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A continuación se ofrece un artículo publicado por Antonio Royo Villanova en 1931, cuya radiante actualidad no dejará indiferente al lector atento. Por lo que se refiere al autor, conviene destacar que Antonio Royo fue un conocido político republicano que luchó contra los primeros indicios de intolerancia, censura y odio contra España y el idioma español que ya a principios del siglo XX empezaba a mostrar el movimiento nacionalista catalán y cuyas manifestaciones más grotescas se contemplan y se padecen hoy en día.  Entre sus diferentes escritos a favor de una España unida y de un bilingüismo bien entendido cabe destacar La descentralización y el regionalismo: apuntes de actualidad (Librería de Cecilio Gasca, Zaragoza, 1900), El problema catalán. Impresiones de un viaje a Barcelona (Librería General de Victoriano Suárez, Madrid, 1908) y Un grito contra el Estatuto: por la nación única (Sociedad Administrativa de Ediciones Literarias, Madrid, 1932).

Problemas políticos.

El idioma español en Cataluña

(“La libertad”, domingo 1 de noviembre de 1931)

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Una de las razones que oponen los catalanistas a los que defendemos un bilingüismo imparcial, que se traduciría en la coexistencia cordial y armónica de establecimientos de enseñanza catalanes y castellanos, es que en cuanto ellos tengan plena libertad de emplear su lengua y pierda el idioma castellano el carácter de imposición que tuvo durante la Dictadura, se establecerían relaciones de cordialidad entre castellanos y catalanes, y éstos cultivarían amorosamente la lengua española.

¿A qué esperan, pues? Porque hoy Cataluña ha conseguido el uso libérrimo de su idioma. El “Boletín Oficial de la Generalitat” se redacta en catalán (cuando la sana interpretación del principio bilingüista exigiría que se redactase a doble columna en catalán y en castellano); se enseña en catalán en las escuelas, y sin esperar a que se apruebe el Estatuto, acudiendo al procedimiento de “acción directa” en el que coinciden el Sr. Maciá y los sindicalistas, hasta en la Universidad explican ya los catedráticos en catalán, aunque acceden a usar el castellano, a petición de los españoles que van a clase y no entienden la lengua de Verdaguer y de Maragall.

¿A cuándo aguardan los catalanistas para demostrar esa cordialidad de que nos hablan?

Porque acabo de leer en “El Diluvio”, periódico no sospechoso ciertamente de españolismo ni de ser enemigo de las libertades de Cataluña[1], una pequeña información, impresa en letra negrilla para subrayar su importancia, en la que, bajo el epígrafe “¿Exagerando la nota?”, se dice lo siguiente:

“En la madrugada del miércoles fué detenido en la calle del Marqués del Duero el taxista Manuel Garrido a instancia de un delegado del tránsito llamado Sr. Sallés.

El motivo de la detención, según nos explica el propietario del coche (cuyo vehículo fué conducido al depósito municipal) obedeció a ostentar el libre en castellano.

Como quiera que, de ser cierto lo que afirma el perjudicado, quien, además, acusa de que fué objeto de una agresión por parte de un guardia urbano, no se trataría de otra cosa sino de un atropello, rogamos, velando por su prestigio, a la autoridad municipal que procure esclarecer lo sucedido.

Es deplorable el perjuicio que por causa tan fútil se ha ocasionado el propietario taxista.”

Si esto sucede ahora, ¿qué pasará cuando se apruebe el Estatuto, en el supuesto de que Cataluña logre el régimen de soberanía que pretenden los catalanistas? Pues sencillamente que se les hará allí la vida imposible a los que no sean catalanes o no se presten a la catalanización completa y fulminante, más o menos sincera.

Este caso de los “taxis” es absurdo e inexplicable. Tratándose de un servicio público como ése y de una capital, no ya europea, sino cosmopolita, es ir contra todas las conveniencias del comercio y contra todas las comodidades del turismo querer arrojar el idioma castellano de cosa tan inocente como el letrero de un coche de alquiler. Lo natural es que se exigiese lo contrario: es decir, que además de poner la palabra “libre” en catalán, se tradujese al español, al francés y al inglés, para mayor comodidad de forasteros y turistas. Pero es que la pasión política eclipsa el buen sentido y hasta el instinto de conservación y aun el cuidado de la propia conveniencia.

Todo ello indica lo peligroso de que el Estado español se ausente de Cataluña y deje la enseñanza a los catalanistas, obsesionados por un imperialismo localista e hispanófobo.

Acabo de leer un catálogo catalán de libros escolares y una lista de mapas de Europa, y veo en ella mapas de Francia, de Inglaterra, de Bélgica, de Rusia… y de “Iberia”. Se suprime el nombre de España. Sólo con esto demuestran los catalanistas su incapacidad pedagógica. Para enseñar hay que tener el espíritu sereno, despreocupado, libre de prejuicios políticos y religiosos. Si se priva de la enseñanza a las Órdenes religiosas porque se entiende que su prejuicio profesional es un peligro para el interés público, todavía es más temible la enseñanza en manos de estos ofuscados catalanistas que castigan a un pobre cochero por el enorme delito de poner en su trabajo una palabra española.

Antonio Royo Villanova.



[1] [El Diluvio fue un diario fundado en 1879 con un fuerte componente federalista, anti-monárquico y de izquierdas.]