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Aliados de papel

(Editorial del Wall Street Journal del lunes 6 de febrero de 2012).

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Leon Panetta dice que una de las razones por las cuales el ejército de los EE.UU. pueda hacer más con menos es que los otros países están listos para cargar con el muerto. Anunciando la semana pasada sus últimos recortes de presupuesto, el jefe del Pentágono dijo que “seguiremos manteniendo nuestra presencia [en el extranjero], creando colaboraciones innovadoras y fortaleciendo nuestras alianzas claves”.

Alguien se olvida de decírselo a los aliados de la OTAN en Washington. El retroceso en defensa de América en la última década será tan pronunciado como cualquier otro en la historia moderna. Pero los europeos – con escasas excepciones – están abandonando el negocio de la seguridad por completo. Cuando se apilaron las facturas por los estados del bienestar europeos, a defensa ya la habían timado. Ahora que aquellos costes han traído una implosión financiera, los militares son las primeras víctimas de la austeridad fiscal. A diferencia de los sindicatos, los soldados no hacen motines.

Antes de lo peor de la crisis del euro, Alemania ya había anunciado recortes profundos en personal y equipamiento, en particular en las compras de aviones no tripulados y helicópteros. Las deficiencias europeas en ambas áreas han forzado a los EE.UU. a constituir la diferencia en Afganistán. Alemania es la economía más grande y más fuerte en la UE. Con la retirada por parte de los EE.UU. de dos de las cuatros brigadas del Ejército de Europa, Berlín podría sensiblemente invertir en un ejército moderno, pero no correrá el riesgo político.

Gran Bretaña ha promovido sin piedad planes para desguazar armamento y reducir personal en un diez por ciento. La Marina Real – que tenía la fama del sol que nunca se pone – ha perdido cuatro destructores y su único portaviones. Es dudoso que el Reino Unido vuelva a ser capaz alguna vez de jugar un papel de apoyo importante al lado de los EE.UU. como hizo en Irak y en Afganistán. Lo mismo es cierto también para los holandeses.

La guerra de Libia del año pasado debería haber demostrado que los europeos podrían tomar el liderazgo en un pequeño conflicto cerca de sus fronteras. Pero contrariamente al actual giro de la Casa Blanca, los EE.UU. fueron la única fuerza militar indispensable en Libia. Los europeos carecían de armas guiadas de precisión, de recursos de inteligencia y de tanques de reabastecimiento de combustible para terminar con las fuerzas de Muamar el Gadafi, que no eran precisamente el Ejército Rojo.

En fecha tan reciente como en 1980, los europeos representaban el 40% del total del gasto militar de la OTAN. Ahora gastan alrededor de un 5 %. Desde hace años, estas columnas han apoyado el desfile de los secretarios generales de la OTAN clamando por más contribuciones europeas para la seguridad colectiva. Tanto para esto.

Hace varios años, Henry Kissinger observó que la única diferencia entre los EE.UU. y Europa es que los gobiernos europeos no podían pedir más sacrificios a sus poblaciones. Con el afán del presidente de los EE.UU. Obama de recortar defensa sin pronunciarse sobre su autoencumbrado atracón, esta distinción se ha desvanecido.

Lo cual plantea una cuestión. ¿Qué aliados tenía la Casa Blanca en mente cuando decía que compartiría el cargo de mantener la seguridad del mundo libre? ¿China?