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Mark Steyn: Lo siento, Newt. Sólo el techo de la deuda llegará a la Luna

Obama y el Estado de la Unión. 

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Si me hubiesen pedido pronunciar el discurso sobre el Estado de la Unión, no habría retrasado vuestros planes de cena:

"El Estado de la Unión está arruinado, dirigiéndose a la bancarrota y al colapso total poco después. ¡Gracias y buenas noches! ¡Habéis sido un público genial!"

Deduzco que los americanos prefieren algo un poco más optimista, por lo que nadie soportaría a un escritor de discursos que la pifiase sin al menos insistir en que hay alguna posibilidad de cambiar la suerte, aunque ésta fuera remota. Ciertamente, el Presidente Obama ha asegurado que, en general, nada va a cambiar, ni ahora, ni nunca. Ciertamente el estado de la Unión ­–su ruina sin precedentes a escala mundial– ni siquiera se mencionó.

Si, como yo, te encontrabas atascado en la Puerta 27 en uno de los muchos aeropuertos de Estados Unidos ahogándote bajo el equívoco de que ser bombardeado por la CNN toda la tarde, de algún modo, añadiría algo de regocijo a los retrasos de los vuelos, habrás visto un discurso que no mostraba indicación alguna de que su interlocutor fuera siquiera consciente de que el calamitoso estado de nuestras finanzas es una amenaza a la existencia, no sólo de la nación, sino de la estabilidad global. El mensaje era, oh, claro que el desempleo es todavía algo más alto de lo que debería ser, que los préstamos a estudiantes son algo caros, que el mercado inmobiliario está bastante inmovilizado, pero que no hay nada que no arregle una pequeña “inversión” gubernamental en puestos de trabajo medioambientales y en banda ancha en los pueblos y programas de reentrenamiento. En otras palabras, más de lo mismo e inalcanzable.

 

OBAMA

El presidente, sin duda, tenía a su disposición hechos y cifras. Presumió de que sus reformas reguladoras “ahorrarán a los negocios y ciudadanos más de 10 billones de dólares en los próximos cinco años”. Guau. ¡Diez millones de billetitoos!  Eso sí que es ahorrar –¡y en tan sólo media década! Quizás, es lo equivalente a lo que el Gobierno de Estados Unidos presta cada 53 horas. Así que hacia la medianoche del jueves, Obama ya habrá re-prestado todos esos ahorros para el 2017 tan difíciles de conseguir. “En los últimos 22 meses”, dijo el presidente, “los negocios han creado más de 3 millones de trabajos”. Impresionante. Pero 125.000 nuevos trabajadores extranjeros llegan cada mes (oficialmente). Así que habremos dejado creados 2.750.000 trabajos en ese período para quedarnos simplemente sentados.

Afortunadamente, la mayor parte de los puntos del interminable discurso de Obama no ocurrirán jamás, no más que los cascos de ciclismo federalmente pagados o cualquiera de las fantasías que podían encontrarse en la extravagante lista de compra de Bill Clinton en los noventa. En esos tiempos, la excusa para la montaña de un grano de arena legislativo de Clinton era que todas las grandes batallas se habían ganado y, en ausencia del amenazante oso ruso, a qué otra cosa podría prestar atención un presidente salvo criminalizar las cisternas de baño de más de 1.6 galones. El presidente Obama no disfruta de la misma exención y cualquier historiador que se tope con un DVD intacto mientras criba las ruinas de nuestra civilización se maravillará de cómo su acumulación de delirantes trivialidades fue, aparentemente, tomada en serio por la clase política reunida.

Un líder honesto sentiría que debe a sus ciudadanos el hacer hincapié en una verdad central: que no podemos tener más programas nuevos porque hemos gastado todo el dinero. No hay. La despensa está vacía. ¿Cuál es el plan de Obama para reponerla? “Ahora mismo, Warren Buffett paga unos impuestos inferiores a los de su secretaria”, nos dijo el presidente. “¿Pedir a un millonario que pague al menos tantos impuestos como su secretaria? La mayor parte de los americanos lo llamaría sentido común”.

¿Pero por qué detenerse ahí? Los americanos necesitan una seguridad social asequible y licenciaturas superiores asequibles en Cambio Climático y Estudios de Justicia Social, así que ¿por qué no quitarle a Warren Buffett todo lo que ha conseguido? Después de todo, si confiscas toda la riqueza de los americanos más ricos del Forbes 400 se llegaría a los 1,5 trillones.

Que es justamente un poquito menos del déficit federal en tan sólo un año de presupuestos tamaño-Obama. Déficit de 2011: 1.56 trillones. Pero tal vez en el 2012 un nuevo Forbes 400 de príncipes saudíes y oligarcas rusos emigre a Los Hamptons y Malibú y mantenga toda la clase bélica funcionando por un par de años más.

El llamado “Reglamento Buffett” es un indicativo no tanto de “sentido común” como de la cada vez más ancha brecha entre el problema brobdingnagiano y las soluciones liliputenses propuestas por nuestros líderes. Obama puede sacrificar a las hijas vírgenes de cada millonario americano en el altar del gasto gubernamental, y los dioses de la deuda poco notarán como para dar algo más que un somero eructo de reconocimiento. El primer mandato del presidente ha añadido 5 trillones a la deuda; un grado de catástrofe único para nosotros. En un presupuesto Obama, el coste entero del gobierno griego apenas alcanza una partida presupuestaria. Deuda frente a PBI y otras medidas comparativas son menos relevantes que los números claros en dólares: no es que el gobierno americano haya gastado más allá de la habilidad de América para pagarlo, sino que está gastando más allá de la del planeta.

¿Quién lo pilla? No los suficientes entre nosotros –que es exactamente como le gusta a Obama. Su única “gran idea” –que debería ser ilegal (por decreto nacional) dejar la escuela antes de tu dieciochoavo cumpleaños– traiciona su creencia central: que más es mejor, mientras sea gubernamentalmente mandado, gubernamentalmente regulado, gubernamentalmente proveído –y pagado por ti, o por Warren Buffett, o por el Politburó chino, o por quienquiera que quede ahí fuera.

¿Qué hay de sus rivales este noviembre? Aquellos de nosotros que hemos vivido para ver a los otrora grandes gobiernos decadentes reconocemos los tipos. Jim Callaghan, Primer Ministro en el número 10 de Downing Street en los setenta, le dijo a un amigo mío que veía su trabajo como el encargarse de administrar la decadencia de Inglaterra de la forma más hábil posible. El Reino Unido ciertamente decayó bajo su tutela, aunque no demasiado hábilmente. En el debate de este lunes, Newt Gingrich recuperó la frase y acusó a Mitt Romney como implicado de no tener más alta ambición que “encargarse de administrar la decadencia”. Siguiendo con perogrullescas generalizaciones,  Mitt ciertamente se traiciona al mostrar cuán poco  pilla las dimensiones de la crisis. Tras un fiero asalto de Rick Santorum al apoyo de Romney por un mandato individual en la sanidad, Mitt le soltó a Rick que “no valía la pena enfadarse por ello”. Lo que bien podría ser una muestra de la energía que usará en cualquier intento de corregir el curso de Washington.

Newt, mientras tanto, se ha comprometido a una colonia lunar para finales de su segundo mandato y, mientras hacía la pelota a una audiencia de la “Costa Espacial” de Florida, añadió que, en cuanto hubiese 13.000 colonos americanos en la Luna, podrían pedir que fuera un estado. Ah, el antiguo espíritu de la frontera: ya escucho a Laura Ingalls Wilder trabajando en “La Pequeña Casa del Cráter”1.

Tal vez Newt tenga algo de razón. Salvo en la parte del estado. Un día, cuando a América le llegue la factura de su vieja hipoteca al correo, ¿no sería genial cerrar el chiringuito, poner las llaves en un sobre, deslizarlo bajo la puerta del Primer Banco Nacional de Shanghai y largarse en la Gubernamentalmente patrocinada Nave Estelar Enterprise de Newt?

Hay momentos para tener grandes sueños y hay momentos para despertar. Este país no va a ir a la Luna más de lo que los británicos o los franceses podrían ir. Porque, en la decadencia, los horizontes se congelan. La única cosa que va a llegar a la Luna es el techo de la deuda. Antes de que podamos dar algún paso más de gigante para la humanidad, tenemos que dar un pequeño, torpe y prosaico paso terrestre aquí, en casa –y parar. Parar la expansión masiva del gobierno microregulador y, después, invertirla. Obama ha jurado continuar. Si Romney y Gingrich no pueden ponerse en serio sobre esta cuestión, conseguirá lo que quiere.
 
Publicado originalmente en http://www.ocregister.com/opinion/government-337716-obama-president.html (27 de enero de 2012).
Traducción de César Guarde.
 


1 Laura Elizabeth Ingalls Wilder (1867–1957) fue una escritora americana autora de la serie de libros Little House, basada en su infancia en el seno de una familia de pioneros. Uno de esos libros, Little House on the Prairie (1935), inspiró la exitosa serie televisiva del mismo título que se emitió durante los años 1973–1983 y que se conoció en España como La casa de la pradera.