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Demasiado grande para ganar

Los Estados Unidos deberían reflexionar seriamente sobre su forma de hacer la guerra.

por Mark Steyn

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¿Por qué América no puede ganar guerras? Han pasado dos tercios de siglo desde que viéramos (tal y como gráficamente dijo el Presidente Obama) “al Emperador Hirohito derrumbarse y firmar su rendición con MacArthur”. Y, si no es exactamente así como lo recuerdas, olvida la lista formal de invitados, olvida el detallado certificado de rendición e intenta pensar en “ganar” en un sentido más básico.

Los Estados Unidos están luchando, actualmente, de una forma u otra, en tres guerras. Iraq –el atolladero, la guerra “mala”, la invasión que provocó mil manifestaciones occidentales contra la guerra e indagaciones oficiales y representaciones teatrales y películas contra Bush– va, cuanto menos, mal. Por ahora. Y teniendo en cuenta que el principal legado geoestratégico de nuestro refinado protectorado es que un enemigo americano declarado, Irán, ha sido capaz de incrementar sustancialmente su influencia sobre el país a nuestra costa.

¿Afganistán? La “guerra buena” es ahora “la guerra más larga de América”. Nuestras fuerzas armadas han estado allí más tiempo que el Ejército Rojo. La estrategia de los “corazones y mentes” va tan bien que las tropas americanas están siendo asesinadas ahora por los afganos que tan bien nos conocen. ¿Cuenta como muerto en “combate” el ser asesinado por los soldados y policías que has entrenado durante años? Tal vez es por esto que los medios estadounidenses no se dignan a cubrir estos asesinatos: en abril, en una reunión entre la policía fronteriza afgana y sus entrenadores estadounidenses, un policía afgano mató a dos soldados americanos. Ah, bueno, un país salvaje en cuanto te acercas a esa frontera del Turkmenistán. Unas semanas después, de vuelta a Kabul, un piloto militar afgano mató a ocho soldados americanos y a un contratista civil. El 13 de mayo, un “equipo de tutoría” de la OTAN se sentó a almorzar con la policía afgana en Helmand, cuando uno de sus protegidos abrió fuego y mató a dos de ellos. “Las acciones de este individuo no reflejan las acciones totales de nuestros compañeros afganos”, dijo el mayor general James B. Laster del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. “Seguimos estando comprometidos con nuestros compañeros y nuestra misión aquí”.

¿Libia? Las buenas noticias son que hemos reducido sustancialmente el tiempo que nos lleva atollarnos. Creo que la campaña libia está ya en el Libro Guiness de los Records como  el atolladero más rápido registrado. En un movimiento inspirado, hemos elegido apoyar al único movimiento de liberación árabe incapaz de derrocar al forzudo local, incluso cuando les prestas toda la fuerza aérea de la OTAN. Pero no hay que preocuparse: el presidente Obama susurró a un oficial de la administración al The New Yorker que está “dirigiendo desde atrás”. Ciertamente. ¿Qué podría ser más impecablemente multilateral que una coalición de caballos de pantomima compuesta en su totalidad por traseros? Aparentemente sería “ilegal” fijar como objetivo al coronel Gadafi, así que nuestro objetivo estratégico es matarlo por accidente. Hasta ahora le hemos matado un hijo y un par de nietos. Tal vez cuando leas esto habremos añadido una o dos tías solteras a la sala de trofeos. No está precisamente claro por qué cargarse al viejo travesti picado por la viruela debería ser una prioridad para los EE.UU. ahora mismo, pero esperemos que ocurra pronto, porque de lo contrario, no habrá forma de asegurar cuando esta “guerra” está “acabada”.

Según la posición partidista de cada uno, se puede culpar a Bush o a Obama del trío de cenagales actual, pero en perspectiva forman parte de un patrón de comportamiento que precede a ambos hombres, remontándose a través de grandes y pequeñas no-victorias: Somalia, la primera Guerra del Golfo, Vietnam, Corea. En la parte más concluyente del registro de acciones tenemos... bien, veamos: Granada, 1983. Y, dado que ésa era algo así como una administración doméstica post-colonial de la que Gran Bretaña debería haberse ocupado pero a lo que renunció, podría alegarse que incluso ese solitario punto brillante apoya una narrativa más extensa de debilitamiento occidental. De cualquier forma, el único triunfo inequívoco de América desde 1945 es una pequeña isla caribeña con la reina Elisabeth II como jefe de Estado. Para el 43% de los gastos militares globales, no es el mayor de los beneficios.

El intervencionismo inconcluyente tiene consecuencias. Corea llevó a norteños con armas nucleares. Los helicópteros derribados en el desierto iraní llevaron a mullahs con armas nucleares. La Primera Guerra del Golfo llevó a la Segunda Guerra del Golfo. Somalia llevó al 11-S. Vietnam llevó a todo, en el sentido de que su trauma penetró tan profundamente en la psique americana que corroyó la capacidad de pensar claramente sobre la guerra como instrumento de utilidad nacional.

Durante medio siglo, la Guerra Fría proporcionó un cierto abrigo. En el amanecer de la denominada era americana, Washington eligió minimizar la hegemonía estadounidense y creó y financió en su lugar instituciones transnacionales en las que la superpotencia no imperial se autodespreciaba tanto que hinchó artificialmente la posición de todos los demás, en algo así como un programa de acción afirmativa geopolítica. En la esfera militar esto significa la OTAN. Si la acusación contra el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es que es el desfile de victoria de la Segunda Guerra Mundial en galantina, la OTAN son los escombros de la Europa de post-guerra preservados como un salón de estrategia. En 1950, América tenía un dominio único del “mundo libre” y podía permitirse ser generosa, así que lo fue: teníamos tanto dinero que no sabíamos qué hacer con él, así que eximimos a nuestros aliados de pagar por su propia defensa.

Pero 1950 terminó. Las economías continentales se recuperaron, Europa se hizo rica y también Japón y posteriormente los tigres asiáticos. Y en Washington nadie se dio cuenta: seguíamos pagando, acuartelando no colonias remotas, sino algunas de las naciones más ricas en la historia. Gracias al bienestar americano en defensa, la OTAN es una alianza militar integrada por aliados que ya no tienen ejércitos. En la Guerra Fría eso tenía su lógica: Europa era el campo de batalla elegido, así que, tuvieran o no tanques, estaban, muy literalmente,  arriesgando el pellejo. Pero la Guerra Fría terminó y la OTAN perduró, evolucionando en una especie de Super Amigos global integrada por tíos que ni son Super ni se gustan demasiado entre ellos. Al principio de la campaña afgana, Washington invirtió un gran esfuerzo diplomático en intentar llamar a sus aliados ante el menor gesto de declaración de guerra: la cumbre de 2004 de la OTAN fue saludada como un punto de referencia exitoso cuando la alianza de sus 26 miembros se puso de acuerdo en destinar 600 tropas y tres helicópteros más. Esto significa una media de 23,08 tropas por país, además de casi una novena parte de un helicóptero cada uno. Una década después del atolladero, Washington ya invertía cantidades aún mayores de esfuerzo diplomático fracasando en su llamamiento a sus aliados en los más someros gestos de transnacionalismo afeminado no combativo: sabemos que, bajo unas reglas de compromiso mucho más refinadas, ciertos aliados no saldrán de noche, o en la nieve, o en provincias donde se estén produciendo enfrentamientos, así que, en la charla de 2010 de la OTAN, Robert Gates se limitó a quejarse de que los 450 “entrenadores” prometidos por los aliados para la Armada Nacional Afgana no se habían materializado. Supuestamente 46 naciones están contribuyendo al esfuerzo aliado en Afganistán, así que serían diez “entrenadores” por país. Imaginad si la energía derrochada en estas ridículas (y en algunos casos profundamente perjudiciales) hojas de higuera transnacionales se hubiese dirigido por canales más extrañamente convencionales, como, por ejemplo, identificar el interés nacional de América y perseguirlo.

La Guerra Fría proyecta otras sombras. En Corea, los EE.UU. se abstuvieron incluso de cortar las líneas chinas de suministros de sus enemigos. No puedes ganar así. Pero en la era nuclear, la guerra suprema –guerra con naciones reales, con ejércitos serios– era demasiado terrible como para contemplarla, así que en las riñas por poder en los remansos del Tercer Mundo la preocupación principal era calmar las cosas, incluso al precio de la victoria. Y, terminada la Guerra Fría, esta forma de pensar había arraigado. El estancamiento nuclear americano-soviético de disuasión mutua decayó en un mundo unipolar de autodisuasión estadounidense. Si no fuese por los valerosos pasajeros del Vuelo 93 y los caprichos del calendario social de la Oficina Oval, el cuarto avión del 11-S podría haber tocado la Casa Blanca, decapitando el régimen, dejando una humeante ruina en el corazón de la capital y entregando la república a la administración de un Robert C. Byrd o de algún otro banal sucesor presidencial. Y, sin embargo, al permitir que su remanso tóxico fuera usado como plataforma de lanzamiento del más mortífero ataque extranjero sobre suelo estadounidense en dos siglos, el Mullah Omar, o bien no contaba con la posibilidad de una destrucción total y devastadora de su país, o bien no le importaba.

Si era lo primero, sin duda estaba en lo cierto. Después de la batalla de Omdurman, Hilaire Belloc ofreció un sucinto recuento de las ventajas tecnológicas:

Ocurra lo que ocurra

Nosotros tenemos

La Gran pistola

Y ellos no la tienen.

Pero imagínate que saben que nunca usarás la Gran pistola. En cierto modo, una disuasión creíble depende de un enemigo creíble. La Unión Soviética se desintegró, pero el instinto para desacelerarse que sobrevivió, propio de una superpotencia, se intensificó: en Kirkuk, como en Kandahar, cada señor de la guerra liliputiense pilla en seguida que puedes provocar al Gulliver infiel con cierta impunidad. Destrucción Mutua Asegurada ha cuajado en Desilusión Masivamente Aplicada.

Aquí me distancio en cierto modo de mis colegas del National Review, preocupados por los inevitables recortes en el presupuesto de defensa. Está claro que, si una nación es responsable por casi la mitad del presupuesto militar mundial, muchos otros no están trabajando como deberían. El Pentágono sobrepasa en gastos a los ejércitos combinados chino, británico, francés, ruso, japonés, alemán, saudí, indio, italiano, surcoreano, brasileño, canadiense, australiano, español, turco e israelí. Entonces, ¿por qué no se nota?

Bueno, precisamente por esa razón: si sobrepasas en gastos a todos los posibles rivales combinados, obviamente eres algo diferente de la soldadera de un estado nación convencional. ¿Pero qué exactamente? En los noventa, a los franceses les gustaba quejarse de que la “globalización” era un eufemismo para “americanización”. Pero puede invertirse fácilmente la fórmula: “americanización” es un eufemismo para “globalización”, en la cual el dulce papaíto geopolítico está tan ocupado recogiendo las facturas del orden global que pierde todo sentido del interés nacional. Al igual que ahora Hollywood hace películas para el mundo, así el Pentágono hace ahora guerras para el mundo. Los lectores estarán cansinamente familiarizados con la tendencia de los iconos de la cultura pop establecidos desde hace tiempo en el ir todos en plan transnacional con nosotros: la semana pasada Supermán se subió al podio de las Naciones Unidas para renunciar a su ciudadanía estadounidense porque “la verdad, la justicia y el modo de vida americano” ya no le van. Mi favorito, en los últimos años, ha sido el intento de reinvención del antiguo G.I. Joe como un acrónimo multilateral con base en Bruselas: la Global Integrated Joint Operating Entity (Entidad Operativa Conjunta Integrada Globalmente). Me parece que se encargan de la operación libia.

Un ejército tiene que hacer la guerra con algo sólido. Para mejor o peor, “rey y país” es real, y así son, generalmente para peor, las lealtades tribales de las sangrientas guerras civiles en África. Pero no es demasiado sorprendente que sea difícil ganar guerras realizadas en base a algo tan quimérico como “la comunidad internacional”. Si haces la guerra en base a un concepto ilusorio, ¿es acaso posible tener objetivos de guerra? ¿Cuál es el nuestro? “[Nosotros] estamos en Afganistán para ayudar al pueblo afgano”, dijo el general Petraeus en abril. En algún lugar, generaciones de imperialistas de la vieja escuela se estarán partiendo de risa, en particular por el concepto de “pueblo afgano”. Pero cuando eres una fuerza expedicionaria de la legislatura de un hombre, ¿qué más te queda?

La guerra es un infierno, pero la “tutoría” global es un purgatorio. A este respecto, el deshacerse tan tarde de Osama bin Laden podría no ser tan estratégicamente relevante como la revelación casi simultánea en el 60 Minutos de Tres copas de té de Greg Mortenson. Éste es el exitoso libro que el Pentágono entrega a los oficiales en los límites afganos y cuyo célebre autor se ha entrevistado con nuestros oficiales de más alto rango en múltiples ocasiones. Y es una estupidez. Sin embargo, ha logrado una profunda transformación cultural, al menos en nosotros. “Es destacable”, me decía hace un tiempo un diplomático indio entre risas. “En Afganistán, los americanos ahora beben más té que los británicos. Y ni siquiera les gusta”. En 2009, recordad, el Pentágono era responsable del 43% de los gastos militares del planeta. A este paso, en 2012 será responsable del 43% del consumo de té del planeta.

Construir una nación en Afganistán es el ne plus ultra del recadero tonto. Pero incluso si estuvieran tan motivados, la “construcción de una nación” de forma efectiva estaría hecha en el interés nacional del constructor. Los británicos reconstruyeron la India a su propia imagen, con un parlamento Westminster, derecho consuetudinario y un sistema educativo inglés. ¿A imagen de quién están construyendo Afganistán? Ocho meses después de que Petraeus anunciase su última estupidez, la iniciativa de la Policía Local Afgana, Oxfam informó de que la recién formada PLA era un estercolero de tortura y pederastia. Prácticamente todas las instituciones afganas lo son, por supuesto. Pero a lo largo de la historia de la humanidad han conseguido practicar ambos entusiasmos sin subvenciones internacionales. Los contribuyentes estadounidenses aceptan con cansancio la carga de los subsidios a poetas cowboys de Nevada y compañías de mimo de San Francisco, pero, incluso desde esos generosos criterios de preservación cultural, es difícil entender por qué deberían estar facilitando las predilecciones tradicionales de los hombres de Pashtun, que tienen sus ojos puestos en los “niños danzantes de Kandahar”.

Lo que nos lleva de vuelta a esas Tres copas de té. Así que la Entidad Operativa Conjunta Integrada Globalmente está construyendo escuelas en Afganistán. Una gran cosa. El problema, tanto en Kandahar como en Kansas, no son los edificios, sino lo que se enseña en ellos, y no tenemos estómago para meternos con eso. Así que, ¿de qué sirve construir mejores infraestructuras para la terrible cultura tribal de Afganistán? ¿Cuál es nuestro interés en el retraso de vanguardia?

El ir de buenos transnacionalmente es corrección política de viaje. Asume las suposiciones relativistas del equipo multiculti y las aplica geopolíticamente: la carga del hombre blanco se encuentra con la culpabilidad liberal. Ninguna nación desarrollada y rica debería tener un interés nacional, porque un interés nacional es un interés egoísta. Afganistán comenzó de forma egoísta: una audaz y original campaña militar, ejecutada extraordinariamente, para eliminar a nuestros enemigos del poder y matar a tantos malos como fuera posible. Entonces América recobró la sobriedad e hizo una estrafalaria excepción a la regla. Tanto en Libia como en Kosovo, la guerra es legítima sólo si no tienes interés nacional alguno en cualquiera que sea el conflicto en el que estás luchando. El hecho de que no te juegues nada en él justifica que te metas en él. El razonamiento principal es que no hay razonamiento y ¿quién podría oponerse a eso? Aplicado globalmente, la corrección política nos obliga a renunciar a la soberanía. Y, una vez has hecho eso, entonces, como Country Joe and the Fish conocidamente se  preguntaron estupendamente, es uno, dos, tres, ¿por qué estamos luchando?

Cuando eres responsable de la mitad del gasto militar del planeta y el 80% de su I+D militar, ciertas cosas pueden decirse con seguridad: nadie va a iniciar una guerra nuclear con los Estados Unidos o una batalla de tanques a gran escala o incluso una pelea de perros. Eres el Microsoft, el Standard Oil de la guerra convencional: si estuvieran interesados en competir en este terreno, los poderes militares de segunda categoría habrían enviado ya, probablemente, una demanda por antimonopolios al Departamento de Justicia. Cuando eres el único tío en la ciudad con una raqueta de tenis, no te sorprendas si nadie quiere unirse a ti en la cancha central: o que los provocadores busquen otros campos en los que jugar. En los primeros momentos de las guerras de este siglo, los Artefactos Explosivos Improvisados se detonaban con móviles o incluso con los mandos de las puertas de los garajes. Así que el Pentágono los bloqueó. El enemigo se desactualizó a detonadores más primitivos: no puedes intervenir un cable. El año pasado se informó de que los talibanes habían desarrollado AEI sin metales, lo que los hacía indetectables: en lugar de dos hojas de sierra y cartuchos de artillería, comenzaron a usar hojas de grafito y nitrato de amonio.  Si tienes una infantería uniformada y tanques y portaviones y cazas, eres demasiado débil para enfrentarte a una hiperpotencia. Pero si tienes cabreros analfabetos con un cable y sierras y fertilizante, puedes retenerla durante una década. Un AEI es un artefacto explosivo “improvisado”. ¿Podemos improvisar todavía? ¿O es que el ejército más generosamente subvencionado asume que se puede permitir el lujo de rechazar adaptarse al mundo en el que está viviendo?

En la primavera de 2003, en una autopista desierta entre la frontera jordana y la ciudad de Rutba, me crucé con mi primer tanque iraquí quemado, unos restos carbonizados tirados fuera de la calzada. Aparqué, caminé alrededor de él y me pregunté por la suerte de los hombres que había en su interior. Parecía en cierto modo patético que, enfrentándose a una invasión de los Estados Unidos, estos reclutas iraquíes se hubiesen preocupado en subir y ponerse en marcha a dondequiera que fueran cuando la muerte les llovía de las estrellas, o Diego García, o Missouri. Y, sin embargo, incluso entonces recordé las palabras del gran estratega de la guerra armada, Basil Liddell Hart: “La destrucción de las fuerzas armadas del enemigo no es más que un medio –y no necesariamente uno inevitable o infalible– para conseguir el objetivo real”. El objetivo de la guerra, escribió Liddell Hart, no es destruir los tanques enemigos, sino destruir su voluntad.

En su lugar, América se ha enamorado de la tesis de Thomas Friedman, promulgada por el gran pensador del New York Times en enero de 2002: “A pesar de todas las habladurías sobre los cacareados luchadores afganos, esta guerra era una guerra entre los Supersónicos y los Picapiedra, y los Supersónicos ganaron y los Picapiedra lo saben”.

Pero no fue así. No sabían que les estaban atacando. Porque no lo estaban. Porque no destruimos su voluntad, como hicimos con los alemanes y los japoneses hace dos tercios de siglo y como sin duda no volveríamos a hacer si estuviésemos luchando hoy en la Segunda Guerra Mundial. No se trata de un argumento para tirar bombas nucleares o realizar bombardeos de saturación, sino para una buena perspicacia. Al preguntarle cómo reaccionaría si el ejército británico invadiese Alemania, Bismarck dijo que enviaría a la policía local para que los arrestase: un inteligente sarcasmo teutón frente al modesto tamaño de las fuerzas de Su Majestad Británica. Pero de eso se trata: los británicos conseguían mucho con poco; en el apogeo de su imperio, un número insignificante de anglo-celtas controlaba la totalidad del subcontinente indio. Una cultura segura de sí misma puede dominar grandes cantidades de gente, como hizo Inglaterra en la mayor parte de la historia moderna. Por el contrario, en la era de la Desilusión Masivamente Aplicada, gastamos una fortuna en ir a la guerra con una mano atada a nuestras espaldas. El Complejo Militar Industrial Operativo Global del Cuarenta y Tres por Ciento no es lo suficientemente grande como para fracasar, pero tal vez sea demasiado grande para ganar: como nuestros enemigos saben. Así nos tambaleamos, con instituciones de la Guerra Fría, sensibilidades transnacionales, oficiosidades políticamente correctas, construcción de pseudo-naciones fraudulentas, trastos caros, poca voluntad y sin objetivos de guerra... pero vidas americanas reales. “Estos colores no se destiñen”[1], dice una camiseta. Pero, privada de intenciones nacionales, se decoloran en un borrón gris en un lejano horizonte. Sesenta y seis años después del día de la Victoria sobre Japón, el modo de guerra americano necesita ser reinventado de pies a cabeza.

Traducido por César Guarde
(Texto original publicado en National Review, 6 de junio de 2011) 


[1] Se refiere a los colores de la bandera estadounidense [N.d.T.].