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Günter Grass – No está muy bien de la cabeza, pero es un poeta

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Günter Grass ha tenido siempre un problema con los judíos, pero nunca lo había dicho tan claro como en un nuevo “poema” titulado “Lo que hay que decir” sobre Israel e Irán. Por Henryk M. Broder.

 

Günter Grass ha escrito un poema. Tiene que aparecer el miércoles simultáneamente en tres grandes diarios. El “New York Times”, “La Reppublica” y el “Süddeutsche Zeitung”. El poema se llama: “Lo que hay que decir” y empieza con estas palabras:

“Por qué callo, me callo tanto tiempo...”

El lector ingenuo podría pensar que Grass querría finalmente explicar porqué ha callado durante tanto tiempo su actuación en las Waffen-SS. Pero para él no se trata de esto. Sobre esta fase de su vida está mucho más allá el moralista poeta. Esta vez se trata de algo más, de pura supervivencia:

“Por qué callo, me callo tanto tiempo, lo que es obvio y se ha ejecutado en juegos de simulación, en cuyo final seremos como supervivientes, en el mejor de los casos, notas a pie de página.”

El “supuesto derecho al ataque preventivo”.

Grass no quiere callarse más. ¿Cuál es el motivo de la explosión logorreática?  El “supuesto derecho al ataque preventivo” de un país sin nombre que amenaza a Irán, el cual está, por su lado, gobernado por un “fanfarrón”.

“¿Pero por qué me prohíbo a mí mismo mencionar por su nombre a aquel otro país, el cual desde hace años – si bien mantenido de manera oculta – tiene un creciente potencial nuclear fuera de control  e inaccesible a cualquier inspección?”

Grass se ha prescrito el silencio porque no desea arriesgarse a ser estigmatizado de “antisemita”.

“Este silencio generalizado sobre un hecho, al cual se ha sometido mi silencio, lo siento como una grave mentira, también como coacción que promete el castigo tan pronto como se ignora; el veredicto es comúnmente ‘antisemitismo’.”

Preludio verbal a una ruptura de un tabú

Es también el preludio verbal habitual a una ruptura de un tabú que se fundamenta con la responsabilidad del poeta de impedir una catástrofe. En Grass suena así:

“Pero ahora, porque procedente de mi país, el de los propios crímenes que no tienen parangón, que se recuperan una y otra vez y se le piden cuentas, de nuevo y por motivos puramente comerciales, aun cuando se declare con labios ligeros como reparación, se va a entregar un submarino a Israel, cuya especialidad consiste en poder dirigir cabezas explosivas destructoras allí donde está sin probar la existencia de una sola bomba atómica, pero que quiere ser como leyenda de fuerza probatoria, digo, lo que hay que decir.”

Grass siempre ha tendido a la megalomanía, pero ahora ha perdido completamente la razón. Ocupado todo el día con la confección de versos quebradizos, no ha escuchado ninguno de los muchos discursos del presidente iraní en los cuales habla de la necesidad de eliminar de la región el “tumor cancerígeno” que mantiene ocupada Palestina. Pero esto es sólo “fanfarronería” que no se tiene que tomar en serio. Asimismo, está “sin probar” también la existencia de una única bomba hasta que ésta entre en acción.  En este caso, Grass lloraría la muerte de las víctimas y brindaría consuelo a los supervivientes, puesto que él se siente “unido” al país de Israel.

Desde tiempos inmemorables un problema con los judíos

“¿Pero por qué he callado hasta ahora? Porque creía que mi origen, que está aquejado por una mácula imborrable, prohibía exigir este hecho como patente verdad al país de Israel, al cual estoy unido y quiero permanecer unido.”

Grass rompe su silencio porque no quiere ser de nuevo culpable, porque está “harto de la hipocresía de Occidente” y confía en que se le pueda liberar del silencio forzado, exigir al causante del peligro a que resigne de la violencia e insistir en que se permita un control permanente y libre del potencial atómico israelí y de las instalaciones nucleares iraníes a través de una instancia internacional por parte de los gobiernos de ambos países.

Mientras que Israel dispone de un “potencial atómico”, los iraníes tienen únicamente “instalaciones nucleares” que supuestamente sirven para la creación de energía. El causante del “peligro reconocible” es Israel, que evita los controles, mientras que Irán no hace nada mejor que abrir sus “instalaciones nucleares” a la supervisión internacional.

Grass ha tenido siempre un problema con los judíos, pero nunca lo había articulado tan claro como en este “poema”. En una entrevista con el “Spiegel Online” en octubre del 2001, dijo cómo se imaginaba la solución a la cuestión palestina: “Israel tiene no sólo que retirarse de los territorios ocupados. También la posesión de tierra palestina y su ocupación israelí es una acción criminal. Esto no sólo tiene que terminarse, sino que tiene que enmendarse. De lo contrario, en este lugar no llegará nunca la paz.”

Hay que renunciar a Tel Aviv y Haifa.

Esto era nada más y nada menos que una exigencia a Israel para que no sólo renunciara a Nablus y a Hebrón, sino también a Tel Aviv y a Haifa. Precisamente como los de Hamás y los de Hezbollá, tampoco Grass distingue entre los “territorios ocupados” de 1948 y de 1967: para él, “la posesión de tierra palestina y su ocupación israelí es una acción criminal”. Así lo ve también el presidente iraní.

Diez años más tarde, en el verano de 2011, Günter Grass recibió para una entrevista al periodista israelí Tom Segev. Segev habla fluidamente alemán y de esta manera charlaron despreocupadamente y sin traductor durante dos horas y media sobre todo lo posible, también sobre las reacciones a su novela “Pelando la cebolla”. El debate había sido para él “muy doloroso”, puesto que se le había atribuido falsamente haberse incorporado de manera voluntaria a las Waffen-SS. “La verdad es que yo fui llamado a filas, como miles de jóvenes de mi edad”.

Cuando Segev quiso saber por qué el Holocausto sólo aparece de pasada en la “Cebolla”, Grass respondió: “La locura y los crímenes se expresaron no sólo en el Holocausto y no terminaron con la finalización de la guerra. De los ocho millones de soldados alemanes que fueron tomados prisioneros por los rusos, sobrevivieron quizás dos millones. El resto fue eliminado.”

Perseguido por el sentimiento de culpa y de vergüenza

No se tenía que ser ningún matemático diplomado para calcular hasta el final el juego de números de Grass: seis millones de soldados alemanes fueron liquidados por los rusos. Que de hecho fueran a parar unos tres millones de soldados alemanes a los campos de guerra soviéticos, de los cuales no sobrevivieron más de un 1 millón cien mil, no es importante. Puesto que para Grass no se trata de números, sino de un número. Seis millones. Siempre se trata de este número. The Lucky German Number. Seis millones de muertos judíos por un lado, seis millones de prisioneros alemanes muertos por el otro, da como resultado un puro cero.

Grass es el prototipo del antisemita culto que tiene buenas intenciones con los judíos. Perseguido por el sentimiento de culpa y de vergüenza y, al mismo tiempo, impulsado por el deseo de compensar la historia aparece ahora para desarmar al “causante del peligro reconocible”.

Los alemanes no se disculparán nunca ante los judíos por lo que les han hecho. Para que vuelva finalmente la paz a Oriente Próximo y encuentre también Günter Grass su paz espiritual, Israel tiene que “ser historia”. Así lo dice el presidente iraní y con ello sueña también el poeta “pelando la cebolla”.

Traducción de Jordi Morillas

Artículo publicado en el Die Welt Online el miércoles 4 de abril de 2012 (http://www.welt.de/kultur/literarischewelt/article106152894/Guenter-Grass-Nicht-ganz-dicht-aber-ein-Dichter.html).

Traducción publicada con permiso del autor y del diario Die Welt.