Friday, 22. September 2017

Visitantes

1198689

Búsqueda

AGON en Facebook

Compártenos

Share to Facebook Share to Twitter Share to Linkedin Share to Myspace Share to Delicious Share to Google 

Compartir

El caos de Grecia

(Editorial del Wall Street Journal del 14 de febrero de 2012)

 greek_flag_burning1

Los alborotadores han incendiado tiendas y oficinas, con bancos y empresas extranjeras como principales objetivos. Pensionistas con máscaras de gas se unieron a un bloqueo al Parlamento y se enfrentaron contra unos 4.000 oficiales de policía. El cine más conocido de la ciudad ardió hasta los cimientos, junto con otros nueve edificios del patrimonio cultural griego.

Esto era Atenas el domingo por la noche, cuando el Parlamento griego votaba las medidas de austeridad que son su único billete para un rescate de 130 mil millones de euros. No piensen que estas escenas no pueden ser – o no serán – repetidas en otras capitales europeas.

Cuando se trata de nombrar a los tíos de esta tragedia griega, la red se puede lanzar muy lejos. Los dos partidos políticos más importantes han salido de manera deshonrosa mal parados, uno por mentir acerca de la posición fiscal del país y el otro por debilidad a la hora de hacer algo más. Los sindicatos del gobierno se han opuesto a toda reforma seria y han paralizado la economía con huelgas. Un movimiento anarquista con apetito por la destrucción raramente deja pasar una oportunidad tal para darse un banquete con el descontento de las masas.

Los griegos mismos parecen incapaces de escoger entre aceptar otro rescate y adoptar la austeridad o abandonar el euro y aceptar las consecuencias del impago. Es mucho más cómodo culpar a los acreedores extranjeros (“ladrones”) por pedir el pago de los préstamos que financiaban los esplendorosos beneficios del bienestar que los griegos no habrían podido nunca alcanzar por sí solos. Y cuando esto fracasa, culpan a los alemanes por ser los principales demandantes del pago.

Para rematarlo, los tecnócratas de Bruselas y del FMI han diagnosticado mal la crisis desde el principio. En primer lugar, pensaban que Atenas tenía más un problema de liquidez que podría ser solventado con grandes infusiones de préstamos, que un problema fundamental de solvencia. En segundo lugar, creyeron que lo que más necesitaba Atenas era un presupuesto equilibrado y una carga de deuda más pequeña que podría solucionarse con un gasto menor e impuestos más altos. Pero el problema real de Grecia es la ausencia de crecimiento económico, producto de políticas que han desalentado la empresa privada. Ésta es la razón por la que Grecia ocupa el puesto número 100 en la clasificación más reciente del Banco Mundial de “facilidad de hacer negocios”. Justo detrás del Yemen.

En otras palabras, el fuego en Atenas es el resultado de una mezcla de combustible de un estado del bienestar seco y de la brasa ardiente del cigarrillo de Keynes. No esperen que aquellos fuegos se extingan por esta última serie de austeridad. En teoría, Atenas ha acordado recortar 3,3 millones de euros del presupuesto de este año (incluyendo 300 millones de euros de las pensiones), reducir el salario mínimo un 22 % y despedir a 150.000 funcionarios para el año 2015.

Éstas son medidas necesarias para un gobierno que está deslizándose a una deuda por PIB del 160%. Pero no hacen nada para abordar la parte de crecimiento del problema de Grecia. Crearán también un problema político intolerable para el gobierno de Grecia, si se despiden funcionarios en una economía que está disminuyendo. Esperen un nuevo éxodo de fuerza de trabajo griega, junto con una creciente impotencia (y corta vida) del Gobierno griego.

Con la votación del domingo, Grecia ha evitado un impago escandaloso, al menos por el momento, y los acreedores privados de Grecia pueden considerarse afortunados aceptando sólo un 50% de quita según el último acuerdo de restructuración propuesto, cuando podrían tener sus cabezas peladas. Pero la crisis no terminará hasta que los griegos entiendan que tienen que vivir de lo que produzcan y que tienen que adoptar políticas que les permitan producir más. La gran cuestión es si el resto de Europa y los Estados Unidos aprenderán del caos de Grecia antes de que experimenten el mismo destino.