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Desde Santurce a Bizancio

Jesús Laínz. Desde Santurce a Bizancio. El poder nacionalizador de las palabras. Encuentro, Madrid, 2011.

 

“Oyendo hablar a un hombre fácil es
acertar dónde vió la luz del sol;
si os alaba á Inglaterra, será inglés,
si os habla mal de Prusia, es un francés,
y si habla mal de España, es español”.
 
 J.M. Bartrina, Arabescos, XX, en Algo: colección de poesías originales,
Librería Española, Barcelona, 1874, reed. 1881, p. 154.

 

Jesús Laínz, conocido por sus anteriores trabajos sobre los desasosiegos provocados por los distintos nacionalismos en España, nos ofrece en esta ocasión un provocativo y desafiante recorrido por el mito atávico del nacionalismo europeo y la considerable influencia que el lenguaje, como vehículo de notable instrumentalización de estos nacionalismos, ha tenido en este proceso de Falschmünzerei. Desde Santurce a Bizancio, o mejor, desde Bizancio hasta Finisterre, resume no sin cierta ironía los embustes lingüísticos que gobiernos y asociaciones, en algunos casos individuos, han impuesto sobre las distintas sociedades europeas bajo la excusa del bien común y la unidad nacional perdida. El complejo de Astérix, que decía Duhamel.

Dividido en dos partes bien equilibradas y de agradable lectura, Laínz examina primero las vicisitudes de esta tragicomedia “a la europea”, desde las prohibiciones francesas de escupir y hablar bretón en las escuelas hasta las medidas lingüísticas sobre el Reichland de Alsacia y Lorena; la Guerra de los Ducados y otros conflictos iniciados por los anhelos expansionistas de la bestia alemana; las imposiciones rusas sobre Polonia, Finlandia, Lituania y Ucrania, y sus respectivas políticas de restauración lingüístico-étnica frente a noruegos, daneses, suecos o rusos; Irlanda y la lengua gaélica frente a las imposiciones inglesas, y así todo un sinfín de nacional(social)ismos que se extienden de una punta a otra de Europa, desde las Islas Británicas y los países nórdicos hasta Rumanía, Hungría, Bulgaria, Macedonia y Turquía, para concluir todo este recorrido con Yugoslavia. La novedad aquí es que la manipulación onomástica y la ingeniería toponímica no es peculiaridad única de España sino, antes bien, patrimonio esencial de los regímenes totalitarios europeos de corte socialista. No debe extrañar, pues, que la raíz de todo mal se encuentre en el eje Alemania-Rusia que habría de alimentar a las restantes potencias continentales.

Con esto queda cubierta Europa a excepción de España, a la que se le dedica la segunda parte. De nuevo recoge Laínz un interesante compendio de falsificaciones onomásticas y toponímicas a lo largo de toda la península, llevadas a cabo por los herederos de las ideologías totalitarias que recorrían entonces Europa y que echarían sus raíces en Cataluña para saltar rápidamente a otras partes de la Península y a sus islas. Pero permítasenos un breve inciso. Uno de los grandes logros de Laínz, entre los muchos que pueblan el más de medio millar de documentadas páginas de este libro, es ofrecer una visión de conjunto y contextualizada del fenómeno de “manipulación” o, como jocosamente lo denomina Amando de Miguel, su prologuista, de “pediculación lingüística”. Cabe hacerle una precisión al autor, pues a este contexto europeo en el cual sitúa la España contemporánea debe serle añadido otro, para así a su vez contextualizar el primero: De Origine et situ Germanorum, más conocida como Germania.

Esta obra etnográfica y, por tanto, racial escrita por el historiador Tácito en el año 98 ofrecía un interesante contraste entre las virtuosas y castas tribus germanas y la decadente Roma de Domiciano y Nerva. Sin embargo, la obra se perdió y no fue recuperada hasta el s. XV cuando el coleccionista Niccolo Niccoli encontró varios textos perdidos de Tácito en una abadía alemana. Corría el año 1425. Las copias no tardaron en producirse y, en menos de medio siglo, los ciudadanos del otrora Sacro Imperio Romano comenzaban ya a llamarse a sí mismos “Germanii”. El “humanismo” germano había nacido o, según ellos, renacido, puesto que ahora se trataba de recuperar la verdadera esencia germana que Tácito enfrentó a los latinos. No en vano, y como dice Tácito al principio de su obra, “Germania” era el nombre original, el arquetipo del pasado glorioso que los nacionalismos anhelarían en los siglos siguientes. La falsificación onomástico-toponímica acababa de comenzar.

A partir de este momento –nos hallamos ya en el s. XVI– toda la Europa occidental se entrega lujuriosa al sueño de la bestia germana. Alemania exporta también su modelo a Francia, donde el antiespinozista Henri de Boulainvilliers escribirá su Essai sur la noblesse de France (1732): los franceses nobles remontan sus orígenes a los germanos de la Baja Renania, los francos, mientras las capas más bajas de la sociedad proceden de los celtas. Lo mismo sucederá en toda la Europa adyacente: en Inglaterra serán los normandos; en Italia los ostrogodos; en España, visigodos y arios. Incluso la Europa Oriental se fija en la salvaje y heroica bestia asiática. El modelo penetra en España desde Francia a través de Barcelona, a donde regresa Pompeu Gener tras educarse germánicamente en la Société d’Anthropologie de París. Aquí escribe un importante texto, Heregías. Estudios de crítica inductiva sobre asuntos españoles (1887; su título proviene del griego, lengua en la cual hairesis significaba “preferencia” u “opinión particular”, es decir, no ortodoxa), en el que demuestra la permeabilidad de las tesis germánicas con perlas dignas del futuro nacionalsocialismo alemán:

“Vamos dudando hace ya algún tiempo que la mayoría de España sea capaz de progreso á la moderna. Sólo en las provincias del Norte y del Nordeste hemos visto verdaderos elementos, en la raza, y en la organización del pais, que permitan esperar el desarrollo de una cultura como la de las naciones indogermánicas de origen. En el Centro y en el Sur, exceptuando varias individualidades, hemos notado, que, por desgracia, predomina demasiado el elemento semítico, y más aún el pre-semítico ó bereber con todas sus cualidades: la morosidad, la mala administración, el desprecio del tiempo y de la vida, el caciquismo, la hipérbole en todo [...] Diríase que al echar á los moros, los astures y los castellanos viejos á medida que avanzaban iban siendo presa del espíritu africano. Los sarracenos perdían terreno pero ganaban influencia. Así Castilla la nueva se sobrepuso á la vieja, y á Castilla Andalucía, y á Andalucía el elemento ajitanado, y este á toda España.

Nosotros que somos indogermánicos, de origen y de corazón, no podemos sufrir la preponderancia de tales elementos de razas inferiores, ni la de sus tendencias, y por tanto tenemos un orgullo en disentir de ellos, en diferenciarnos de tales mayorías, en ser heresiarcas ante una tal ortodoxia” (pp. 14-15).

Éstas y otras son las necrosis que afectan a la inferior raza española, diferente de la catalana en cuanto que aquella está manchada por bereberes (negros), mongoles (asiáticos) y judíos (p. 239), pero también, como en el caso de los franceses, por celtas. Así lo afirmaba Pere Bosch-Gimpera, rector de la por aquel entonces llamada Universidad Autónoma de Barcelona en los años 30 y discípulo de Gustaf Kossinna, ideólogo de las tesis raciales que utilizaría el nazismo alemán (“La composició ètnica de Catalunya. Com es forma un poble”, Revista de Catalunya, II/9 (1925), p. 209).

La suerte de este nacionalismo fundamentado en la diferenciación racial sufre un fuerte golpe tras la desacreditación de los regímenes totalitarios europeos, pero lo que hasta entonces no había resultado en modo alguno importante para los españoles como instrumento nacionalizador será ahora el nuevo objetivo de los defensores de la diferenciación: la lengua. Y resulta curioso, repito, porque el mismo Pompeu Gener, que se expresa en lengua española, no ve contradicción alguna entre este hecho y su anti-españolidad:

“’La lengua invita á reunirse, pero no fuerza a ello’ ha dicho el ilustre autor de La vida de Jesús, y nuestro eminente estadista hace constar que infinidad de literatos portugueses escribían en español obras admirables mientras luchaban en los campos de batalla por emanciparse de la tiranía española” (p. 39).

Y también Almirall:

“Nunca hemos aspirado á imponerla, no ya á ninguna parte de España, pero ni aun á nuestra misma región: nos basta con poder hablarla y escribirla oficialmente y que en ella deban entendernos y puedan en ella hacerse entender los que ocupan puestos oficiales. [...] Pues que nuestro país posee dos lenguas, y una de éstas es de las que más extendidas están en el mundo civilizado, ya que todas las personas regularmente ilustradas hablan las dos y aun las más incultas mejor ó peor las entienden, locos seríamos sino procuráramos conservar tal ventaja, siguiendo y mejorando su cultivo” (Valentí Almirall, Obras y escritos políticos y literarios, Barcelona, 1902, I, p. vii).

Este núcleo racial del catalanismo inicial fue tempranamente abandonado en casa para ser exportado y conservado en el norte de España por Sabino Arana, racialmente formado en Barcelona y creador del credo vasco sobre la doctrina de la sangre. Pero también los vascongados, que no se tomaron muy en serio al pobre Sabino, habrían de abandonar antes o después la raza como motor de su particular historia, recurriendo una vez más a la lengua. La desracialización del pueblo vasco ha permitido a cualquiera que utilice un par de palabras en ese idioma pertenecer al exclusivista club de los separatistas. Y no sólo catalanes y vascos son culpables por igual del invento, esto es, del invento de su lengua, sino que navarros, gallegos y astures se han sumado a la diferenciación totalitaria de los nacionalismos lingüísticos, acusando de fascistas, en un singular caso de proyección, a aquellos que defienden la libertad a expresarse en la lengua que más les convenga.

La Biblia del nacionalismo en la que se recogen los mitos fundacionales de tan curioso fenómeno recoge una serie de mandamientos que, repetidos cual lema de las fasci italianas, acaba siendo supraverdadero por el mero hecho de ser aceptado por un grupo y constituir su identidad. Como muy bien señala Laínz, en lo que sin duda es la mejor definición de “nacionalista” jamás registrada:

“Cuando a una persona su propia vida se le queda grande, se apunta a un grupo para ser algo y otorga al hecho de haber nacido en un sitio determinado la categoría de virtud, como si fuese logro suyo. Por eso en los nacionalismos es tan importante la apelación a la vanidad de las masas. Es la renuncia a la evolución personal y el triunfo de la moral del rebaño” (p. 257).

El primero de estos mitos es la identidad entre “lengua” y “nación”, que se origina en la igualmente errónea  confusión entre “oficialidad” y “persecución”. Con la única excepción de Islandia, todos los países de Europa tienen una gran variedad de lenguas autóctonas no oficiales. No sólo son políglotas en otras partes de Europa sin tener por ello que pensar en separatismos, sino que tal identificación es cuanto menos dudosa si salimos del continente: más de 3.000 idiomas en todo el mundo y cerca de 200 países. La situación se complica si nos trasladamos, por ejemplo, a China. Sólo en la provincia de Fujian, que tiene cinco veces el tamaño y población de Cataluña, se hablan multitud de dialectos que se vuelven ininteligibles en un radio de menos de 10 kilómetros. Todos ellos, obviamente, incomprensibles para los más de 1.300 millones de chinos. Y nunca ha reclamado su independencia.

Otro de los mandamientos del nacionalismo desmontado in toto por Laínz es el de la imposición lingüística del castellano, algo que hoy ya se hace menos necesario dado que, como bien saben los catalanes, “Bilingüisme és feixisme” o “El bilingüisme aixafa el català!”. Entre los numerosos datos que aporta el autor podríamos destacar la gran cantidad de premios literarios, revistas, editoriales y libros, todos ellos en catalán, que se publicaron antes y –especialmente– durante el franquismo (en menor número en vasco). O la no menos peculiar condena en 1969 de Franco a Néstor Luján, director de la revista Destino, por publicar una carta de un lector que ofendía la lengua catalana. Ocho meses de cárcel y multa de 10.000 pesetas. O así lo publicaba La Vanguardia el 30 de marzo del mismo año. Es cierto, y así lo recuerda el autor, que el franquismo cometió tremendos crímenes contra las lenguas regionales, pero hay que precisar que éstas fueron únicamente daños colaterales, pues lo que se perseguía era al bando enemigo que usaba la lengua como vehículo de propagación separatista, no a la lengua per se. Terminada la Guerra Civil todavía podían verse carteles afrancesados, como el famoso “Hable bien. Sea Patriota – No sea bárbaro” en el que se reclamaba el uso del “castellano” en territorio gallego.

En tercer lugar, y en el caso particular del catalán, Laínz nos descubre un secreto a voces: la normativización fabriana de la lengua catalana, en la que se siguieron criterios políticos y raciales, eliminando todo vocablo que pudiese parecerse remotamente al español, como por ejemplo esa fea “y” que tanto diferencia a catalanes “i” españoles. Éste es, tal vez, uno de los puntos más destacados de Desde Santurce a Bizancio, pues al mito escolar de un Pompeu Fabra que, ufano, se dedica a recuperar de “poble en poble” la verdadera lengua catalana perseguida y casi erradicada por el franquismo, deben oponerse los testimonios del propio autor, en donde reconoce la fabricación y acomodación artificial del catalán moderno como lengua lo más diferenciada posible de la castellana a través del catalán oriental. “No tratemos de conservar el catalán típico”, decía su compañero de partido, Joan Estelrich, “Hemos de crear el catalán” (p. 415). Nietzsche recoge una interesante opinión en su “Vom Ursprung der Sprache” (“Del origen del lenguaje”, 1869-1870): “el lenguaje ha de ser considerado el producto de un instinto, como entre las abejas –el hormiguero, etc. El instinto, sin embargo, no es el resultado de una reflexión consciente” (KGW II 2.186). En tal caso será filológicamente preciso afirmar que el catalán moderno, el catalán post-fabriano, como reflexión consciente que es, no es un lenguaje, sino una falsificación consciente de la verdadera lengua catalana, aquella en la que Àngel Guimerà escribiera:

“Perque la Poesía, senyors, sobre d’aquesta Terra, y dintre ‘l cor d’aquesta rassa, es y no pot ésser altra cosa que la Terra y la rassa mateixa: la Terra y la rassa tota, sencera, una é indivisible; que la poesía nostra, ab totas sas alegrias y tristors, ab totas sas humiliacions y grandesas, ab tots sos defalliments y esperanzadas energías, es Catalunya” (À. Guimerà, 1895, extraído de la edición de Cants a la Pàtria, 1906, p. 331, no corregida todavía al catalán moderno, como hará Xavier Fàbregas en Àngel Gumirà. Les dimensions d’un mite, Edicions 62, Barcelona, 1970, p. 15).

Entre una y otra imposición poco lugar cabe para la epiqueya aristotélica. Los nacionalismos lingüísticamente fundamentados no sólo atropellan la libertad de expresión natural de los ciudadanos, por ejemplo, limitando sus posibilidades de desarrollo y subvención o castigando su osadía de rotular comercios en la lengua española (y sólo en ella, puesto que nada se dice a los que rotulan únicamente en árabe o chino). Contribuyen a su vez a la crisis en la que actualmente nos encontramos al desviar gran cantidad de fondos hacia campañas de inmersión o implantación de una u otra lengua regional, muchas de ellas, por tu totalitarismo, persecución y expresión, claramente fascistas. Nos convierten a su vez en criminales, y es por ello que lo que aquí se descubre es sin duda una tragicomedia digna de un Plauto: si respetamos la Constitución y no el Estatuto, somos criminales en territorio autonómico y convenientemente ajusticiados; si, al contrario, violamos la primera en favor del segundo, el terrible y sangriento fascismo español hace oídos sordos y, ¡oh! se nos perdona la falta mientras recibimos la aprobación de los pacíficos nacionalistas que, en otras circunstancias, nos habrían multado, insultado e incluso agredido. Todo ello recuerda a ese lema de los revolucionarios franceses: Liberté, égalité, fraternité... ou la mort! Los “estatucionales” ya han resuelto este embrollo y se han librado del fantasma de la coherencia, soliviantados como estaban por el carácter democrático de la Constitución: “Els feixistes d’ahir, els demòcrates d’avui”.

A pesar de su meticulosidad, algunas inexactitudes se han colado en este estudio. Tómese, por ejemplo, la pueril invención sabiniana de Bizkaia, Araba y Gipuzkoa (p. 329). Lo cierto es que Bizkaia aparece en las Noticias históricas de las tres provincias vascongadas, Alava, Guipuzcoa y Vizcaya, obra de Juan Antonio Llorente publicada en 1807. Nótese que en el título se escribe correctamente “Vizcaya”, y si se nos dice “Bizkaia” en el texto, esto es porque se está escribiendo en latín, lengua en la que, efectivamente, se escribiría siguiendo la nomenclatura que habría de adoptar Sabino Arana. Araba aparece también en una curiosa obra de Don Juan Bautista de Erro y Azpiroz, El alfabeto de la lengua primitiva de España (Madrid, 1806, traducido al inglés en 1829), “ampollosidad filológica” que defiende que “el alfabeto Griego es el Bascongado, ó primitivo Español” (p. 60). Por último, Gipuzkoa aparece en un artículo francés sobre la lengua vasca, “Simple Appendice au précédent article”, de M. H. Chavée (Revue de Linguistique et de Philologie Comparée, I/4 (1868), p. 409). No obstante, nada de esto quita valor a la acusación que recae sobre el nacionalismo vasco, pues si cualquiera de los defensores y difusores de semejante violación a la lengua regional hubiesen conocido estas “narratiunculae” habrían sustentado sus tesis en ellas. Pequeñas imprecisiones, por tanto, que ni minan ni socaban la hercúlea labor aquí realizada y su demostración del carácter casi cómico de lo que en el resto de Europa fueron sangrientos enfrentamientos.

Por último, resulta menester señalar que la nacionalización de las palabras y la instrumentalización del lenguaje con fines totalitarios no es en modo alguno propiedad exclusiva de Europa. China introdujo una reforma lingüística poco antes de la sangrienta Revolución Cultural, y en ella se eliminó el vocabulario acumulado a lo largo de más de dos milenios, erradicando la lengua culta para sustituirla por una más simple y vulgar adecuada a la mayor parte de la población, que era campesina. Cuando en 1919 el traductor Lin Shu escribe su famosa epístola al entonces presidente de la Universidad de Pekín, Cai Yuanpei, para denunciar los peligros de tal imposición para el futuro de las Letras chinas, poco podía imaginar que sus palabras resultarían ininteligibles a finales de ese mismo siglo para cualquier chino culto. En Japón se sucedieron imposiciones lingüísticas de índole racial, pues ya en el s. XIX los nacionalistas kokugakusha se habían diferenciado de las razas amarillas inferiores asumiendo el epíteto jesuita de “gente bianca” (originalmente aplicado a China) y, una vez llegados a la Segunda Guerra Mundial, asumiendo parafernalia nazi adornada con caracteres japoneses. Y no sólo se unificó artificialmente la lengua –todavía hoy existen rencillas entre Toquio y Osaka por cuestiones dialectales–, sino que se impuso en las zonas conquistadas del norte y sur del país, así como en sus territorios allende los mares, Taiwán y Corea del Sur. El caso de las dos Coreas también merece ser mencionado. Baste señalar el título de una de las obras de cabecera sobre lingüística racial en ese país, obra de Kim Il-sung: “Sobre el correcto avance de las características raciales de la lengua coreana”. El objetivo: separarse lingüística y racialmente del sur. Nótese un dato cuanto menos curioso: el paralelismo del eje Alemania-Rusia se repite en el Asia Oriental con Japón­-China/Corea del Norte; el primero, un régimen imperialista que a menudo se identificó a sí mismo con la raza aria; el segundo, una forma de marxismo anti-revisionista herencia de Stalin. Taiwán, que tan a menudo reclama su independencia, nunca ha fundamentado la misma en su distinción racial o lingüística.

En definitiva, la última obra de Jesús Laínz nos proporciona por fin la herramienta, el instrumento con el que denunciar con nombres, fechas y datos los fascismos nacionalistas que pretenden imponernos su singular visión mágica del mundo, frente a toda realidad y siempre bajo el yugo de la diferenciación disfrazada de igualitarismo revolucionario. Note el lector, y con esto acabo, que la presentación de Desde Santurce a Bizancio debía haberse realizado en La Casa del Llibre de Barcelona, pero por motivos obvios el evento fue cancelado a última hora, calificando el libro de “subversivo”. Bajo los auspicios de Convivencia Cívica Catalana y su presidente, el profesor Francisco Caja, el Hotel Catalonia acogió finalmente el acto, celebrado el jueves 2 de febrero de 2012 a las 19.30. Pueden seguirse las intervenciones de cada uno de los ponentes en los videos realizados por Ciutadans (C’s) y AGON. Grupo de Estudios Filosóficos.

- César Guarde