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¿Quién vigila al vigilante?

Hasta controlar audazmente lo que ningún presidente ha controlado antes

 

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En los años 60 y 70 teníamos bastante claro a dónde queríamos llegar. La ciencia-ficción, tanto en películas como en novelas, nos había enseñado las maravillas de los otros mundos y la fascinación y recompensa de la exploración científica. Cierto, también teníamos la romantización de las drogas y a esos improductivos críos fumadores de hierba gritando “Sólo necesitamos amor”, pero aún así, nos las arreglamos para llegar a la luna y tener sueños de esperanza. ¿Alguien se acuerda de Espacio: 1999, una serie de ciencia-ficción británica sobre una base lunar que se perdía en el espacio? ¿O de 2001: Una odisea del espacio de Stanley Kubrick? Bueno, olvidaos de misiones “Júpiter” o bases lunares por un tiempo, porque de vuelta al presente, las agencias espaciales han decidido que es más importante discutir en qué dirección deben rezar los musulmanes en el espacio exterior. Y, por supuesto, ¿para qué volar a la luna si aquellos aterrizajes fueron falsificados por Hollywood y Disney? Bueno, al menos tenían cierta originalidad en los 70 al hacer las películas. El próximo aterrizaje será visto, básicamente, como un remake. Y es que, después de todo, para qué soñar cuando alguien ya lo ha soñado por ti, ¿no?

Ser negacionista tiene sus ventajas: si nadie lo hizo antes que tú, entonces no necesitas sentir la insoportable responsabilidad de estar a su altura. A finales de los 70 y principios de los 80, el glamour del negacionismo ganó terreno, en parte, porque mucha gente se sintió atraída por los críos fumadores de hierba y su ideología de “Sólo necesitamos amor”: bueno, tal vez “sólo necesitamos amor”, pero al enemigo a las puertas no le importa, ya sea éste un terrorista islámico antisemita o un pedófilo americano en Putney. Pero en parte, también, porque junto al negacionismo se encuentra la pragmática del acomodacionismo, esto es, la carencia de voluntad. Y cuando eso ocurre, bueno, alguien tiene que levantarse a pagar la factura. Pero ya que ni siquiera tenemos voluntad para levantarnos, debemos pagar a alguien para que pague nuestra cuenta. A largo plazo, esto significa más control, porque ese alguien deber estar en conformidad con algún Departamento de Conformidad. Y más control significa un Gran Gobierno (a la europea).

obama_spockLa ex-actriz del Chicago Playboy Club, Nichelle Nichols, más conocida por su papel de Teniente Uhura en el Enterprise y, también, por ser la primera mujer negra en besar interracialmente a un hombre blanco en la televisión americana, apareció recientemente fotografiada junto con el presidente Obama, haciendo orgullosos el saludo Vulcano. Alguien, de hecho, había ya preguntado al antiguo capitán James Tiberius Kirk, William Shatner, si “el Presidente Obama debería ser menos como el Sr. Spock y más como el capitán Kirk”. A pesar de lo que pueda opinar Leonard Nimoy, no se parece demasiado al Sr. Spock. Entre otras cosas, el Sr. Obama carece del mínimo atisbo de lógica. Pero en esta era de remakes y secuelas incluso Star Trek puede ser reversionado en algo nuevo, algo más Obamizado. Cuando Nichols twiteó “¿¡¿¡Me pregunto qué dirá de esto el Tea Party!?!?”, refiriéndose a su fotografía con el Sr. Obama, alguien debería haberle respondido: “Bueno, el Capitán James Tiberius Kirk no se habría marchado cuando el Sr. Obama se retiró de Afganistán”. Ya se sabe, no se le da muy bien eso de seguir órdenes.

Tómese como ejemplo la Directiva Primera, el principio de no intervención en el desarrollo de civilizaciones alienígenas. En la exégesis progresista moderna esto significa que Star Trek era anti-americano y anti-imperialista, lo que sea que anti-imperialista pueda significar aquí, ya que las únicas colonias que tiene Estados Unidos son ellos mismos. Pero para aquellos de nosotros que realmente vimos la serie en lugar de echar un vistazo a la Wikipedia, el capitán James T. Kirk rara vez seguía esta Regla Suprema. De hecho, estaba más en la línea de  Michael Knight (David Hasselhoff) o James Braddock (Chuck Norris): “un hombre puede marcar la diferencia”. Los ideales de Gene Roddenberry eran de naturaleza muy muy utópica. El dinero, los combustibles, la religión, las guerras, la pobreza y el lenguaje soez eran cosas medievales del período del oscurantismo. ¿No suena bastante a fumadores de hierba? Pues no. En primer lugar, porque la Tierra llegó a esa utopía a través de grandes guerras que casi aniquilan a toda la humanidad. ¿Familiar? En segundo lugar, porque la religión había sido reemplazada por la ciencia, el pensamiento crítico y una educación objetiva y moral. Y finalmente, porque fuera de la Tierra y fuera de esta utopía todavía quedaban guerras por ganar, pobreza por erradicar y regímenes totalitarios contra los que luchar. Bastantes cosas para esos defensores del “Sólo necesitamos amor” que critican la ciencia oficial con su idiosincrasia ecocondríaca, homeopática o vegetariana. Así que más bien parece que el mundo de Star Trek era algo así como unos Estados Unidos  viajando audazmente a otras partes del mundo y arreglando sus entuertos, muy a pesar de aquellos críos fumadores de hierba que gritaban la Directiva Primera frente a Wall Street.

En uno de los mejores episodios de Star Trek: La Nueva Generación, “¿Quién vigila a los vigilantes?”, el Enterprise llega a Mintaka III, un planeta habitado por una raza proto-Vulcaniana que, culturalmente, se encuentran cerca de la Edad de Bronce. Nuestros héroes deben observar y aprender, pero cuando las cosas salen mal y algunos mintakanos descubren a la tripulación y comienzan a adorar al capitán Jean-Luc Picard como a un dios, éste quiere, simplemente, seguir la Directiva Primera, cerrar el chiringuito y marcharse. Su tripulación lo persuade del imperativo moral de corregir sus errores, así que acaban explicando a los Mintakanos que no son seres  superiores, sino seres de “carne y sangre” con tecnología más avanzada. Al igual que se retiró de Afganistán, el Sr. Obama sin duda se habría quedado a gusto dejando en Mintaka III un culto de adoradores de Obama.

En el universo de Star Trek, como en el mundo real, los tipos duros asumen el riesgo por un bien mayor. Porque saben que, fuera de ese bonito nuevo mundo a lo Fukuyama, la cosa es bastante más salvaje. El capitán James T. Kirk puede ser el dictador supremo, pero es uno de los buenos en su particular forma shakesperiana, un Jack Bauer en el espacio que toma las decisiones correctas, ésas que nadie quiere tomar. Al no creer en escenarios imposibles, el capitán Kirk es imparable. En 1887, en La Genealogía de la Moral, Nietzsche escribió fabulosamente sobre la “voluntad”:

El que los corderos guarden rencor a las grandes aves rapaces es algo que no puede extrañar: sólo que no hay en esto motivo alguno para tomarle a mal a aquéllas el que arrebaten corderitos. Y cuando los corderitos dicen entre sí “estas aves de rapiña son malvadas; y quien es lo menos posible un ave de rapiña, sino más bien su antítesis, un corderito, —¿no debería ser bueno?”, nada hay que objetar a este modo de establecer un ideal, excepto que las aves rapaces mirarán hacia abajo con un poco de sorna y tal vez se dirán: “Nosotras no estamos enfadadas en absoluto con esos buenos corderitos, incluso los amamos: no hay nada más sabroso que un tierno corderito”. —Exigir de la fortaleza que no sea un querer-dominar, un querer-sojuzgar, un querer-enseñorarse, una sed de enemigos y de resistencias y de triunfos, es tan absurdo como exigir de la debilidad que se exteriorice como fortaleza.

Convertirse en una oveja puede ser peligroso, así que se hace necesario buscar un pastor para que vigile nuestros movimientos y nos proteja de esas aves de presa. Para qué molestarse en formular la Gran Pregunta... Quis custodiet ipsos custodes? ¿Quién vigila a Obama?

 

- César Guarde