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Un dragón aletargado

China no es modelo para la economía estadounidense

por Reihan Salam

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[Reihan Salam es escritor y analista musulmán de ascendencia bangladesí, columnista de The Daily y el National Review. Se califica a sí mismo como “conservador heterodoxo” y es coautor del bestseller Grand New Party: How Republicans Can Win the Working Class and Save the American Dream, junto a Ross Douthat (Doubleday, Nueva York, 2008).]

 

aa-China-cartoon-of-chinese-flag-being-wallpapered-over-US-flag1Los americanos siempre han buscado la inspiración fuera. Alexander Hamilton se basó en la experiencia de Inglaterra y Francia para dar forma a las instituciones económicas de la incipiente república. A principios del s. XIX, Henry Clay defendió los aranceles, un banco nacional y mejoras internas en un intento de igualar el poder económico de Inglaterra. Y mientras el s. XIX daba paso al s. XX, Alemania emergía como un nuevo coloso industrial y los intelectuales americanos tenían un nuevo modelo. Durante la década de 1950, al menos algunos americanos, principal pero no exclusivamente de la izquierda política, vieron la repentina modernización de la Unión Soviética como un claro indicio de que la anticuada economía de mercado estaba en las últimas.

Desde entonces ha habido una gran variedad de modas pasajeras. Tan pronto como se hizo evidente que el modelo soviético no era tan impresionante como parecía, los liberales y progresistas empezaron a buscar en la Europa del Norte y, en particular, en Suecia, lecciones de cómo dirigir una economía. Los conservadores han perdido el sentido en varias ocasiones frente a ante Suiza, Chile y Singapur, entre otras historias de éxito capitalista. Y luego, por supuesto, tuvimos la obsesión de los años 80 por Japón, que a ojos de algunos observadores estaba destinado a sobrepasar a una decadente América.

Algunos de estos entusiasmos han demostrado ser menos peligrosos que otros y algunos incluso fueron constructivos. Hamilton tenía razón: los Estados Unidos realmente tenían mucho que aprender de Inglaterra. Los adelantos científicos de Alemania eran ciertamente envidiables. Suecia, Suiza, Chile y Singapur tienen todos sus virtudes y no sólo en su diversidad culinaria. Incluso Japón, con todas sus patologías económicas, enseñó a los fabricantes de los Estados Unidos bastantes cosas sobre cómo prosperar en un mundo más competitivo.

Pero la creencia en que teníamos mucho que aprender de los soviéticos fue tan peligrosa como estúpida. Y lo mismo se puede decir del actual entusiasmo con el modelo económico de China.

Sin duda, habrán escuchado al presidente Obama citar las inversiones de China en energía eólica y solar y su reluciente infraestructura y trenes de alta velocidad, como si fuese coser y cantar dedicar aquí dólares de los contribuyentes a similares esfuerzos. Tal vez hayan leído libros como China, Inc., What the U.S. Can Learn from China o el vistosamente titulado Becoming China’s Bitch. Tal vez se hayan encontrado con el trabajo del columnista del New York Times, Thomas Friedman, que ha sugerido que la clase política de América podría aprender un par de cosas del Partido Comunista Chino.

Lo que la mayor parte de ustedes seguramente no ha oído es que en un amplio abanico de indicadores económicos, tecnológicos y militares, los Estados Unidos son ahora, en palabras del experto político Michael Beckley, “más ricos, más innovadores y más poderosos militarmente en comparación con China que en 1991”. Como Beckley explica en un reciente artículo en International Security, el crecimiento en ingresos per cápita de China, el valor agregado en alta tecnología y el gasto militar son impresionantes, principalmente, porque China comienza desde una base tan baja. Que los Estados Unidos hayan continuado creciendo en todas estas dimensiones hace que sea excesivamente difícil para China alcanzarlos. Beckley concluye de esta manera que China está “creciendo en cuanto a posición”. Es decir, que mientras China está mejorando su posición económica y militar en términos absolutos, se está estancando en términos relativos a América, incluso en una era de perezoso crecimiento estadounidense.

Esto no cambia el hecho de que el crecimiento económico de China desde finales de los años 70 haya sido impresionante. Cientos de millones de chinos han salido de la pobreza en las últimas tres décadas y las prolíficas ciudades costeras del país han emergido como el taller del resto del mundo. Pero hasta cierto punto este rápido crecimiento es una muestra de la supresión del crecimiento en años anteriores. Mientras Japón recuperó rápidamente su crecimiento tras la Depresión y la devastación que acompañó a la Segunda Guerra Mundial, China experimentó una sangrienta guerra civil y traumas colectivos tales como el Gran Salto o la Revolución Cultural, que causaron decenas de millones de muertes por enfermedad y hambruna en los años siguientes. Incluso tras estos oscuros días, políticas autárquicas limitaron las posibilidades de crecimiento de China hasta que Deng Xiaoping decidió soltar la apretujada economía del Partido. Esas tasas de crecimiento de dos cifras que inducen a la envidia son al menos en parte el resultado de las catástrofes que ocurrieron antes, más que políticas que los Estados Unidos pudieran imitar.

Merecería la pena imitar a China si su trayectoria de crecimiento fuera sostenible. En realidad, si China pudiera continuar creciendo a su actual ritmo indefinidamente, la tesis de Beckley sobre su relativo estancamiento pronto se volvería ridícula. Pero no hay razón alguna para creer que esto vaya a ocurrir. Si bien podemos esperar que China, en algún momento, tenga una economía en cierto modo superior a la de los Estados Unidos –después de todo, China tiene cuatro veces nuestra población– el país está plagado de una corrupción omnipresente y deudas incobrables que ya están minando sus posibilidades de crecimiento.

Y estos males no son sólo una mancha en lo que por otro lado sería un historial económico excelente. Surgen de la misma naturaleza del modelo económico chino.

 

A finales del año pasado, Andy Stern, anterior presidente del Sindicato Internacional de los Empleados de Servicios y una de las principales luces del movimiento sindical americano, publicó un breve ensayo en el Wall Street Journal ensalzando las virtudes de China. Contrastó el extraordinario éxito económico de China desde finales de los años 70 con el fracaso del “modelo únicamente para accionistas preferido por los conservadores fundamentalistas del libre mercado” que, desde su punto de vista, “se está tirando al montón de basura de la historia en el s. XXI”. Como muestra A, Stern citó una visita a una vertiginosa metrópolis al suroeste de China: “Nuestra delegación presenció el desarrollo orientado al pueblo de China en Chongqing, una ciudad de 32 millones en la China occidental, dirigido por un agresivo y popular líder del Partido Comunista: Bo Xilai. Un horizonte de grúas está construyendo cerca de 1,5 millones de pies cuadrados de suelo utilizable a diario, incluyendo, según se informó a nuestra delegación, 700.000 unidades de viviendas públicas anuales”.

Este agresivo y popular líder se ha metido, ¡ay!, en algunos problemas. Bo, hijo del veterano de la Larga Marcha y vice primer ministro Bo Yibo, ha sido relevado de su puesto por corrupción y hay unos extensos rumores de que ha usado tácticas de tortura e intimidación para eliminar o desacreditar a sus rivales políticos. Su esposa está siendo actualmente investigada por su supuesta participación en el asesinato del empresario británico Neil Heywood. Sin duda, esto no menoscaba la noción de que el desarrollo orientado al pueblo de Chongqing haya sido un éxito económico. Pero un examen más detallado sugiere que la brillantez de Chongqing que tanto impresionó a Andy Stern es un tipo de pueblo Potemkin demasiado grande.

Como ciudad interior que es, Chongqing tiene bastantes menos costes laborales que las ciudades de las regiones costeras, como Guangdong, la próspera provincia del sur que limita con Hong Kong. Así que mientras Guangdong ha estado trabajando para aumentar sus posibilidades económicas mejorando las habilidades de su mano de obra, dando mayor libertad a organizaciones no gubernamentales para que hagan su trabajo y abrazando el sistema emprendedor privado, Chongqing ha estado generando crecimiento al hacer pasar a los trabajadores de la agricultura a la industria. En otras palabras, Chongqing es una cavernícola de una era económica más antigua.

Bo Xilai alcanzó este nivel utilizando sustanciales subvenciones estatales para construir grandes proyectos de vivienda pública y para alentar a firmas de élite como Apple a instalar sus instalaciones de producción en la ciudad. Pero estas subvenciones no salieron de la economía local de Chongqing. Más bien llegaron a expensas de otras regiones. Las autoridades políticas de China decidieron, básicamente, convertir Chongqing en una obra expositora con la que demostrar que el gobierno de China está comprometido con el desarrollo del interior pobre del país. Y la razón por la que el gobierno de China ha tenido que imprimir este mensaje es que, durante décadas, Pekín ha estado extrayendo recursos del interior rural pobre para subvencionar las zonas costeras ricas.

 

En Capitalism with Chinese Characteristics, el profesor del MIT, Yasheng Huang, ofrece una nueva idea sobre la experiencia de China desde 1979. Mientras la mayor parte de los estudiosos han visto éste como un período de crecimiento y prosperidad ininterrumpidos, Huang lo divide en dos eras distintas. Durante la primera, que duró aproximadamente de 1979 a 1988, la política económica china era remarcablemente amistosa hacia los emprendedores privados locales. El PIB per cápita de China creció a un ritmo anual del 8.5% durante estos años y, tanto en las regiones rurales como en las urbanas, hubo ganancias sustanciales en ingresos y consumo personal. Durante el segundo período, de 1989 a 2002, el gobierno abrazó un acercamiento económico más estatista. El PIB per cápita creció a un impresionante 8.1%, mas los ingresos domésticos cayeron de un 11.1% en el anterior período a un 5.4%. Además, las zonas rurales que prosperaron en los años 80 experimentaron una fuerte ralentización en los 90. Los años que siguieron han sido confusos; el gobierno central se ha negado a ceder control sobre la economía, pero ha habido esfuerzos intermitentes, tales como el experimento de Chongqing, para extender el crecimiento al interior.

Una de las ideas centrales más sagaces de Huang es que los sectores empresariales de municipalidades y pueblos que alimentaron el crecimiento chino durante los años 80 eran mayoritariamente privados. Los estudiosos los han confundido a menudo con sectores propiedad del estado, creando así la sensación de que la era de crecimiento de China de los años 80 fue un fenómeno de abajo a arriba, antes que de arriba a abajo. Este boom de emprendedores privados tuvo particularmente un gran impacto en las provincias más pobres, en parte porque las élites comunistas locales eran menos reacias al riesgo. A las instituciones financieras rurales se les permitía una amplia autonomía y demostraron ser una fuente crucial de incipiente capital para las nuevas firmas. Al mismo tiempo, el PCC permitió unas cuantas reformas políticas para incrementar la responsabilidad de los oficiales locales y prevenir la corrupción.

Después de 1989, sin embargo, el gobierno chino abrazó un enfoque diferente. En lugar de tolerar el aumento de los emprendedores privados locales, Pekín decidió canalizar las inversiones hacia las regiones costeras y hacia sectores propiedad del estado. Las reformas financieras de los años 80 fueron revocadas, al igual que las reformas políticas. El resultado ha sido una forma de crecimiento dirigido por las inversiones que ha enriquecido a los exportadores de China y a sus élites políticas a expensas de los trabajadores chinos.

¿Y por qué es un problema el crecimiento dirigido por las inversiones? No lo es, o al menos no intrínsecamente. Todo depende de cómo se utilicen eficientemente esas inversiones para incrementar la producción económica. La expansión económica tiene dos orígenes: incremento en las inversiones, tales como crecimiento en los niveles de empleo, aumento de los niveles de especialización de los trabajadores y unas mayores existencias de capital físico; e incremento en la productividad. El incremento en las inversiones, por sí sólo, puede llegar muy lejos, especialmente en un país que empieza siendo muy pobre.

 

China ha visto un extraordinario incremento en sus inversiones. Las altas tasas de ahorro doméstico han permitido inversiones masivas en las existencias de capital físico. Una creciente parte de la población estaba en su edad laboral, aumentando el tamaño de la fuerza de trabajo. Y el paso de los trabajadores de una agricultura poco productiva a una industria altamente productiva ha sido una gran bendición.

Pero todos estos elementos han llegado a su fin. Unas tasas de ahorro doméstico tan altas se están realizando a expensas de menores niveles de consumo y una población china resentida quiere cada vez más gastar lo que gana. Más importante todavía, el capital se ha distribuido incorrectamente a una escala extraordinaria, a causa del fuerte control político del sistema financiero. La población de China envejece rápidamente y pronto el país tendrá que sobrellevar el peso de decenas y, con el tiempo, de eventualmente centenares de millones de jubilados. A pesar del experimento de Chongqing, las posibilidades de convertir a más trabajadores agricultores en industriales son limitadas, en particular porque la ventaja de costes de China está mermando y una economía global débil puede absorber tan sólo un número limitado de los artículos del país. Como resultado, el crecimiento de China ya se está deteniendo. Desde 2001, China ha crecido a un ritmo anual de 10.1%. Este año, sin embargo, se espera que el PIB chino crezca un 7.5%. Además, las estadísticas oficiales casi con toda seguridad ocultan la extensión del declive. Estudiosos como Huang han encontrado inconsistencias entre los datos locales y nacionales y curiosos patrones tales como un rápido crecimiento del PIB durante períodos en los que el uso de la electricidad, un buen indicador de la actividad económica, experimentó una fuerte disminución.

Lo que China necesita ahora no es incrementar todavía más sus inversiones, sino más bien asegurarse de que el capital está eficientemente distribuido. El crecimiento en las democracias de mercado avanzadas ha sido dirigido, principalmente, por el mejoramiento en productividad gracias a la innovación tecnológica, lo cual se refiere no sólo a la invención de nuevas máquinas, sino también a aceptar nuevos medios de combinar tecnología y trabajo. El advenimiento de las nuevas tecnologías de la comunicación es una cosa. Pero el uso ingenioso de Walmart de estas tecnologías para hacer a sus empleados más productivos es otra bastante diferente.

Pero este tipo de mejoramiento en la productividad gracias a la innovación tecnológica es bastante difícil que se produzca si el capital se distribuye según criterios políticos antes que por inversores y emprendedores en un mercado abierto. Durante años, Michael Pettis, un profesor de la Escuela de Administración Guanghua de la Universidad de Pekín, ha venido exponiendo que la economía china ha sido terriblemente socavada por este tipo de mala distribución politizada del capital. Tal y como lo escribía en su boletín de noticias del año pasado, “que países poco desarrollados con una productividad laboral baja inviertan en áreas de gran prestigio como coches eléctricos, paneles solares, etc., y otras puede que sea algo parecido a invertir en el programa espacial o en las Olimpiadas”. Mientras que estos esfuerzos podrían aumentar el orgullo nacional, “reducen la riqueza general y agravan los desequilibrios domésticos”. Las predicciones de Pettis parecen sólidas mientras el motor del crecimiento chino petardea.

El año pasado, los economistas Barry Eichengreen, Donghyun Park y Kwanho Shin publicaron un fascinante informe sobre las disminuciones de crecimiento. Descubrieron que las economías emergentes de gran crecimiento tendían a mostrar un giro negativo en el promedio del ritmo anual de crecimiento cuando alcanzaban un PIB per cápita de 17.000 dólares, que China espera alcanzar en 2015, y cuando el 23% de la fuerza de trabajo se encuentra en el sector industrial, un nivel que China alcanzará más o menos en el mismo momento. Otros factores en correlación con las disminuciones de crecimiento eran los elevados índices de jubilados en relación a aquellos en edad laboral (un índice que en China se espera que vaya del 11.6% en 2010 al 38.8% en 2050: más alto que el 37% que los Estados Unidos esperan alcanzar el mismo año), monedas poco valorizadas (jaque) y unos índices de inflación volátiles (otro problema avecinándose en el horizonte). Aunque Eichengreen, Park y Shin son cuidadosos a la hora de señalar que nada es inevitable en las disminuciones de crecimiento, la experiencia sugiere poderosamente que a China le va a tocar una en un futuro cercano. Dado que el Partido Comunista Chino depende de altos índices de crecimiento para su legitimidad, éste es un profundo desafío.

Incluso en el improbable caso de que China haga lo correcto –si trata la mala distribución del capital dejando una mayor parte de la economía en manos privadas, si permite a las familias chinas retener más de la riqueza que crean–, entonces el país tendrá que luchar todavía contra las deudas incobrables que ha acumulado en los últimos 20 años. Pettis anticipa que China crecerá a un ritmo anual promedio del 3.5%, pero sostiene que si China no trata la sistemática mala distribución del capital, el crecimiento podría llegar a un punto muerto. La amenaza real de China no es que llegue a crecer tan económicamente poderosa que galope a través del mundo como un coloso. Más bien, es que se vuelva tan débil y vulnerable que se colapse o arremeta contra sus vecinos.

Consideren qué nos están pidiendo aquellos que quieren que América imite a China. Quieren poner las decisiones en las manos de una élite ilustrada que invierta mucho en coches eléctricos, paneles solares y trenes rápidos y en infraestructura en regiones políticamente favorables. Quieren que sigamos un curso que está llevando a una gran nación por el camino de la ruina y la miseria.

No, gracias.

 

(Publicado originalmente en National Review, 14 de mayo de 2012, pp. 36-38. Traducción de César Guarde).