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“El Islam es el Islam, y eso es todo”

La Primavera Árabe no está siendo manipulada

por Andrew C. McCarthy[1]

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Ese tumulto indeleblemente apodado “la Primavera Árabe” en Occidente, tanto por los crédulos como por los calculadores, es más fácil de entender en cuanto pillas un par de ideas. Primero, que el hecho más importante en el mundo árabe –al igual que en Irán, Turquía, Paquistán, Afganistán y otros territorios no árabes vecinos– es el Islam. No es la pobreza, el analfabetismo o la falta de instituciones democráticas modernas. Éstas, como el antisemitismo, el antiamericanismo y la propensión insular a tragarse teorías conspiranoicas protagonizadas por malvados infieles, son efectos de la hegemonía regional y de la tendencia supremacista del Islam, no las causas de él. Uno no tiene por qué dejarse llevar por aquello que llena el aire que respira.

El segundo hecho es que el Islam constituye una civilización diferente. No es simplemente una salpicadura exótica sobre el enorme mosaico global con unas cuantas excentricidades culturales aberrantes; es un modo de entender el mundo totalmente diferente. Nos aferramos a esta verdad que define nuestra satisfacción sobre el-fin-de-la-historia. Cautivados por la misma diversidad, hemos perdido la capacidad para comprender una civilización cuya idea de la diversidad se resume en coaccionar a los distintos pueblos a la obediencia y a sus normas contra la evolución.

Así que nos ponemos a rehacer el Islam a nuestra propia y progresista imagen: la noble y ante todo tolerante Religión de Paz. Miniaturizamos los elementos de la ummah (la comunidad nocional global de musulmanes) que se niegan a seguir este programa: se les asignan etiquetas que gritan “¡marginales!”: islamista, fundamentalista, salafista, wahabista, radical, yihadista, extremista, militante y, por supuesto, musulmanes “conservadores” que siguen el “Islam político”.

En consecuencia, pretendemos que los musulmanes que invocan fielmente la escritura islámica en el curso de su imposición por la fuerza de los dictados de la sharia clásica –el sistema legal y político islámico– se dedican a “actividades anti-islámicas”, como dijo de manera inolvidable la anterior secretaria de estado de interior británica, Jacqui Smith. Cuando la campaña de islamización en curso se lleva a cabo a través de la violencia, como ocurre inevitablemente, insistimos de forma absurda en que esta agresión no puede haber sido motivada ideológicamente, sino que seguramente alguna política americana o algún acto de autodefensa israelí es el culpable, como si éstos pudieran ofrecer una explicación racional a la yihad asesina de los musulmanes de Boko Haram contra los cristianos nigerianos y de los musulmanes egipcios contra los coptos, la persecución de la secta Ahmadi por los musulmanes indonesios y paquistaníes o la masacre de suníes en Irak por parte de chiitas, y viceversa –una tradición casi tan antigua como el mismo Islam–, que ha comenzado de nuevo tras la reciente retirada de las tropas americanas.

La lección principal de la Primavera Árabe debería ser que esta reelaboración del Islam ha ocurrido únicamente en nuestras mentes, para consumo propio. Los musulmanes de Oriente Medio no prestan atención a nuestra recreación del Islam, siendo, principalmente, ora hostiles ora ajenos a las propuestas occidentales. Los musulmanes no se comparan con las percepciones occidentales, aunque los más sagaces prestan atención a nuestra entusiasta actitud acomodacionista al determinar qué tácticas serán las mejores para la causa.

Esa causa es, ni más ni menos, que la dominación islámica.

“El problema de fondo para Occidente no es el fundamentalismo islámico”, escribió Samuel Huntington. “Es el Islam, una civilización diferente cuya gente está convencida de la superioridad de su cultura”. No convencidos simplemente en el sentido pasivo de que, al final, triunfarán, sino que los líderes musulmanes están impulsados por lo que entienden como una misión divina de proselitismo, un proselitismo no limitado a los principios espirituales, sino que abraza un código social multiuso prescribiendo normas para todo, desde la guerra y las finanzas hasta la interacción social y la higiene personal. El historiador Andrew Bostom señala que, en la época de la Primera Guerra Mundial, incluso mientras el Imperio Otomano se colapsaba y Atatürk, simbólicamente, deshacía el califato, C. Snouck Hurgronje, el entonces más importante especialista occidental en el Islam, se maravillaba de que los musulmanes confiaran ampliamente en lo que él llamaba la “idea de una conquista universal”. En el momento más terrible del Islam, esta convicción permaneció como “un punto central de unión contra lo infiel”. Algo mucho más amenazante con el ascenso islámico actual.

Por supuesto, el saber popular en Occidente sostiene que la Primavera Árabe ardió espontáneamente cuando Mohamed Bouazizi, un vendedor de frutas, se prendió fuego frente a las oficinas de los clepto-policías tunecinos que habían requisado sus mercancías. Esta protesta suicida, cuenta la historia, incitó a una revuelta generalizada contra la corrupción y los caprichos de los déspotas árabes. Una tras otra, las fichas de dominó comenzaron a caer: Túnez, Egipto, Yemen, Libia, con resonancia en Arabia Saudí y Jordania, al igual que en la tambaleante  Siria y el vetusto Irán. Hemos de creer que la masa se levantó en una inequívoca manifestación de “deseo por la libertad” que, según el presidente George W. Bush, “reside en el corazón de cada ser humano”.

Esa proclama llegó en los embriagadores días de 2004, cuando el proyecto democrático era todavía un sueño panglosiano, no la caja de Pandora que resultó ser en cuanto los partidos islámicos comenzaron a ganar las elecciones. Como su sucesor, la administración Bush disuadió toda investigación en relación a la doctrina islámica por quienquiera que desease comprender la enemistad musulmana, entregándose a la ficción de que hay algo que podemos hacer para cambiarla. Inexorablemente, esto ha alimentado la ficción preferida del Presidente Obama –que debemos de haber hecho algo para merecer esa enemistad– al igual que la enérgica objeción de la actual administración a pronunciar la palabra “Islam” para cualquier propósito que no fuera la hagiografía. En esta ignorancia autoinfligida, la mayor parte de los americanos siguen sin saber que hurriya, la palabra árabe para “libertad”, connota la “esclavitud perfecta” o la sumisión absoluta a Alá, prácticamente lo contrario al concepto occidental. Incluso si asumimos la dudosa proposición de que todo el mundo ansía la libertad, el Islam y Occidente nunca se han puesto de acuerdo en lo que significa libertad.

La primera acusación de los musulmanes contemporáneos a los dictadores de Oriente Medio no es que hayan negado la libertad individual, sino que han reprimido el Islam. Esto no quiere decir que otras quejas sean irrelevantes. Los musulmanes, ciertamente, están disgustados con el modo en que sus Arafats, Mubaraks, Qaddafis y Saddams han saqueado sus erarios mientras las masas vivían en la miseria. Pero las acumulaciones de riqueza y otras hipocresías de los regímenes son calificadas por las masas, más bien, como pecados contra la ley de Alá, antes que corrupciones inevitables del poder absoluto. Las personalidades e instituciones más influyentes en las sociedades islámicas son aquellas reverenciadas por su dominio de la ley y jurisprudencia islámicas, autoridades como el principal magistrado de los Hermanos Musulmanes, Yusuf al-Qaradawi, y la Universidad al-Azhar del Cairo, punto de aprendizaje suní durante casi un milenio. En los lugares en los que el Islam es el hecho vital central, incluso los musulmanes que desestiman la sharia en privado se esfuerzan en honorarla públicamente. Hasta los regímenes que gobiernan a su antojo asienten ante la sharia como eje central de sus sistemas legales, ajustan su retórica con alusiones a la Escritura y buscan racionalizar sus acciones como islámicamente apropiadas.

Si comprendes esto, comprenderás por qué las creencias occidentales sobre la Primavera Árabe –y la presunción occidental de que la muerte de un tirano debe anunciar el nacimiento de la libertad– han sido siempre una alucinación. Hay demócratas reales, musulmanes realmente moderados y no musulmanes en lugares como Egipto y Yemen que desean una libertad en el sentido occidental; pero la perseverante realidad es que representan una fracción sorprendentemente pequeña de la población: sobre un 20%, un lamento alejado de la narrativa occidental que propone un mar de musulmanes moderados salpicados por el raro atolón radical.

Los  Hermanos Musulmanes son la organización más importante de la ummah, proclamando imperturbablemente durante casi 90 años que “el Corán es nuestra ley y la yihad nuestro camino”. Hamas, una organización terrorista, es su ramificación palestina, y las personalidades principales de los Hermanos hacen poco para disfrazar su repulsión a Israel y a la cultura occidental. Así que, cuando la fiebre primaveral se apoderó de la Plaza Tahrir, la administración Obama, los gobiernos europeos y los medios occidentales repitieron incansablemente el mantra de que los Hermanos habían sido relegados a un segundo plano. Supuestamente, el tiempo había dejado atrás a los islamistas, mientras Mubarak pasaba a ocupar el espejo retrovisor. Sin duda, la muchedumbre de Tahrir quería la autodeterminación, no la sharia. No te preocupes por los fanáticos cantos de Allahu akbar! mientras caía el dictador. No te preocupes por el hecho de que Sheikh Qaradawi fuese adecuadamente acomodado en la plaza para dar un fiero sermón de viernes a una congregación de casi un millón de egipcios.

Con un gobierno militar de transición en su lugar y abiertamente solícito a los Hermanos, tuvo lugar la más decisiva, la más decisivamente nunca denunciada y la más deliberadamente mal informada historia de la Primavera Árabe: un referéndum nacional para determinar el programa electoral que seleccionaría un nuevo parlamento y presidente, seguidos de una nueva constitución. Suena aburrido, pero fue crucial. Las facciones más organizadas y disciplinadas de la vida egipcia son los Hermanos y los autoproclamados grupos islámicos, incluso más impacientes por la islamización, identificados colectivamente por los medios como “salafistas”, aunque este término no los distinga en realidad de los Hermanos, cuyo fundador (Hassam al-Banna) fue el pensador salafista más importante. Por otro lado, los reformadores demócratas seculares están en pañales. Unas elecciones programadas en tan poco tiempo favorecerían, obviamente, a los primeros; los otros necesitan tiempo para asentarse y crecer.

Como es costumbre en Egipto, la campaña electoral se llenó de retórica de solidaridad religiosa y cultural. Un voto contra una rápida transición fue presentado como un voto “contra el Islam” y en favor de las pavorosas manos occidentales, las cuales, se decía, guiaban a los cristianos y secularistas. El voto era la prueba perfecta para la narrativa de la Primavera Árabe.

Cuatro a uno. Así es como quedó. Los demócratas fueron eliminados por los partidos musulmanes, 78% a 22%. Si bien los oficiales occidentales desestimaron el voto como un programa lleno de misterio, predijo todo lo que pasaría: el revolcón electoral en las elecciones parlamentarias, una aventura en varias etapas en la que los Hermanos y los salafistas se aproximan al control de tres cuartas partes de la legislatura; el pogromo en curso contra los coptos; y los crecientes intentos de renunciar al Acuerdo de Camp David, que ha mantenido la paz con Israel durante más de 30 años.

Cuatro a uno, en realidad, es una buena proporción para examinar el desarrollo islámico. En un sondeo en 2007 del World Public Opinion, en colaboración con la Universidad de Maryland, el 74% de los egipcios estaban a favor de la aplicación estricta de la sharia en los países musulmanes. En Marruecos fue de un 76%, en Paquistán de un 79% y en la moderada Indonesia de un 53%. Antes de que las fuerzas americanas desalojaran Irak, prácticamente tres cuartas partes de la gente que habían liberado los consideraban como objetivos legítimos de la yihad y, ante la oportunidad de votar, los iraquíes constituyeron partidos islámicos que prometieron acelerar el final de la “ocupación” americana. Tres de cada cuatro palestinos niegan a Israel su derecho a existir. Incluso en nuestro propio país, un sondeo reciente descubrió que el 80% de las mezquitas americanas promocionan literatura que defiende una yihad violenta y que estas mismas mezquitas abogan por el cumplimiento riguroso de la sharia.

La Primavera Árabe es el desencadenamiento del Islam, no un estallido de fervor por la libertad en el sentido occidental. Recep Erdogan, el primer ministro turco ya en su tercer mandato, un acérrimo aliado de los Hermanos que rechaza la idea de que hay un “Islam moderado” (“El Islam es el Islam, y eso es todo”, dice), declaró en una ocasión que “la democracia es un tren del que puedes bajarte cuando alcanzas tu destino”. El destino de los supremacistas musulmanes es la implantación de la sharia: los cimientos de cualquier sociedad islámica y, con el tiempo, del califato restablecido.

La duración del viaje depende de las circunstancias particulares de cada sociedad. La Turquía de Erdogan se ha convertido en el modelo de gradualismo islámico en ambientes más desafiantes: lento, pero con paso firme hace que la nación se incline ante el cumplimiento de la sharia, mientras niega cualquier intento de estar haciéndolo y canta los himnos obligatorios a la democracia. Erdogan llegó a esta fórmula tras no pocos contratiempos: ahora es raro escuchar arrebatos como “Las mezquitas son nuestros barracones, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los fieles nuestros soldados”, las cosas que solía decir a finales de los noventa cuando fue encarcelado por sedición contra el orden secular de Atatürk. Su partido del Bienestar, prohibido, reemergió por fin como el nuevo AKP, preparado para la democracia, el partido de la Justicia y el Desarrollo. Desde que la arbitrariedad de la ley electoral turca puso a estos islamistas en el poder en 2002, Erdogan ha minado, cautelosa pero manifiestamente, el marco conceptual secular que Atatürk y sus seguidores se pasaron construyendo durante 80 años, devolviendo a este aparente aliado de la OTAN al campo islámico, haciéndolo pasar de una creciente amistad a una hostilidad abierta hacia Israel, incorporando a los militares que fueran el baluarte de Atatürk contra la islamización y salpicando las principales instituciones del país con supremacistas islámicos.

El modelo turco será el billete de entrada para los partidos de los Hermanos que acaban de vencer en las elecciones de Túnez y Marruecos. En Túnez, Rachid Ghannouchi, un cauteloso islamista en la línea de Erdogan, lidera el partido Ennahda, elegido convincentemente en octubre para controlar la legislatura que reemplazará al desbancado gobernador Zine el-Abidine Ben Ali. En Marruecos, un partido islamista cuyo homónimo es el AKP, ganó las últimas elecciones, pero la subsiguiente islamización va a ser lenta. En lugar de haber sido destituido, el rey Mohammed VI sigue siendo popular, habiendo sabido equilibrar su afinidad por Occidente con su deferencia hacia las normas de la sharia. No obstante, los islamistas marroquíes están realizando incursiones significativas, al igual que sus vecinos al este. Los islamistas de Algeria están a punto de acceder al poder esta primavera tras un golpe militar frustrado que bloqueó lo que podría haber sido su seguro éxito electoral en 1991.

Egipto, por otro lado, avanzará rápidamente. Allí, el desarrollo más representativo no es la debilidad de los demócratas seculares, sino la impresionante fuerza electoral de los salafistas. Sus números están a la altura de los de los más conocidos Hermanos y arrastrarán a sus rivales agresivamente hacia una dirección mucho más islamista. En vano esperaba Occidente que las fuerzas armadas entrenadas y equipadas por los americanos sirvieran de freno. Pero los militares egipcios, de donde han salido muchos altos operativos de al-Qaeda, son el reflejo de la sociedad egipcia, especialmente a medida que se desciende hasta los reclutas de bajo rango. La innegable tendencia en la sociedad egipcia es el Islam. Esa tendencia es aún más descarada en casos perdidos como Libia, donde cada día trae una nueva evidencia de que los “rebeldes” que ahora gobiernan incluyen a los yihadistas que ayer fueran de al-Qaeda; y en Yemen, el hogar de los antepasados de Osama bin Laden, donde incluso el New York Times reconoce la fuerza de al-Qaeda.

Dirigidos por los Hermanos Musulmanes, los partidos islámicos se han especializado en presentarse a sí mismos como moderados diciendo a Occidente lo que quiere oír, mientras atrapan gradualmente a las sociedades en la red de la sharia, bien rápida bien lentamente, según lo permitan las condiciones del terreno. Saben que cuando Occidente dice “democracia”, significa elecciones populares, no cultura democrática occidental. Saben que Occidente ha glorificado tanto estas elecciones que los vencedores pueden robarles (Irán), rechazar el renunciar al poder tras haberlo perdido (Irak) o negarse a realizar más elecciones (Gaza) sin perder su legitimidad. Saben que tomar el manto de la “democracia” muestra a los islamistas como los héroes de Occidente en los dramas que continúan desarrollándose en Egipto, Libia y Siria. Saben que la administración Obama y la Unión Europea se han engañado a sí mismas haciéndose creer que los islamistas serían domesticados por las responsabilidades de gobierno. Una vez en el poder, sin duda harán del antiamericanismo virulento su política oficial y contribuirán materialmente al objetivo panislámico de destruir Israel.

No hay que hacerse suposiciones de porqué las cosas están ocurriendo de esta manera. La Primavera Árabe no está siendo manipulada más de lo que el Islam lo ha sido por los terroristas suicidas del 11-S. El Islam está resurgiendo porque así lo quieren los musulmanes de Oriente Medio.

 

Traducción de César Guarde

(Publicado originalmente en National Review, 23/01/2012, pp. 40-42)



[1] Mr. Andrew McCarthy, socio veterano del National Review Institute, es el autor del reciente The Grand Jihad: How Islam and the Left Sabotage America.