Friday, 22. September 2017

Visitantes

1198667

Búsqueda

AGON en Facebook

Compártenos

Share to Facebook Share to Twitter Share to Linkedin Share to Myspace Share to Delicious Share to Google 

Compartir

La Iglesia del Gran Gobierno

El Leviatán está royendo tu libertad religiosa.

 

Por MARK STEYN

 

NR_Obama

 

Discutiendo la constitucionalidad de las medidas de “salud preventiva” del Obamacare en MSNBC, Melinda Henneberger del Washington Post dijo a Chris Matthews que ella razona de esta manera con sus amigos liberales: “Tal vez los Fundadores estaban equivocados al garantizar el libre ejercicio de la religión en la Primera Enmienda, pero lo hicieron”.

Tal vez. Muchos de esos tipos constitucionales en el mundo occidental se sienten cada vez más cómodos a la hora de circunscribir la libertad religiosa. En 2002, se enmendó la constitución sueca para criminalizar la crítica a la homosexualidad. “Faltar al respeto” de los que tuvieran una orientación diferente se volvió punible con hasta dos años de cárcel y, una falta de respeto “especialmente ofensiva”, con hasta cuatro años. Podo después, el pastor Ake Green dio un sermón aludiendo a los más robustos versos de las Escrituras y fue condenado por “crímenes de odio” por hacerlo.

En cambio, la Constitución Irlandesa de 1937 reconoció “la posición especial de la Sagrada Iglesia Católica, Apostólica y Romana como la guardiana de la Fe”. Pero los tiempos cambian. En 2003, el Vaticano emitió un meditabundo documento sobre las uniones homosexuales. El Concilio Irlandés de Libertades Civiles advirtió a los obispos católicos que el simple hecho de distribuir el comunicado podría ser motivo de acción judicial bajo el Acta de Incitación al Odio de 1989 y seis meses en el trullo.

En Canadá, Hugh Owens montó un anuncio en el Saskatoon Star-Phoenix, y tanto él como el periódico acabaron siendo multados con 9.000 dólares por “exponer a los homosexuales al odio o al ridículo”.

Aquí está el texto completo del ofensivo anuncio:

   Romanos 1:26
   Levítico 18:22 y 20:13
   I Corintios 6:9
 

 Esto es todo. El Sr. Owens citó capítulo y verso: y nada más. Pero fue suficiente para el Tribunal de “Derechos Humanos” de Saskatchewan. El periódico aceptó la multa; el Sr. Owens apeló. Eso fue en 1997. En 2002, la Corte del Tribunal de la Reina ratificó la sentencia. El Sr. Owens apeló de nuevo. En 2006, la Corte de Apelación revocó la decisión. En esta ocasión la Comisión de “Derechos Humanos” apeló. La corte suprema de Canadá  escuchó el caso el pasado otoño y emitirá su veredicto en algún momento a lo largo de este año: o una década y media después de la condena original del Sr. Owens. Realmente no importa demasiado en qué dirección se pronuncien sus Señorías. Si intentases poner el mismo anuncio hoy en el Star-Phoenix o cualquier otro periódico canadiense, todos ellos lo rechazarían cortésmente. Así que, en la práctica, el Tribunal de “Derechos Humanos” ha alcanzado su objetivo: ha congelado satisfactoriamente el espacio público de expresión religiosa –y, en última instancia, de “ejercicio de la religión”–.

En la era moderna, América había sido diferente. Era la última nación religiosa en el mundo occidental, la última en la cual una mayoría de la población son (más o menos) creyentes practicantes y (en cierto modo) asistentes regulares a la iglesia. El “libre ejercicio”  –o la libertad de mercado– permitía a la religión prosperar. En otras partes, la iglesia establecida, fuera de jure (la Iglesia de Inglaterra, la Iglesia de Dinamarca) o de facto (como en la Italia y España católicas), hizo por la religión lo que el monopolio estatal hizo por la industria automovilística inglesa. Mientras las iglesias Episcopal y Congregacionista degeneraban en un  montón de blandengues peleles atormentados por la duda, los americanos se marchaban a otro lado. Mientras la Iglesia Luterana de Suecia sufría una decadencia institucional similar, los suecos abandonaron completamente a Dios.

Sin embargo, esta distinción no debería oscurecer una importante verdad: que, en América como en Europa, las iglesias dominantes animaban al ascenso de su usurpador, la Iglesia del Gran Gobierno. En lugar de la iglesia estatal del Viejo Mundo o la separación entre iglesia y estado del Nuevo Mundo, la mayor parte de Occidente cree ahora en el estado como iglesia: una deidad todopoderosa que proporciona cuidados diarios a tus bebés y te saca a tus ancianos padres de encima. La jerarquía católica de América, en particular, se confabuló en la redefinición de la agotadora obligación individual de la caridad cristiana como la garantía universal indolora del estado de bienestar. El mismísimo Barack Obama ha proporcionado la más pulcra síntesis de esta conveniente transformación cuando declaró, en un publi-reportaje unos días antes de su elección, que su “creencia fundamental” era que “soy el cuidador de mi hermano”.

De vuelta a Kenia, su hermano vivía en una chabola con 12 dólares al año. Si Barack es el cuidador de su hermano, ¿por qué no puede meter uno de diez y un par de uno en un sobre y doblar los ingresos del tío? Ah, bueno: cuando el presidente afirma que “soy el cuidador de mi hermano”, lo que quiere decir es que el gobierno debe ser el cuidador de su hermano. Y, en general, la Iglesia Católica aceptó. Estaban fervorosos con Obamacare. Parece que nunca se les ocurrió que, si montas una campaña por asistencia sanitaria estatal, al estado le tocará definir qué es la asistencia sanitaria.

Según esa espuria cita de Chesterton, cuando los hombres dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada; creen en cualquier cosa. Pero, en la práctica, esa cualquier cosa en la que la mayor parte de Occidente cree ahora es el gobierno. Tal y como lo vio Tocqueville, lo que previene al “estado popular” de decaer en un “estado despótico” es la fuerza de las instituciones intermediarias entre el soberano y el individuo. Pero en el curso del s. XX, las instituciones intermediarias, los pilares independientes de la sociedad libre, han sido gradualmente cortados: desde la iglesia a las asociaciones civiles a la familia. Poca cosa queda ahora entre el individuo y el soberano, que es por lo que éste último asume el derecho a entrometerse en cada aspecto de la vida diaria, incluyendo los suministros que un presidente de un instituto católico hace para el DIU de su secretaria.

Hace siete años, George Weigel publicó un libro llamado “Política sin Dios: Europa y América, el cubo y la catedral”, cuyo título contrasta dos puntos de referencia parisina: la Catedral de Notre Dame y el cubo gigante modernista de La Grande Arche de la Defense, encargado por el presidente Mitterrand para marcar el bicentenario de la Revolución Francesa. Mientras se alardea de La Grande Arche, toda la catedral, incluyendo sus chapiteles y torre, encajaría fácilmente dentro de la fría geometría del cubo de Mitterrand. En Europa, el cubo –el estado– se ha tragado la catedral –la iglesia–. He mantenido conversaciones con unos cuantos oficiales directivos de la UE en los últimos años en las cuales los cinco desplegaron casualmente la frase “Europa post-cristiana” o “futuro post-cristiano”, y lo decían con aprobación. Estos hombres sostienen que la fe religiosa es incompatible con una sociedad progresista. O como Alastair Campbell, el obsesivo tergiversador público de Tony Blair, dijo en una ocasión, cortando al primer ministro antes de que pudiera responder a una pregunta del entrevistador sobre su fe religiosa: “No sacamos el tema de Dios”.

Por el momento, los políticos americanos siguen sacando el tema de Dios y es cierto que si no se les ve sacándolo a relucir esto se convierte, de alguna forma, en una desventaja en el escenario nacional. Pero en privado muchos demócratas están de acuerdo con esos europeos “post-cristianos”, y en público legislan de esa forma. Las palabras importan, como el entonces-senador Barack Obama nos informó en 2008. Y, como presidente, su elección de palabras ha sido reveladora: él prefiere, se nota, la fórmula “libertad de culto” antes que “libertad de religión”. Ejemplo: “Somos una nación que garantiza la libertad de culto que uno elija”. (El presidente tras los asesinatos de Fort Hood en 2009). Er, no, “somos una nación que garantiza” bastante más que eso. Pero la prestidigitación retórica de Obama prefigura el edicto de la comisaria Sebelius, bajo el cual “libertad religiosa” –i.e., la libertad a negarte a facilitar condones, esterilización y aborto farmacológico– se reduce a esas instituciones dedicadas a la enseñanza religiosa para creyentes afiliados.

Ésta es una visión de la religión muy euro-secularista: se tolera como club de miembros privados para adultos que lo acepten. Pero no confundáis “libertad de culto” por una hora o así el domingo por la mañana con cualquier tipo de afiliación extensible al resto de la semana. Puedes ser un godomita practicante siempre y cuando (per  Sra. Patrick Campbell) lo hagas en la calle y asustes a los caballos. Los obispos americanos no son el cuerpo de hombres más impresionante incluso si uno quita a los paletos explícitamente Obamáfilos entre ellos, y han aprobado inconscientemente esta atenuada visión de la “libertad” religiosa.

La Iglesia Católica es la más antigua entidad operando de forma continua en el mundo occidental. El uso más antiguo de la marca registrado aparece por vez primera en la carta de San Ignacio a los Esmirneanos, cerca del año 110 d.C. –eso es hace 1902 años––: “Dondequiera que Jesucristo esté”, escribe Ignacio, “allí está la Iglesia Católica”, un uso que sugiere que sus lectores ya estaban familiarizados con el término. La “libertad de culto” de Obama invierte a Ignacio: dondequiera que esté la Iglesia Católica, allí está Jesucristo –en un pintoresco edificio con algo de música coral, un par de salmos y una ligera homilía sobre la necesidad de “justicia social” y acción ante el “cambio climático”–. Los obispos suplican, No, no, no os olvidéis tampoco de nuestros institutos y hospitales. En un jardín del Edén sexual, los últimos chicos en devorar los otrora prohibidos frutos son los que piden la hoja de higuera. Pero tampoco es ésta una definición de “religión” que Ignacio hubiese reconocido. “Katholikos” significa “universal”: la Iglesia no puede estar de acuerdo con los confines que Obama desea imponer y seguir siendo, en modo alguno, católica.

Si crees que el dueño católico de un aserradero o un negocio de software debería estar tan libre de la coacción estatal como un instituto católico, el término “libertad de pensamiento” es más relevante que “libertad de religión”. Ante todo, hace menos fácil a los medios seculares presentar este tema como el de una recalcitrante institución fuera de lugar ante el progresismo moderno. La NPR envió a su periodista Allison Keyes a una “típica” iglesia católica en Washington, D.C., donde encontró fieles reticentes a seguir a sus obispos. Según un hombre (o, más a menudo, mujer), les disgustaba “el modo en que la Iglesia se mete en  debates políticos”. Pero, si los anticonceptivos y el aborto y la concepción y el parto y la castidad y la fidelidad y la moralidad sexual son ahora “política”, ¿qué le queda entonces a la religión? Antes, a finales del  siglo primero, Ignacio se metió lo suficiente en “debates políticos” como para acabar siendo devorado por los leones en el Coliseo. Pero sin duda los reprochantes oyentes de la NPR habrían deplorado el modo en que la Iglesia se había metido en el teatro.

Los obispos sucesores de Ignacio han optado por un fin innoble, aceptando ser mordisqueados hasta la muerte por el Leviatán. Incluso en sus objeciones a la administración Obama, los obispos aprueban la visión estatal de la iglesia: como algo separado y segregado de la sociedad, aunque más bien nominalmente. Recientemente, en el aeropuerto, me puse a hablar con una señora cuya compañía, un instituto católico, le había pagado una ligadura de trompas. ¿Por qué no aceptar esto como una más de esas áreas en las que uno tiene que dar su parte al César? Especialmente cuando el César ve la “asistencia sanitaria” como una fiesta de togas pagadas por el estado.

Pero en cuando el gobierno comienza (siguiendo la frase de la comisaria Sebelius) a “equilibrar la balanza”, nunca para. ¿Qué es lo siguiente? ¿Qué tal una prueba religiosa para los cargos públicos? Antiguamente,  las Actas de Prueba de Inglaterra obligaban a los que desempeñaban un cargo público a abjurar las enseñanzas católicas en asuntos tales como la transubstanciación y la invocación de santos. Hoy, en la Unión Europea, los que desempeñan cargos públicos tienen que abjurar las enseñanzas católicas en asuntos más importantes como el aborto y la homosexualidad. Los puntos de vista de Rocco Buttiglione sobre estos asuntos habrían sido totalmente insulsos para un católico italiano de hace medio siglo. En 2004, era suficiente para hacerlo inelegible para servir como comisionado europeo. Para el colegio de eurocardenales, un hombre como el Signor Buttiglione no tiene lugar en la vida pública. La zalamera indulgencia de la jerarquía católica sobre los fanáticos abortistas de Beltway y los disolucionadores matrimoniales en serie no es recíproca: la Iglesia del Gobierno castiga la apostasía incluso con más celo.

El estado ya no criminaliza la creencia en la transubstanciación, principalmente porque la mayor parte de la gente no tiene la menor idea de lo que es eso. Pero saben lo que es el sexo y, si el precio de la afirmación de Pierre Trudeau de que “el estado no tiene lugar en los dormitorios de la nación” es que el estado tiene que tomar un lugar todavía más grande en las iglesias e institutos y hospitales y agencias de seguros y pequeños negocios de la nación, ya les va bien. La expansión masiva en el mundo desarrollado de la libertad sexual ha proporcionado una tapadera muy útil al congelamiento de prácticamente todas las otras. Libertad de expresión, derechos de propiedad, libertad económica y el derecho a la autodefensa están siendo continuamente acosados por el Gran Gobierno. En Nueva York y California y en muchos otros lugares, la permisividad sexual es lo único para lo que no necesitas un permiso.

Incluso si discrepas profundamente con las predicciones del Papa Pablo VI de que el control artificial de la natalidad llevará a “la infidelidad conyugal y una reducción general de la moralidad”, la cosificación de la mujer y los gobiernos “imponiendo sobre su pueblo” métodos anticonceptivos aprobados por el estado, o incluso si piensas que todo era por dinero pero que el daño colectivo que ha hecho no supera la libertad individual que ha traído a muchos, debería preocuparte que para deslegitimizar dos milenios de enseñanza moral el estado esté dispuesto a entrometerse en los derechos centrales: derechos de propiedad, derechos de asociación, incluso derechos de conversación privada. En 2009, David Booker  fue expulsado de su trabajo en un hostal para los sin techo dirigido por la Sociedad de St. James de la Iglesia de Inglaterra tras una larga charla con una colega, Fiona Vardy, en la que mencionó por casualidad que no creía que a los vicarios se les debiera permitir casarse con sus parejas gay. La señorita Vardy no puso objeción alguna en ese momento, pero al día siguiente mencionó la conversación privada a sus superiores. Reconocieron la gravedad de la situación y actuaron inmediatamente, expulsando al señor Booker y anunciando que “se han tomado acciones para salvaguardar tanto a los residentes como al personal”. Si dejas que los ciudadanos privados vayan por ahí haciendo uso de su ejercicio libre de la religión en conversaciones privadas, a saber en qué acabará.

Y así, las gentes de Occidente están lo suficientemente ilustradas como para deshacerse de la atrofiante opresividad de la religión a cambio de un mundo en el que el estado regula cada aspecto de sus vidas. En 1944, en uno de los más terribles momentos del siglo, Henri de Lubac escribió una reflexión sobre la crisis de la civilización de Europa, Le drame de l’humanisme athee. Por “humanismo ateo”, se refería a una ideología y proyecto político por derecho propio. Como M. de Lubac escribió, “No es cierto, como en ocasiones se ha dicho, que el hombre no pueda organizar el mundo sin Dios. Lo que es cierto es que, sin Dios, sólo puede organizarlo contra el hombre”. El “humanismo ateísta” se convirtió en inhumanismo en las manos de los nazis y de los comunistas y, en su forma menos maligna, en la actual Unión Europea, un tipo de deshumanismo en el que una cultura del presente se entretiene hasta extinguirse. La “Europa Post-cristiana” es una burbuja de jubilados de 50 años, estudiantes de 30 años, salas de maternidad vacías... y una oleada de población que la sucederá ya impaciente por moverse más allá de sus guetos musulmanes.

Ahora mismo, el Islam infunde más respeto en público. En Gran Bretaña, los perros antiexplosivos de la policía llevan botines para buscar en las casas de supuestos terroristas musulmanes. ¿Asistencia sanitaria gubernamental? El Servicio Nacional de Salud de Escocia encareció a sus empleados a no ser vistos comiendo en sus oficinas durante el Ramadán. En los hospitales repletos de infecciones del Reino Unido, al personal se le pidió llevar manga corta para mejorar la higiene. Las enfermeras musulmanas dijeron que esto era irrespetuoso y se les permitió conservar sus largas mangas siempre y cuando se las remangasen y las lavaran cuidadosamente. Pero el lavado obligatorio es también irrespetuoso dado que requiere que las mujeres descubran sus brazos. Así que la burocracia le dio vueltas y les ofreció mangas desechables. Un respeto a las creencias sobrevive, al menos para ciertos grupos identitarios aprobados.

El irracionalismo del estado hiperracionalista debería ser ya evidente en todos los aspectos, desde la crisis de la eurozona hasta los últimos pronósticos de la Oficina de Presupuesto del Congreso: la paradoja de la Iglesia del Gran Gobierno es que desteta a la gente tanto del impulso familiar convencional como del propósito trascendente tradicional necesario para sostenerlo. ¿Así que cuál es el futuro de la Iglesia Católica Americana si acepta la camisa de fuerza de la “libertad de culto” de Obama? Al norte de la frontera, motoreando alrededor del otrora bastión católico de Quebec, pasarás cada par de millas una de las muchas, muchas iglesias provinciales, e invariablemente frente a ellas verás una prominente valla publicitaria con el eslogan “Notre patrimoine religieux — c’est sacre!” “Our religious heritage — it’s sacred!” [“Nuestro patrimonio religioso – ¡es sagrado!”]. Lo que traducido de la jerga estatista significa: “Nuestro patrimonio religioso – ¡se ha acabado!”. Pero ha dejado a cada comunidad de Quebec con un  gran montón de edificios prominentemente posicionados y no todos ellos pueden ser, como fueran Saint-Jean de la Croix de Montreal y el Couvent de Marie Reparatrice, convertidos en apartamentos de lujo de tres cuartos de millón de dólares. Así que para prevenir que se deterioren convirtiéndose  en céntricas monstruosidades, hay un programa subvencionado por el gobierno para preservarlos como fantásticos cascajos.

La “libertad de culto” de la administración Obama lleva al mismo y desalmado destino: una iglesia cuyas enseñanzas morales deben ser primeramente subordinadas a los caprichos del hiperregulador Leviatán y, luego, como en el Continente, volverlas incompatibles con los cargos públicos y, finalmente, como en ese refugio para los sin techo de Southampton, ser perseguidos incluso por aseveraciones privadas. Éste es el mundo que los obispos de la “justicia social” han creado. Lo que queda son los himnos y las vidrieras de colores y, luego, en el vacío, un mero eco:

El Mar de la Fe

Estuvo entonces, también, lleno, y redonda la ribera de la tierra

Descansaba como los pliegues de una luminosa faja recogida

Pero ahora sólo escucho

Su melancólico y lejano rugido, en retirada. . .

Traducción de César Guarde.

(Publicado originalmente en National Review, 5 de marzo de 2012, pp. 26-28).