero y un ingeniero que toca a Bach”. Cada vez que expone sus argumentos, incluso aquellos de carácter conservador llenan la sección de comentarios con objeciones: no hay nada de malo en que a un ingeniero le guste el rock-and-roll, o el country, o el thrash metal, o el gansta rap, o el grunge...

Sea como sea, la música ha huido de nuestras escuelas: en California y en Nueva Jersey, puedes llegar a duodécimo grado (17-18 años) sin haber escuchado una nota de Mozart. En el concierto escolar al que fui este mes, los estudiantes competían entre ellos con un insípido grupo de karaoke del actual desfile de moda:

Porque, cariño, ¡eres como los fuegos artificiales!
Vamos, muéstrales lo que vales
Hazles ponerse oh-oh-oh
Mientras disparas al cielo...

Nadie disparó al cielo. La función apenas pasó las candilejas. Pero al final los padres gritaron ruidosamente. Una canción sobre lo extraordinariamente único que eres se organiza en las calles pero igualmente le llueven felicitaciones con extravagantes elogios. Para mis oídos, hay una triste desesperación en estos números, pero parece que me encuentro en minoría. Y la principal alternativa a canciones sobre cuan extraordinariamente extraordinario es tu enamorado son canciones sobre cuan extraordinariamente extraordinario eres tú mismo:

Sí, sí, cuando paso caminando
las chicas me miran como diciendo, “Caray, vuela...”...

Me saca de quicio. Creo que ya lo he señalado antes, a propósito de lo que un reciente sondeo sobre letras de canciones pop contemporáneas llama “narcisismo epidémico” en relación con la canción de Beyoncé sobre lo atractiva que es. Yo no diría que es tan atractiva, no en el mismo sentido que Dame Margot Fonteyn bailando Romeo y Julieta en Nureyev. Pero, como dijo la fallecida Whitney Houston, aprender a amarte a ti mismo es el mayor amor de todos. Y, si no el mayor, sí el más fácil.

La facilidad es la característica dominante de nuestra cultura pop. El otro día, llevé a mi hija a ver Blancanieves y la leyenda del cazador (Snow White and the Huntsman). En general, hubiera preferido Blancanieves y Jon Huntsman (Snow White and Jon Huntsman). En las nieves de New Hampshire, éste habría enfrentado a muchas más adversidades que Blancanieves frente a una supuesta reina malvada de poderes ilimitados. El crítico del New York Times piensa que la nueva película “intenta recuperar algo de esa amenaza” de los viejos cuentos de hadas, pero Blancanieves, habiendo permanecido encerrada en la torre durante la mayor parte de sus 20 años, consigue escaparse y en nada se convierte en una superheroína à la Keira Knightley de Piratas del Caribe. No necesita un beso y, de hecho, cuando es envenenada con la manzana, el beso del príncipe no logra despertarla. Está corto de espermatozoides, como muchos tíos en nuestra afeminada cultura.

El tío cazador –Chris Hemsworth– aparece en otro taquillazo del momento, Los Vengadores. Diferente póster de película, misma pose, pero, en lugar de un hacha, tiene un martillo. Es el poderoso Thor. De niño leía los cómics de Marvel y me encantaban, pero la dependencia de Hollywood de las películas de superhéroes es tan triste como esas exageradas canciones de amor. Los Vengadores es bastante típica. El malvado hermano de Thor viene a la tierra para conquistarla y, para hacerlo, tiene que robar el chisme de turno que espera conectar con el cómo-se-llame que abrirá un portal a algo. La cosa está en que, antes de que te des cuenta, Iron Man, la Masa y el resto del grupo corren por Manhattan intentando impedir prevenir que los supervillanos lo reduzcan a escombros. La humanidad se ve reducida a las partes sin diálogo de las escenas con multitudes: “heroísmo” es lo que hace la gente que ha sido mordida por arañas radioactivas o nacido como un mutante metamórfico. Hasta que eso te pase, mejor evitarlo. Y así, un mundo de superhéroes lleva a un mundo sin héroes que no son super. Es decir, un mundo sin héroes.

Las historias que la sociedad se cuenta a sí misma no son irrelevantes. Hoy, tenemos películas de superhéroes pero no películas del oeste con atribulados solitarios intentando vivir según su código moral frente a las circunstancias adversas, y pocas películas con aventureros aficionados que se encuentran atrapados en alguna situación y se ven obligados a superarla porque entienden que lo exige el honor. Tal vez esto sea así porque los cada vez más irreales efectos digitales necesitan unos personajes todavía más irreales. Mientras tanto, el musical supuestamente irreal está tan muerto como las películas del oeste, en parte porque exige talento humano real y, como Carnegie Hall, práctica. Los actores de los viejos tiempos tenían habilidades especiales: James Cagney y Bob Hope eran ambos grandes bailarines y, como mi viejo amigo Sammy Cahn solía decir, eso no es ni siquiera lo que hacen. En comparación, ¿qué pueden hacer Brad Pitt o Leonardo DiCaprio? Me he dado cuenta de que un gran baile en solitario parece ser el único efecto que no puedes imitar en CGI (imágenes generadas por ordenador): si no puedes hacerlo, no puedes hacerlo y los ordenadores no pueden ayudarte.

Así que en su lugar tenemos superhéroes y vampiros y personajes de cuentos de hadas alucinantes. Nos cantamos canciones pop felicitándonos a nosotros mismos por el hecho de que ser como somos ahora es tan absolutamente genial que, ¿por qué molestarse en intentar nada difícil? Y vamos a ver películas que, como dijo el crítico James Bowman, “aíslan y ponen en cuarentena el heroísmo dentro de una tierra de fantasía”. Así que, una vez más, ¿para qué molestarse?

¿Puede una cultura que comunica autocomplacencia e inercia dar lugar a una generación de no-superhéroes que desee hacer sacrificios para, por ejemplo, reducir nuestra deuda multi-trillonaria o reformar Medicare? Tanto en Carnegie Hall como más allá de él, estamos faltos de práctica.

Traducción: César Guarde